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Mujeres voluntarias: cuando el amor se vuelve acción

Un grupo de mujeres conforma desde hace un año el voluntariado del Hospital de Niños Zona Norte. Fue creado por Roberto Carra, que a sus vitales 93 años sigue proyectando mejoras para el lugar que vio nacer y que lleva su nombre.

Domingo 11 de Mayo de 2008

Por definición, el voluntariado es "el ejercicio libre, organizado y no remunerado de la solidaridad ciudadana en actividades y programas que benefician a la comunidad". En la práctica es la entrega del amor y el tiempo que permiten aliviar a los que sufren. Las mujeres que desde hace un año conforman el grupo de voluntarias del Hospital de Niños Zona Norte lo saben bien, y mucho más aquellos que recibieron el abrigo oportuno, la toalla limpia, los zapatos secos, la caricia justa, la palabra olvidada.

Sin dudas son muchos los que se preguntan cada tanto qué podrían hacer en beneficio de los que más necesitan, pero son los menos los que se ponen en acción, los que dejan que la inquietud se transforme en movimiento, los que sacuden la modorra y dicen ¡vamos que se puede!. Rita hace sólo cuatro días que se unió a las Voluntarias Hospitalarias Damas Rosadas del Hospital de Niños Zona Norte Dr. Roberto Carra, pero al escucharla parece que hace años que está involucrada con la tarea. Fue docente, le encantan los chicos y ahora que tiene algunas horas libres decidió sumarse. "Me encontré con un grupo humano sensacional. Me dieron las indicaciones necesarias y me dijeron ¡al ruedo!", cuenta. Antes de lo imaginado Rita estaba recorriendo las salas de internación, hablando con las mamás y las abuelas de los niños enfermos, preguntando las necesidades, escuchando, sobre todo escuchando.

La historia

El voluntariado de este hospital fue creado el año pasado por uno de los fundadores del nosocomio. Se trata de Roberto Carra, médico, que a sus vitales 93 años sigue proyectando mejoras para el lugar que vio nacer y que lleva su nombre. Inquieto, curioso y siempre preocupado por la comunidad, Carra levantó el teléfono y se puso en contacto con Nancy Parelló, una rosarina que pasó muchos años en el sur y que forma parte de la Coordinación de Instituciones Voluntariados de Hospitales de Argentina (Civha). "Me tiene que ayudar a organizar el grupo de voluntarias", le dijo. Y Nancy, que ya no pensaba involucrarse tan activamente en estas tareas (fundó voluntariados hospitalarios en Comodoro Rivadavia, Esquel y Puerto Madryn) sintió una vez más el llamado del corazón y se puso en acción.

Nancy, además de guiar a las mujeres que quieren incorporarse al grupo les ofrece talleres de capacitación: "Para que funcione bien, además de la sensibilidad y el amor es necesario contar con reglas claras y desarrollar las habilidades particulares", explica.

Con dulzura pero también con firmeza, Nancy señala que el voluntariado "es una forma de vida que adoptamos y que nos llena; no es mano de obra gratuita sino la presencia respetuosa que escucha, que aconseja y que a veces calla acompañando al enfermo carenciado de salud. Es, en innumerables ocasiones, la entrega del amor, la compañía y el afecto que nos devuelven mucho más de lo que damos".

Para Mirtha, que estudia abogacía, que fue maestra jardinera por más de 25 años y que está comprometida en la lucha por los derechos humanos, el voluntariado del hospital es una pasión: "Si pudiera vendría todos los días", resume con simpleza.

Cada una, a medida que se va consustanciado con la tarea y de acuerdo a sus posibilidades y personalidad, aporta algo diferente. Martha y Mary, por ejemplo, son las que saben a la perfección dónde está archivada cada una de las donaciones, "las que le facilitan a las demás la entrega de los elementos requeridos", explica Nancy. Saben coser, les gusta el orden y se encargan justamente de que cada cosa esté en su lugar.

 

  

Día a día

  "Siempre recorremos las salas, preguntamos si hay alguna urgencia y nos ponemos en marcha", comentan. Una urgencia es, por ejemplo, que ingrese al hospital una mamá con un chiquito con problemas de salud y ambos vengan sólo con lo puesto: "A veces tienen que pasar días o semanas acá y no tienen otra muda de ropa ni las madres ni los hijos", destaca Silvia, licenciada en Ciencias Políticas que trabaja en un estudio jurídico. Y agrega: "Con suavidad, de manera sutil, tenemos que enseñarles a algunas mamás normas básicas de higiene. Cuando se encuentran aseadas y frescas, les cambia el humor, se sienten mejor y eso redunda en la contención y el trato que tienen con sus niños y con los propios médicos".

  Asistir, acompañar, educar, ofrecer, resolver, tolerar, son verbos que las voluntarias conocen a la perfección. "Estamos al lado del enfermo sin olvidar que el dolor agudiza la sensibilidad de quien lo padece", afirma Nancy. Conocer e interesarse por la realidad socioeconómica de los pacientes del hospital es otro aspecto fundamental de la tarea para poder cumplirla cabalmente. La mayoría de las mamás que tienen internados a sus hijos son adolescentes. "Acá las de 30 años son las abuelas", comenta Patricia.

  En el día de su primer cumpleaños las "rosaditas" como las conocen en el Zona Norte (llevan un guardapolvos de ese color para identificarse), están exultantes. Desbordan energía, transmiten ganas de hacer. Algunas se emocionan recordando experiencias particulares vividas entre esas paredes y afirman que "cuando tenemos que llorar, lloramos". Pero lejos de paralizarlas el hecho de conmoverse las impulsa, las obliga a apelar a la creatividad para resolver eso que parece imposible, las moviliza a dar un poco más aunque duela, las invita, todos los días, a celebrar la vida.

Las voluntarias, precisamente, reciben ropa, juguetes, artículos de higiene y todo aquello que sea útil para los niños y las familias que van llegando al hospital. Aunque ya son 14 dicen que les hacen falta "más manos y más corazones" para cubrir todos los días de la semana ya que por el momento no pueden responder como quisieran a la demanda. La mayoría va una o dos mañanas por semana pero no es suficiente: "Por eso abrimos la convocatoria a todas las mujeres que deseen sumarse; las que estén dispuestas pueden participar de acuerdo a sus posibilidades horarias". Incluso, no todas las voluntarias son de la zona del hospital, algunas llegan desde el centro o desde Granadero Baigorria. Hay dos jóvenes universitarias, Bárbara y Virginia; una psicóloga, Patricia, que es además la jefa del voluntariado; amas de casa con varios hijos, mujeres sin pareja, otras estudiantes o profesionales. Todas tienen un denominador común: sintieron íntimamente que había llegado el momento de dar.

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