Domingo 16 de Diciembre de 2007
En el siglo pasado, al menos hasta poco más de la mitad de la década de los setenta, los edificios de pisos que comenzaron por llamarse rascacielos contaban con una forma actualmente retrógrada de eliminación de los desechos cotidianos que cada familia arrojaba día a día. Consistía en un sistema muy cómodo para los habitantes, y muy malo para el planeta, ya que el cielo era rascado y rasgado por un denso humo negro producto de la incineración de los restos que cada departamento lanzaba por un enorme tubo que en su base quemaba todo lo que se tiraba.
Como se puede recordar, o imaginar en el caso de los que no lo vivieron, se trataba de un exterminio de los residuos tan eficaz como contaminante. Promediando dicha década, el Proceso se aproximaba y la temible y siniestra triple A (Alianza Anticomunista Argentina) anticipaba ya en actos los propósitos de exterminio que poco tiempo después llevarían adelante exterminadores que realizaban su tarea tanto a la luz del día como en la oscuridad de la noche. Los exterminadores eran unos personajes con una tipología recurrente: seres grises y nefastos como el propio fundador de la triple A, el siniestro López Rega.
En los incineradores argentinos de aquella época se incineraba momentáneamente el miedo arrojando al tubo de fuego toda la literatura considerada subversiva, que a los ojos de la paranoia del poder era tan amplia que hasta cierta matemática era sospechosa al trabajar con vectores que pudiesen subvertir el orden matemático. Eran tiempos sin conciencia sobre la contaminación ambiental, y sin conciencia ecológica que no ha aumentado demasiado en esta época. Aquellos incineradores funcionando a pleno constituían un ejemplo alucinante de una extendida despreocupación por el otro de una magnitud tal que a modo de un boomerang daba como resultado una extendida despreocupación por sí mismo ya que todos aspirábamos el humo de los desechos propios y de los desechos ajenos.
Los hogares quedaban con un simple mecanismo libres de olores que no alcanzaban a ser fétidos pues en una elemental alquimia devenían en un humo que contaminaba el aire en una ilusión colectiva de que el aire era gratis. Toda una época que temía a la contaminación ideológica y no a la ambiental al punto de alertar a la población sana sobre el espurio objetivo de transformar nuestra bandera en un trapo rojo, definitivamente contaminada por una ideología que supuestamente quería revertir el orden. Por cierto no demasiado, no en lo esencial al menos, ya que en el mundo rojo el poder de algunos sigue siendo el que decide el orden de las cosas. El orden de la naturaleza con sus leyes casi invariables y el orden de las sociedades con leyes que no debieran ser invariables y que casi siempre chocan de una y mil maneras ya que los humanos tienen en muchos aspectos una vida contaminante y contaminadora atentando contra la naturaleza. Y en muchas ocasiones hasta en el nombre del progreso con mega construcciones que por lo general producen desastres ecológicos.
Los ejemplos son más que variados y desgraciados, pero recuerdo que en mi niñez venir de San Jorge a Rosario era un acontecimiento, o bien varios al mismo tiempo. Uno de las salidas memorables era ir con mi tío Pedro Medina y mi primo Héctor a la noche al puerto a pescar sobre todo cuando mi tío decidía ir a la búsqueda del pacú, lo que era sin duda el pez estrella para los pescadores y una delicia a la parrilla. Ahora desde hace muchos años que el pacú no llega más río abajo al haberse estrellado contra las represas del progreso construidas río arriba.
En este mundo contaminante y contaminado, sorprende un estudio estadounidense reciente publicado en los Anales de la Academia Nacional de Ciencias en donde se concluye y se afirma que el divorcio es malo para el medio ambiente. No se comprende demasiado bien para qué hacía falta semejante estudio para conclusiones tan elementales ya que lo que se anuncia en tan magno templo de la ciencia es que "debido a un mayor consumo por persona, una persona en un hogar de divorciado también puede generar más residuos".
Con la misma línea argumental se podría afirmar que los divorcios favorecen el consumo, por lo tanto también la producción y en definitiva el empleo ya que, por ejemplo, la ex pareja que compartía una heladera y demás tendrá que agenciarse de los electrodomésticos correspondientes en su nueva situación social. Lo que de ningún modo justificaría una política de promoción del divorcio para favorecer la disminución del desempleo.
Al listado de contaminaciones varias que producimos y padecemos habría que agregar la contaminación ideológica a la que son tan proclives investigaciones pseudo científicas, además de muchas formas anacrónicas de la política, por lo general al servicio de distorsionar realidades. Sería una forma de contribuir al proceso de incineración social que tarde o temprano va incinerando, sobre todo ciertas políticas y sus correspondientes operadores, con la viva esperanza de que quizás la propia figura del operador político se consuma en el incinerador del tiempo.