Domingo 11 de Mayo de 2008
Para el bebé, no es lo mismo la cuna térmica o la incubadora que su madre. Ni es lo mismo sus primeras ropas, por más suaves y calentitas que sean, que la piel de su mamá. Los bebés, como la psicología neonatal ha demostrado, tienen conciencia, memoria y recuerdos desde antes de nacer. Hay estudios científicos que demuestran que distingue la leche de su madre de otras leches; la voz de su madre de otras voces. También es capaz de reconocer el latido del cuerpo materno, como un sonido tranquilizador y seguro.
El ser humano nace con un cerebro inmaduro en su capacidad neurológica superior. Algunos de sus órganos y sistemas no se han terminado de formar. Ni siquiera como otras crías de mamíferos al nacer se puede mantener en pie, ni mucho menos, sobrevivir solo. Todos los recién nacidos son "prematuros" en su maduración neurológica y sensorial; el embarazo debería durar entre 18 y 21 meses para que el bebé tuviera la capacidad de sobrevivir por sí mismo.
Durante los 9 meses de gestación se suceden una serie de fenómenos biológicos que consolidan el más maravilloso y complejo estado de "simbiosis" entre el bebé y su madre que hará que el recién nacido reconozca de inmediato el cuerpo materno como su habitat natural para renovar y continuar esa simbiosis que se inició en el útero. El recién nacido posee un programa neurológico que lo hace reconocer al cuerpo materno, como su lugar natural para continuar su crecimiento y maduración. El período posterior al nacimiento es, biológicamente, una continuación de la gestación intrauterina y por eso debe proseguir el estado de simbiosis.
El pequeño necesita ese hábitat para recuperarse del nacimiento. Sabe reptar, buscar el pezón y mamar; allí tiene calor, nutrición, seguridad y bienestar. Su sistema neuroendócrino funciona en sincronía con el de la madre para regular su metabolismo, su ritmo cardíaco, su respiración y su temperatura corporal. Actualmente, salvo raras excepciones, el sistema médico de atención al parto, separa al recién nacido del cuerpo de su madre al nacer, cortando el cordón rápidamente y llevándolo aparte para su examen físico para observarlo, calentarlo, para que la madre descanse o para que se recupere de la anestesia. Se lo separa también si se pone amarillo, confinándolo a una incubadora bajo luces fluorescentes, sin que su madre pueda estar con el bebé, salvo por momentos, para amamantarlo cada 3 horas (no se admite la presencia continua materna al lado de las incubadoras en las unidades de neonatología).
Los bebés al ser separados de la madre responden con lo que se llama "protesta de desesperación"; lloran ininterrumpidamente para reunirse con ella. El recién nacido sólo percibe dos posibles alternativas: o estar con la madre o estar en otro lugar. Si está en otro lugar, el sistema neuroendócrino y neuromuscular, programados para continuar con su crecimiento extra uterino, se cierra y se activa "el llanto desesperado" que es una llamada de supervivencia. Sólo dejan de llorar cuando ya no tienen fuerzas para seguir haciéndolo (el llanto prolongado les provoca estrés). Un recién nacido separado tiene, a las 6 horas de nacer, el doble de cantidad de hormonas asociadas al estrés en comparación con aquellos que han permanecido en contacto piel a piel con su madre. Clínicamente se ha comprobado que la separación altera el programa neuroendócrino sustituyéndolo por otro especializado para los estados de alerta, produciéndose de esta manera altas tasas de hormonas asociadas al estrés que alteran el metabolismo, el ritmo cardíaco, el respiratorio y la temperatura corporal.
La temperatura corporal baja para ahorrar energías y poder sobrevivir más tiempo solo; la frecuencia cardíaca se hace inestable y la respiración se convierte en periódica. Se hace entonces necesaria la presencia de la tecnología médica para estabilizarlo: la incubadora. Las mujeres que han vivido la gestación y que han sentido la conexión entre ellas y su bebé, también sienten la separación como un desgarramiento de sus propios cuerpos. Aunque la vitalidad y nuestra capacidad de supervivencia son grandes, a veces la negación del cuerpo materno y los cuidados sustitutivos no dan bienestar al recién nacido produciéndose consecuencias graves a corto, medio y largo plazo; sobre todo cuando se subestiman o se obvian las llamadas de supervivencia. Diversos estudios confirman la correlación entre las perturbaciones en la etapa perinatal (primer mes de vida) con diversas patologías en la edad adulta (hay investigaciones que lo han demostrado).
María Cristina Giménez
Ginecóloga - Obstetra