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Interiores: Crisis

Basta pulsar esta palabra de tamaño más bien pequeño para que estallen varios sentidos que impregnan tanto lo singular, como lo plural, lo individual o lo colectivo.

Domingo 13 de Enero de 2008

Basta pulsar esta palabra de tamaño más bien pequeño para que estallen varios sentidos que impregnan tanto lo singular, como lo plural, lo individual o lo colectivo. Desde hace algún tiempo se ha hecho popular un sentido que señala que entre los chinos la palabra crisis quiere decir oportunidad. Es decir que las benditas o malditas crisis no tendrían una esencia monocolor sino que, además de ser negativas por definición, también pueden ser positivas como aquel dicho que sentencia que lo que no mata fortalece.

Las crisis son más que abundantes en el terreno de la política, dado que por lo general conforman una organización institucional que aproximadamente toma la siguiente forma: una figura principal llamado presidente, primer ministro, jefe de gobierno, gobernador o intendente. Esta figura principal está acompañada y arropada por ministros y secretarios que explícitamente o implícitamente se los considera fusibles. El fusible es un "tipo" de alta precariedad. Está condenado a "saltar" para que el principal no salte o caiga. Viene a ser la más típica solución para las crisis, una receta estándar, una suerte de pase de magia de no mucho nivel que consiste en que algo cambie para que nada cambie.

En cierto sentido las crisis se han vuelto tan comunes que casi pierden su sentido original. Uno de los casos más paradigmáticos es el de la crisis de la energía, en particular la energía eléctrica que cada verano concurre puntualmente a su cita. Se podría decir que la crisis eléctrica es una crisis crónica lo que viene a constituir el colmo de una crisis, ya que tiene que ver con algún giro brusco en determinada enfermedad o proceso que deviene patológico. En cambio una crisis estable combina dos opuestos que ponen en aprietos a la racionalidad humana que, por cierto, ya viene bastante "baqueteada".

Los dos relojes

Como se sabe nuestro país no tiene el patrimonio exclusivo de la crisis eléctrica, ya que el primer mundo no se priva de ella como lo prueba el hecho de que la manipulación horaria se viene haciendo en Europa desde hace muchos años. Entre nosotros el cambio horario tuvo un ensayo hace algún tiempo, pero en definitiva este año estrenamos presidente en versión femenina y casi al mismo tiempo hubo que darle un manotazo a los relojes. Lo que dio lugar a una crisis nueva, bastante genuina por lo imprevista, como fue y lo es el cambio de los relojes. Rápidamente aparecieron escritos analizando una nueva pugna entre lo que se suele llamar el reloj biológico y lo que no hay más remedio que denominar el reloj social.

El conflicto se nota especialmente en los dos extremos de la jornada: los que saltan al día con el amanecer se encuentran con que es una hora más tarde, y si bien lo robado no es "el mes de abril" como canta Sabina, una hora es una hora sobre todo a esa hora. A la vez los que gustan y acostumbran cenar temprano chocan con una realidad inesperada cuando al citarse para cenar se encuentran con que a las 8.30 el sol todavía está vivito y coleando. La tensión entre el reloj biológico y el reloj social debe ser incluida como una instancia más de la lucha entre la naturaleza y la cultura, sumada a la realidad entre ambas. Esto conforma un torneo de todo el año y de todos los años que tiene uno de los partidos más clásicos de todos los tiempos, es decir lo objetivo versus lo subjetivo. Contienda interminable por definición y por actuación que por estos días ha sembrado cierta confusión entre nosotros: ¿cómo es que por adelantar el reloj perdemos una hora? Adelantamiento que se compensará con el atraso en marzo en el que ganaremos una hora.

El caso del conflicto de los relojes muestra que en ocasiones hay cambios que generan o pueden generar crisis, mostrando de esa forma dos caminos en principio opuestos en la compleja relación entre cambios y crisis:

u Los cambios que generan crisis.

u Las crisis que posibilitan o posibilitarían cambios.

Dos opuestos que muestran claramente las dificultades humanas para los cambios, tanto a nivel social como individual. Pocas palabras han sufrido el notable desgaste que ha tenido y sigue teniendo la palabra cambio. Se usa la bandera del cambio para alcanzar el poder, que una vez alcanzado se usa y se abusa para poder conservarlo, en definitiva para que nada cambie demasiado. Precisamente los chinos continentales son el mejor ejemplo de cambios que no cambian: el Partido Comunista Chino supera su crisis instalando el capitalismo y de ese modo reinstalando el trabajo esclavo, es decir lograron el famoso giro de 360 grados.

De lo que se trata es de que la crisis no termine devorándose a la oportunidad como suele ocurrir, tanto en las sociedades como en los individuos, que prefieren restablecer el orden en lugar de cambiarlo con el riesgo de quedar atrapados en una crisis crónica lo que constituye un verdadero contrasentido patológico.

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