El emblemático negocio de calle San Luis al 700 cumple este domingo 65 años. Administrado por la segunda generación de la familia Cejudo, desafía la coyuntura con atención personalizada, tripulación confiable y una carta inalterable
09:20 hs - Domingo 16 de Agosto de 2026
Si algún caminante habitual de calle San Luis en la década del 60 volviese a hacer el recorrido hoy, encontraría muchísimos cambios. Sin embargo, la fachada del 719 y el cartel en forma de timón que señala la entrada de Il Piccolo Navío continúan intactos. El restaurante familiar fue fundado el 16 de agosto de 1961 por Hugo Cejudo, por aquel entonces un joven de apenas 26 años. Desde ese momento, tan solo pasaron por allí dos jefes de cocina. Hoy, el espacio es administrado y también atendido por Andrea, hija del fundador, y Diego Palacio, su esposo, quienes defienden el legado de un negocio entrañable que forma parte de la tradición gastronómica rosarina.
Al momento de su creación, Il Piccolo Navío fue toda una novedad para la ciudad. De la mano de su primer cocinero, Lucio Portillo, se propuso un menú donde los mariscos y pescados de mar eran la base de los platos, algo que prácticamente no existía en una ciudad acostumbrada a los productos del río y los bodegones. El nombre original -que nunca cambió- está en italiano pese a que los Cejudo son de ascendencia española. Andrea cuenta que está relacionado a una vieja canción que le gustaba mucho a su padre.
Andrea Cejudo lleva 26 años liderando el local junto a su esposo. Se hizo cargo del timón luego de la muerte de su padre, creador de la empresa familiar. Lo que le tocó a la pareja no fue precisamente un mar calmo: debieron enfrentar la crisis de 2001 y una estrepitosa caída de clientes, lo que los hizo dudar sobre su futuro. Hoy, sentada a la par de Diego, en una de las mesas que atiende personalmente cinco veces a la semana, la empresaria gastronómica narra para Negocios de La Capital: “Había que sostener y seguir. Trabajábamos de lunes a sábado. Muchas veces, levantábamos la persiana y no venía nadie a comer. Salíamos a repartir volantes por el centro para tratar de atraer gente”, rememora.
La clave para superar aquel primer gran escollo, apunta el matrimonio, fue el carácter familiar de la empresa. La tripulación de Il Piccolo Navío fue siempre pequeña, pero con mucha pericia y carácter. Pasó por allí Pablo, hermano de Andrea, quien trabajó hasta 2020, y también Susana, su madre, que incluso a sus más de 80 años sigue preparando su aclamado flan casero y naranjas al caramelo. En medio de aquella crisis, el cocinero, Lucio Portillo, decidió postergar su jubilación un año más para ayudarlos a ordenar la transición: fue cuando le pasó la posta a Ramón Giménez, quien sigue al frente de las hornallas hasta hoy, junto a Antonio Monzón.
La poca rotación de personal en la cocina les permitió preservar el sabor y encanto de los platos. “Cuando les preguntamos a los comensales cómo está un plato, la respuesta que dan es ‘rico, como siempre’. Esto es artesanía pura, no tenemos ninguna máquina ni procesos estandarizados. Sin embargo, la tasa de rechazo de platos es casi cero”, dice Diego.
Ramón es la estrella anónima del lugar. No le gustan las fotos ni los reconocimientos. Dueño de una memoria prodigiosa para las recetas, es el integrante más longevo del negocio familiar. Ingresó cuando era apenas un adolescente y aprendió el oficio de la cocina como ayudante de Portillo. Hoy, Antonio es su mano derecha con el mismo nivel de responsabilidad y, muy posiblemente, sea el próximo responsable de preservar los sabores. “Nunca publicamos un aviso buscando personal. El cocinero me conoce desde chica. Somos una familia”, dice Andrea.
Un inmueble con historia
Claro que toda tripulación necesita una embarcación confiable. El salón de Il Piccolo Navío, con capacidad para 55 cubiertos, es el otro protagonista de la historia familiar. Ya no lucen las ilustraciones en carbonilla que supo tener en sus paredes al momento de la fundación, en su lugar hay una gigantografía del interior de un barco, fotografías de sus primeros años y artefactos de navegación, todo alumbrado por luces tenues apostadas sobre cada mesa.
La atención es personalizada: los mismos dueños son los encargados de dar la bienvenida y abrir la puerta a los comensales. “Andrea está todas las noches y tiene mucha memoria para los clientes. Cuando la gente llega, se preguntan por hijos y cuestiones personales. Tratamos de charlar un poco en cada mesa. Es posible que el que no vino nunca se termine despidiendo con un beso”, cuenta Diego, entre risas. La cercanía es fundamental en un modelo de negocios que no apuesta a la alta rotación sino a la permanencia del público, la conversación y servir varios platos por comensal.
La carta prácticamente no ha sufrido variaciones desde su creación en la década del 60. El arroz con mariscos es, sin dudas, el rey de la carta y uno de los platos más pedidos. Otro de los favoritos suele ser el abadejo a la manteca negra que se sirve con vegetales. Tampoco cambiaron mucho los proveedores de materia prima. Durante la mayor parte de su recorrido trabajaron con la pescadería Santa María, aunque tras su cierre empezaron a diversificar opciones. No obstante, siempre eligieron proveedores locales de marisco congelado y la renovación de productos tiene una frecuencia casi diaria.
Todo este recorrido y sus particularidades le valió a la empresa familiar el reconocimiento de la ciudad. En 2019, fueron condecorados como "comercio destacado de Rosario" por el Concejo, y obtuvieron también una excepción para poder colgar el emblemático cartel saliente en su frente.
Sostener la esencia es un buen negocio
En cuanto al horizonte que hoy tiene Il Piccolo Navío, han ido surgiendo cartas de navegación alternativas. Opciones como franquiciar la marca o expandirse cruzaron por la cabeza de sus propietarios, pero el rumbo actual sigue siendo el mismo. “Todas las noches doy gracias de hacer algo que después de tantos años me sigue dando esta satisfacción, además de darme de comer”, dice Andrea. El matrimonio tiene dos hijos de 18 y 16 años, pero no buscan legarles el oficio, son libres para definir cuál será su futuro. Por lo pronto, Andrea, capitana de este navío, concluye: “Soy muy feliz haciendo esto”.