Domingo 18 de Mayo de 2008
No deja de ser curioso que un término que tiene un sentido tan contundente y con una definición seca por parte del diccionario sea al mismo tiempo tan jugoso. Morbo quiere decir, en primer lugar enfermedad, y lo cierto es que está dicho sin matices, pero más cierto aún es observar que la enfermedad de la cual se habla está muy lejos de agotar el sentido de lo morbo. Lo que el morbo moviliza es la existencia de una enfermedad más allá de la enfermedad misma. Por eso se habla de una suerte de interés malsano con relación a personas o cosas o que incluso puede dirigirse a lo enfermo como tal.
En resumidas cuentas se dice que lo morbo tiene que ver con una atracción hacia acontecimientos desagradables. Que el humano tiene atracción, incluso una cierta apetencia por lo desagradable, es algo que salta a la vista para lo cual sólo hace falta encender cualquier día el televisor. Hasta no hace demasiado tiempo lo desagradable, lo malo, sólo tenía una cita con la realidad más real que existe: la televisión. Esa cita era el encuentro diario con Crónica TV, noticiero con una sencilla estética de diario sensacionalista, con grandes titulares para mostrar accidentes, asesinatos y demás, y muy especialmente cuando la suerte le es prodiga. Entonces la pantalla se inunda con las imágenes de la catástrofe de turno, local o internacional, ya que en este sentido no se hacen demasiadas distinciones.
Hoy todos los noticieros tienen algo de Crónica, pero además desde hace algunos años se vienen agregando una serie de programas donde humanos por dinero o por protagonismo, o por ambos alicientes, exponen su mal frente a las cámaras de forma tal que le ofrecen a millones de hogares un espectáculo aparentemente sin ningún costo. Al calor del hogar o en el fresco de un ambiente acondicionado, la familia puede asomarse y espiar en los variados padecimientos de víctimas de accidentes, enfermedades varias, la internación de Sandro o de Maradona, o el maltrato, predominantemente de mujeres, siempre mucho más expuestas a los abusos y a las locuras masculinas.
De más está decir que no se trata de una desmesura argentina, en tanto y en cuanto el morbo es un asunto global. Tan global como la falta creciente de una distribución de la riqueza siquiera mínima en muchos de los centros o rincones del planeta, lo que constituye un auténtico morbo social en una danza cotidiana donde millones de viviendas en el mundo están vacías de gente (por poner sólo un ejemplo) conviviendo con millones de gente desprovista de viviendas o pagando con su esfuerzo el poder contar con una.
Es decir que el componente morbo en la vida de todos los días ocupa un lugar más que central tanto a nivel individual como social. Nada demasiado extraño, más bien todo lo contrario, la predilección por el mal es muy superior a la atracción por el bien. El psicoanalista A. Green señala con acierto que la historia del arte testimonia el papel que ocupa el mal en la motivación y en las temáticas tanto sea de la literatura como de la pintura, y también del arte en general.
Desde las tragedias griegas hasta el arte contemporáneo el mal está en el centro de la escena en las grandes representaciones humanas. No existe una gran obra de arte que cuente la historia de un matrimonio feliz pronto a cumplir sus bodas de oro en una existencia de amor y sexo integrados.
Tampoco existe en los grandes salones del arte de la pintura la retrospectiva de un gran pintor de la talla de un Picasso o de un Rembrant que haya pintado a lo largo de su obra y de su vida, en una perfecta conjunción, cómo alguien ha sido feliz en la inexorable sucesión de las cuatro estaciones. Pero en el arte el morbo se sublima, en lugar de exhibirlo. En cambio, en un escalón más abajo, totalmente por fuera de la auténtica creación humana, se pueden ver día a día las telenovelas que para tener un mínimo de atractivo que les permita alcanzar a su vez el mínimo de rating, tienen que contar y mostrar historias con una pizca o más de truculencia que adhieran al telespectador. Para que el adherido no toque botón, como decía el gran Olmedo, y de ese modo evitar el nefasto impulso de cambiar de canal, o lo que es peor apagar el aparato.
En suma que el humano es un bicho morbo que viene haciendo una curiosa inversión. Si lo normal para una buena parte de las enfermedades son las recetas para su curación, lo inverso también parece ser cierto: lo morbo como una receta diaria impregnando de sentido a la vida.
Aquel dicho que sentencia que el hombre es el lobo del hombre habla del morbo que tenemos incrustado. Con perdón de los lobos. Habría que avisarle a Caperucita que el peligro no son los lobos. Para "revolucionar" el sentido de ese cuento tan morbo.