Cuando el que gana es el deseo
Días pasados leí un artículo en este diario que informaba que la infidelidad puede salvar a la pareja. Decía que "cuando una relación se encuentra en decadencia no hay nada mejor que hacerla revivir con una aventura".

Domingo 22 de Junio de 2008

Días pasados leí un artículo en este diario que informaba que la infidelidad puede salvar a la pareja. Decía que "cuando una relación se encuentra en decadencia no hay nada mejor que hacerla revivir con una aventura". Al margen de esta opinión, poco confiable, el artículo me estimuló a reflexionar sobre algunas de las causas de la infidelidad y encontré que la más importante es satisfacer el deseo.

Considerando que la familia intenta tener el monopolio de la sexualidad, el deseo se erige como su principal enemigo. Mientras el contrato matrimonial exige permanencia, origina inevitables conflictos con el deseo sexual que es inconstante e inestable. Ineludible malestar que produce la cultura constriñendo el deseo sexual en beneficio de la organización social. Y en esta lucha muchas veces gana el deseo.

No podemos dejar de comprobar que, a pesar de tener mala prensa, el amor clandestino tiene muchos adeptos. Entre las razones que podemos señalar la que tiene más peso es que la sexualidad es uno de los mayores placeres que tiene una persona. A ello podemos agregarle el estímulo que representa la transgresión y la gratificación narcisista que resulta de ser reconocido por otro como un sujeto del deseo.

Todos sabemos del orgullo que representa para el hombre sus conquistas amorosas, como el cazador que exhibe sus trofeos de caza o el deportista que se ufana de sus medallas. Y el mejor alimento para la autoestima de una mujer es que un amante le susurre al oído aquellas frases que su marido, seguro de su conquista, ya ha olvidado de expresarle.

Estas transgresiones también constituyen un reaseguro, pues tanto en el varón como en la mujer, el temor al abandono y a la soledad es exorcizado con la experiencia de que si ello ocurre puede encontrar otra pareja.

Otra de las motivaciones para el engaño es el hecho de que algunas personas anhelan "grandes amores". Pensemos que el enamoramiento, la pasión desatada por la persona que se ama se convierte con el paso del tiempo, en el mejor de los casos, en amor, sentimiento más apacible, libre de los desasosiegos, del sufrimiento y de la vorágine pasional. Pero comprobamos que cuando la pasión se apaga, muchas personas sienten una increíble añoranza de esas emociones fuertes.

También tenemos que considerar aquellos casos en que la infidelidad es consecuencia de problemas vinculares. El psicoanálisis enseña que si la mujer o el hombre confunden en algún momento de la relación a su pareja con sus progenitores, la relación sexual se convierte en prohibida o pierde su vigor o atractivo.

Freud decía que lo peor que le podía suceder a un hombre era un excesivo respeto hacia la mujer, a la que entonces confundía con su madre o su hermana. Ocurre que estos hombres, inhibidos sexualmente con sus "respetables mujeres" buscarán en otras, no tan idealizadas ni amadas, la deseada satisfacción sexual.Lo dicho para los varones vale también para las mujeres, quienes reaccionarán con dificultades sexuales (frigidez, falta de deseo) si relacionan a su pareja con la figura paterna, pero, mientras tanto, pueden gozar del sexo con otras personas a las que no aman. Decimos que estos varones y estas mujeres son personas disociadas, que sólo tienen acceso al amor sin sexo o al sexo sin amor.

Si estas relaciones extramatrimoniales se mantienen en la clandestinidad, pueden ayudar a la continuidad de la relación de pareja en cuanto posibilitan la satisfacción de los aspectos disociados.

Debemos considerar también el caso en que uno de los cónyuges se siente privado sexualmente. Una de las consecuencias de la frustración es el odio, manifestado o reprimido, que provocará un malestar en su partenaire. En esta situación, las relaciones sexuales con un tercero pueden descomprimir el vínculo y contribuir a su bienestar.

Otro problema distinto es el de aquellas personas que temen quedar encerradas en una relación, una claustrofobia que los impulsa a tener un otro (generalmente fugaz) que les permita ilusoriamente un aire de libertad y, al mismo tiempo, continuar con su pareja. No debemos descuidar el hecho de que tanto los varones como las mujeres han vivido un intenso vínculo amoroso con sus madres, y que les ha costado mucho esfuerzo lograr una independencia de las mismas. Es por ello que, si por un lado desean el compromiso afectivo, no dejan de temer que el mismo los convierta nuevamente en niños dependientes.

En las vicisitudes de la infidelidad a unos los gana la aventura, el placer y el deseo y a otros los gobierna el espanto.

Domingo Caratozzolo

Psicoanalista

www.domingocaratozzolo.com.ar