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Los lazos de la distancia

Del 2000 al 2003, miles de argentinos emigraron a otros países, especialmente a Europa. La mayoría, jóvenes de clase media que fueron tras la esperanza de una vida mejor. Ellos volaron con sus ilusiones y aquí quedaron sus padres, hermanos, amigos, quienes todavía buscan la manera de lidiar con la ausencia.

Domingo 21 de Septiembre de 2008

Del 2000 al 2003, miles de argentinos emigraron a otros países, especialmente a Europa. La mayoría, jóvenes de clase media que fueron tras la esperanza de una vida mejor. Ellos volaron con sus ilusiones y aquí quedaron sus padres, hermanos, amigos, quienes todavía buscan la manera de lidiar con la ausencia. De esa necesidad nació Lazos, una asociación civil que nuclea a familiares de personas que viven en el exterior y que ya lleva seis años de historia. ¿A qué estrategias recurren los que quedaron para convivir con la nueva realidad? ¿Qué es lo más difícil de esta experiencia? ¿Esperan que sus hijos regresen? En las reuniones de grupo que se suceden semana tras semana, las integrantes de Lazos, que en su mayoría son madres de todas las edades, intentan dar respuesta a estos y otros interrogantes.

Al escucharlas es fácil advertir cómo se apoyan, se miman, se contienen. Cómo logran encontrar en las vivencias ajenas consejos y alivio para transitar las propias. Cómo pilotean el vacío, el profundo vacío que tienen que llenar de algún modo para aceptar la voluntad de esos otros que parieron, que sienten como parte de su cuerpo, como una extensión de su alma, pero que indudablemente no les pertenecen.

"Corría el año 2000, mi hija se había ido a vivir afuera. Yo iba a la verdulería y escuchaba a la gente que comentaba que su hijo, su nuera, su amigo, su vecino, habían decidido dejar el país. Siempre hubo emigrantes, pero nunca como en ese momento. Y pensé que teníamos que hacer algo con esa nueva realidad que nos abrumaba, que nos planteaba un gran desafío", comenta Elsa Impallari, actual presidenta de Lazos.

A mediados del 2002, una mujer, Inés Martín, hizo una convocatoria por radio y fueron apareciendo las primeras compañeros y compañeros de ruta. La crisis estalló con toda su furia, y entonces, de aquellos pocos pasaron a ser cientos, movidos por la angustia, pero sobre todo, por la bronca de un país que expulsaba a lo que más querían.

"Fue una situación muy cruel. Este era un lugar de recibir gente, no de echarla. Y en aquellos momentos los sentimientos que nos dominaban eran de rencor e impotencia. La gente acudía al grupo muy enojada, triste y malhumorada", recuerda Carmen Guinsburg, que tiene dos hijas viviendo en Tenerife.

¿Cómo es, en el día a día, recordar a los familiares a la distancia? Ingrid Siemienczuk, cuyo hijo Guillermo vive en Italia con su esposa e hijas, contesta con simpleza: "Los extraño mucho, especialmente a mis nietas. Varias veces al día me pregunto qué estarán haciendo, qué dibujitos estarán mirando, cómo la estarán pasando".

Ingrid comenta sin tapujos que en su familia la partida de Guillermo ocasionó un impacto fuerte. Todos de algún modo recibieron el golpe. Para su marido, incluso, es todavía un tema difícil de superar. "En general, el hombre lo vive de otra manera", comentan casi al unísono. "Nosotras, como madres y mujeres lloramos, gritamos, nos enojamos, pero hablamos de lo que nos pasa. Nos juntamos y hacemos catarsis, pero los varones suelen sufrir en silencio, no quieren saber, no quieren hablar. Algunos de nuestros maridos no han permitido que toquemos la habitación de nuestros hijos, pero al mismo tiempo no pueden ni abrir la puerta".

La diferencia entre los sentimientos de hombres y mujeres es un aspecto que las integrantes de Lazos mencionan con especial interés. "Ellos acompañan, pero no sé si nos entienden realmente. Por eso acá encontramos el apoyo ideal", dicen. En tanto, hacen una mención especial a un hombre que motorizó la asociación durante años, David Glikman, quien falleció trágicamente y a quien siempre recuerdan por su empuje, su entusiasmo y su compromiso con la entidad.

El shock inicial

El día en que sus hijos les comunicaron que se iban quedó grabado a fuego en la memoria y el corazón de estas madres. Inés Martín recuerda: "Mi hijo nos había dicho que tenía pensado irse, pero no creímos que se iría realmente. Un mes antes nos avisó que tenía todo listo, el pasaje, el pasaporte, que no había marcha atrás. Me quedé helada, no podía creer que se fuera, que me hiciera eso".

En ocasiones, la partida de los hijos fue o es vivida como una verdadera traición. Algunas no se atreven a confesarlo tan claramente, pero otras lo han expresado sin demasiadas vueltas. "Hay madres que vienen llorando y dicen no entender por qué su hijo o hija las abandonaron".

Pero no sólo madres integran la asociación. Mary Bossio, por ejemplo, no se pierde reunión. Su hermana partió a los Estados Unidos hace 30 años. Y a pesar del tiempo transcurrido Mary no se acostumbra del todo a la ausencia. "Los afectos condicionan nuestras vidas, nos tranforman, y cuando alguien que compartió tu infancia y tus sueños se va lejos queda un vacío difícil de llenar. Acá encuentro apoyo y afecto y también información, porque en muchos casos, Lazos sirve para agilizar trámites o solucionar problemas de los que viven afuera".

Recuperarse

Pero no todo es tristeza o melancolía. Las madres de Lazos comparcten a menudo las anécdotas de sus seres queridos, festejan sus cumpleaños a la distancia, se ríen con las andanzas de sus nietitos. "Mi único hijo se fue a Barcelona hace varios años, conoció una chica austríaca, se vinieron a la Argentina a casarse y después se fueron a vivir a Austria. Tengo dos nietos y una nuera maravillosos que me llenan de cartas de amor, de llamadas dulcísimas. Creo que si vivieran a dos cuadras de mi casa no vendrían ni un domingo a comer conmigo", cuenta Nilda Siryi, con gracia.

"Hay experiencias interesantes y positivas. Las conversaciones que mantenermos con ellos cambian, el intercambio de los afectos cobra un matiz diferente; el amor se expresa de manera más intensa, y a la larga, muchas de nosotras logramos convivir con esta realidad de una manera amigable", expresa Elsa Impallari, demostrando que los lazos del amor son indestructibles y que incluso, pueden seguir creciendo más allá de la distancia.

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