Miradas

Ana y su dolor irreparable

Domingo 27 de Septiembre de 2020

Ana mira a la cámara que la pone al aire en vivo, gira la vista hacia el televisor que tiene en la cocina-comedor, ve allí la foto de su hijo y exclama, casi como un suspiro: “Mirá qué lindo estaba ahí, por Dios”. Y llora.

Mucha gente la está viendo. El crimen de su hijo, Sebastián Cejas, está en boca de todos en la ciudad. Lo asesinaron para robarle el auto, frente a ella, mientras esperaba que el padre saliera de un hospital. ¿Podría haber sido más dramático?

Cejas no fue víctima de una guerra narco. No tenía nada que ver con ese mundo sino más bien todo lo contrario: trabajaba mucho, proyectaba abrir en breve un negocio legal y no tenía enemigos.

>>Leer más: "De chiquito se hizo un hombre al que no le gustaba pelear ni nada de eso"

Es imposible no conmoverse con la escena de Ana en la tele. Hasta el periodista que tiene a su cargo la nota se emociona, aunque en la pantalla solo se lo escuche en off. Una mención aparte para Daniel Amoroso: el respeto con el que hace su trabajo lo merece.

Ana describe a Sebastián, cuenta sus planes, da detalles (los pocos que recuerda) del momento en el que lo mataron y hasta le habla, como si él todavía pudiese oírla: “Lo natural era que vos me enterraras a mí, no yo a vos”, dice. Después pronuncia una frase dirigida a los asesinos que los periodistas corremos a escribir en los títulos: “Roben, pero no maten a la gente”. Es una súplica tardía, dolorosa, inútil.

Todos los días hay alguna Ana en Rosario. Madres que lloran la muerte violenta de sus hijos, no importa quiénes ni qué hayan sido en sus vidas.

Perderla a manos de un asesino se volvió rutinario. ¿Qué importa si la víctima es un inocente que paga con su existencia la impunidad de los delincuentes, o un soldadito que juega en un bando y cae derrotado por las balas del enemigo? Unos y otros deberían seguir vivos.

Desde el 1º de enero de 2014 hasta ayer hubo en el departamento Rosario 1.360 asesinatos. Pero hay una estadística que no está en ninguna parte, entre otras razones porque hay delitos que la gente ya ni siquiera reporta: asaltos, robos, arrebatos y escruches. Eso también es inseguridad y no necesariamente guerra narco, un argumento que parece buscar una justificación de lo que pasa como si el Estado y los gobiernos no fuesen responsables de que exista.

“Era un buen chico”, repite Ana cuando habla de Sebastián entre sollozos. Es imposible ponerse en su lugar, pero resulta inevitable no pensar que uno podría estar allí, como ella, llorando la muerte violenta de un hijo.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS