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Cambios

Quizás se podría decir que la vida es cambio con la debida aclaración de que no siempre ni mucho menos la palabra cambio exhala un sentido positivo.

Domingo 20 de Julio de 2008

Quizás se podría decir que la vida es cambio con la debida aclaración de que no siempre ni mucho menos la palabra cambio exhala un sentido positivo. En las reiteraciones de la vida cotidiana los cambios no tienen demasiado lugar, en tanto cualquier cambio es mal visto por los pliegues rutinarios del alma, para quien las alteraciones son fatales. Como se sabe, el humano es un ser bastante rutinario a la hora de comer, dormir, amar, trabajar, descansar y jugar, tanto de niño como de adulto.

En muchas ocasiones es rutinario hasta en sus quejas, incluyendo las enfermedades no demasiado graves, que puntualmente vuelven cada año. En cuanto al amor, todo cambia cuando se gasta dado que no siempre es duradero, a la sazón poco o nada llevadero, razón por la cual los amantes "despotizados" recíprocamente comienzan a soñar con cambios, lo que sin embargo no excluye que al mismo tiempo los aterre.

Ese es el punto en que las aguas se dividen, están los que atraviesan las barreras del temor lanzándose al cambio, y por otro los que optan por no optar refugiándose en el no cambio, que tal vez no resulte atractivo, pero sí tranquilizante.

En el terreno de la política, como en el de la sociedad en general, la palabra cambio es moneda corriente en todos los niveles. El primer balance no puede menos que constatar que pocos términos están tan gastados como la palabra cambio. Todas las corrientes políticas la usan, la usaron o la van a usar. Uno de los últimos ejemplos, en este sentido, se pudo ver en la campaña del presidente francés, el inefable Sarkozy. Usó el remanido cambio como el eslogan principal de su carrera a la presidencia siendo como es un conservador nato, hecho y derecho, es decir bien de derecha con gestos y aires menemistas que exportamos para el viejo continente.

Hay que decir que semejante personaje, si se lo compara con la vestimenta tradicional del poder europeo, no hace demasiado "juego". Salvo con el italiano Berlusconi, hombre top del norte de la Italia dividida, una suerte de sastre (también un desastre) de la política que se hace leyes a su medida que le permiten estrenar los mejores trajes de la impunidad. Se sabe que los trajes de la impunidad son los más buscados por muchos de los habitantes del poder cuyo sueño principal es conservarlo para que nada cambie.

A nivel individual, al cambio no le va demasiado mejor que con la sociedad en general y la política en particular. Es muy frecuente en las relaciones humanas, especialmente en las relaciones de pareja, reclamarle un cambio al otro. Entre el reclamante y el reclamado no pueden faltar las promesas de cambios por parte del reclamado, que por lo general no es la primera vez que las efectúa, con lo que cada vez que tiene recurrir a las dichosas promesas para salir del aprieto y del apriete (que el reclamante siempre se siente con la suficiente autoridad de realizar) se encuentra que su credibilidad disminuye en relación directa al número de promesas efectuadas. No hace falta aclarar que el reclamante las tiene contadas, y en ocasiones hasta inflacionadas.

Década de esplendor

El estatus del cambio, tanto individual como colectivo, no siempre tuvo la baja cotización que sufre desde hace tiempo. Sobre todo en los años 60, el cambio estaba en su esplendor, una década especialmente efervescente, donde muchos movimientos se ordenaban en torno a una oposición que se vivía como fundamental: a la bandera del cambio se le oponía la de la resistencia al cambio. El cambio al que se hacía referencia era en el ámbito social, es decir un cambio de sistema que reemplazara al agotado sistema capitalista. Sin embargo, no estaba tan agotado ya que le faltaba todavía mostrar su peor cara que es la de estos tiempos.

En cuanto al comunismo, que representaba el cambio más profundo, cayó por implosión y los que quedaron en pié giraron hacia formas capitalistas. El caso más impresionante es China. El caso que se insinúa es Cuba. Semanas atrás se cumplieron 40 años del Mayo Francés, conocido como el Mayo del 68. El graffiti más famoso en las paredes del barrio latino de París clamaba: "La imaginación al poder ". No fue así. El poder sigue desde siempre inmerso en su redundancia: más poder para conservar el poder. En los gobiernos y en las instituciones. "Quién dijo que está todo perdido", canta Fito. Se podría decir, "vengo a ofrecer mi alteración".

Individual o colectivamente, el verbo cambiar necesita de un auxiliar: alterar, que quiere decir cambiar la forma o la esencia de algo. En tal caso al clamor de Mayo del 68 hay que alterarle el orden para no olvidar el poder de la imaginación que es esencialmente indomesticable.

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