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Una vida dedicada a la palabra

Con enorme esfuerzo y constancia creó diccionarios para mejorar la gramática española.

Domingo 21 de Julio de 2019

Estamos en tiempos de cambios. Las nuevas generaciones intentan instalar el lenguaje inclusivo. Ciertas propuestas parecen no considerar el estudio que conlleva un lenguaje común a todos y hasta se ha dudado si conservar la ortografía es importante. Durante años hubo gente que se esmeró por dictar reglas para la utilización del idioma español, creando diccionarios modelos (RAE). Una mujer, poco conocida, dedicó su vida a escribir diccionarios que mejoraran la gramática y lingüística española : María Moliner .

   Nació en Paniza ( España) en 1900 y dos años después la familia se trasladó a Almazán y Madrid. Comenzó allí a estudiar en la Institución Libre de Enseñanza, sitio privado fundado en1876, que basaba su enseñanza en la libertad de cátedra, sin atenerse a ningún dogma. Apoyado por personalidades como Antonio Machado y Ortega y Gasset, María fue seducida por la expresión lingüística y la gramática.

   En 1914, su padre abandonó a la familia para radicarse en Argentina. Su madre decidió regresar a Aragón. Fueron momentos duros para una María adolescente aunque con una notable personalidad que la llevó a ayudar a la economía familiar, dando clases particulares mientras ingresaba en el Instituto Técnico de Zaragoza, donde concluyó su secundaria en 1918. Aunque su pasión por el lenguaje la harían trabajar como secretaria redactora en el Estudio de Filología de Aragón (1917/1921). Se involucró en el estudio de los textos y la confección de diccionarios (filología y lexicografía), y colaboró en el Diccionario aragonés de la institución, ya que su empeño le dio amplia práctica en dichas materias. En 1921 finalizó con honores la licenciatura de Historia en la Universidad de Salamanca. Un año después, fue destinada por concurso al Archivo General de Simancas, luego al de Hacienda en Murcia, para finalizar en los treinta, en el de Valencia.

   Trabajar en Murcia la convirtió en la primera mujer que dió cátedra universitaria. Allí conoció a un prestigioso profesor de Física, Fernando Ferrando, con quien se casó en 1925 y tuvo cuatro hijos.

   Pero a pesar de su prolífica familia, desde 1929 fue partícipe activa de la bibliotecaria nacional por su verdadera pasión: el archivo, la organización de bibliotecas, la difusión cultural. Eran años en los que las mujeres se dedicaban sólo al hogar. Sin embargo, hasta 1939, colaboró activamente en la confección de “Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España” (1935) e “Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas”.

   En Valencia dirigió la Biblioteca de la Universidad y participó en una entidad encargada de hacer conocer al mundo todo lo editado en España. En 1939, los embates de la depuración franquista del magisterio español, la harían descender dieciocho niveles en el escalafón. Debió trasladarse al Archivo de Hacienda de Valencia mientras su marido fue enviado a Murcia, despedido de su cátedra. Fueron siete años difíciles hasta instalarse nuevamente en Madrid. Allí ingresó en la Biblioteca de La Escuela técnica Superior de Ingenieros Industriales y ascendió a directora hasta 1970, año de su jubilación. La Orden de Alfonso X la premió como Lazo, sólo otorgado a las damas destacadas en carreras de ciencia, cultura o docencia. Su incansable trabajo y perseverancia, a pesar de las tantas circunstancias adversas, tuvieron su recompensa, aunque para María Moliner, su premio mayor fue dedicarse plenamente a las palabras y los textos.

   De allí en más se mantuvo al cuidado de su esposo enfermo y al voluntarioso trabajo sobre el “Diccionario de uso del español”, escrito siempre inicialmente a mano y en cuadernillos, luego publicado en dos grandes volúmenes entre 1966/67. Deseaba pulirlo y ampliarlo. Su deseo fue truncado por una feroz arterioesclerosis, que la separó involuntariamente de su mundo intelectual. En 1970 se mudó a la casa del barrio de ciudad universitaria, donde falleció en 1981. Una placa en la puerta aún la recuerda.

   Dos años después fue postulada para ingresar a la RAE pero la rechazaron. “Yo no tengo ninguna obra que se pueda añadir a esa para hacer una larga lista que contribuya a acreditar mi entrada en la Academia (...) Mi obra es limpiamente el diccionario. Desde luego es una cosa indicada que un filósofo (por Emilio Alarcos) ingrese en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ¡Pero...ese hombre, cómo no está en la Academia!”, dijo luego en una entrevista.

   La idea de crear un Diccionario de Uso Español fue en sus inicios pensada para trabajar pocos años. No imaginó que serían quince de labor ardua en su hogar. En 1955, conectada con la editorial Gredos, María firmó el tan ansiado contrato de su Diccionario, que contenía definiciones, sinónimos, expresiones, familia de palabras, etc. La publicación autorizada por ella, fue en 1966/67. La segunda, en 1998, en dos volúmenes. La tercera y última en 2007. A pesar de su incansable trabajo de toda una vida, no fue valorada y sí cuestionada por la RAE, cosa que no le hubiese ocurrido a un varón, seguramente. “El diccionario de la Academia es el diccionario de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad”. “Si yo me pongo a pensar qué es mi diccionario, me acomete algo de presunción: es un diccionario único en el mundo”.

   Cuando falleció, Permanyer criticó la actitud descalificante de los miembros de la RAE hacia Moliner. Ya era tarde. Fue una de las tantas mujeres de la historia que a pesar de su esfuerzo, no logró un trabajo considerado como era: único y supremo.

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