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Una inventora que desafió la censura

Cuestionó a fines del 1800 el uso compulsivo del corsé para las mujeres. Tuvo una vida intensa y libre de prejuicios para la época. Su historia

Domingo 19 de Mayo de 2019

En el siglo XVI, los Medici popularizaron en Occidente una prenda que había iniciado su uso en civilizaciones mucho más antiguas: el corsé. Su objetivo era conseguir un torso modelado, sobre todo para las mujeres de las clases sociales altas que, para lucir una figura escultural, debían sufrir tortuosos ajustes. Desde los primeros, usados en Grecia, hechos a base de metal, continuaron desarrollándose como una lencería de tela emballenada que reducía movilidad, aunque conservando el toque sensual con adornos de puntillas o finos encajes.

   A fines del siglo XIX nació una mujer que terminó con todo ese padecimiento el día que inventó la prenda que hasta nuestros días es utilizada por todas las féminas del mundo: el corpiño.

   Mary Phelps Jacob, nació en Nueva York en 1891 en una familia acomodada (y de linaje) aunque desde corta edad mostró su rebeldía a cualquier estructura impuesta por la sociedad o las costumbres. Antes de cumplir veinte años, a punto de vestirse para una fiesta de debutantes, se opuso terminantemente a apretujarse dentro del corsé y le pidió a una mucama dos pañuelos grandes y todos los elementos necesarios para coser. Esa noche bailó con una hermosa sensación de libertad y le contó a sus amigas lo que había hecho.

   Unos años después consiguió el patentamiento del Backless Brassiere (Corsé sin la parte trasera), empleó mujeres para confeccionarlo e intentó su industrialización, pero le fue muy mal. No había nacido para eso y decidió vender la patente en 1915 a The Warner Brothers Corset Company en 1.500 dólares. Ellos comenzaron a comercializarlo en forma masiva en distintos talles y modelos, y junto a los nuevos mandatos de Cocó Chanel, revolucionaron la moda. Ese mismo año Mary se casó con un hombre de dinero, Richard Peabody, con quien tuvo dos hijos. Cada uno tenía sus maneras y pronto comenzaron las desavenencias. Él, primero se fue a defender la frontera atacada por Pancho Villa y luego se alistó en el ejército en la Primera Guerra. Ella partió con sus hijos a la casa de sus suegros en Boston y conoció a Harry Crosby, un joven aristocrático, millonario, siete años menor, a quien enseguida convirtió en su amante.

   Concluida la guerra, Peabody regresó del frente. Los vicios que tenía antes de partir se fueron profundizando: apuestas en las carreras hípicas, demasiado alcohol y algo muchísimo más peligroso: el voyeurismo piromaníaco. El hostigamiento de la familia Peabody y de la suya propia fue intenso para Caresse, como comenzó a hacerse llamar.

   Querían que dejara a Harry, quien a su vez la presionaba para que se fuera con él, amenazándola con el suicidio si lo dejaba. Decidió como siempre no cumplir con los mandatos familiares. Se separó de Peabody en 1922 dejándolo internado por su grave adicción alcohólica, para casarse con Harry. Sentía una pasión sin frenos. Renunció al Shawmut Bank y le envió una carta a su padre pidiéndole que le enviara el dinero de la venta de sus acciones. Con eso podrían vivir el resto de sus días sin llegar a terminarlo. Polly (sobrenombre familiar) vendió la licencia de sus corpiños y viajaron a París, para “llevar una vida loca y extravagante”.

   Se integraron a la bohemia parisina con drogas, sexo y fiestas exóticas, algunas organizadas por ellos mismos con detalles tan bizarros como "inmorales". En su residencia de Ile Saint-Louis. Desnudez, litros de champagne y una cama sumamente visitada, eran algunos de los muchos actos que los identificaban en la sola búsqueda del placer. En ese punto, ya fuera de todo control, ella se cambió el nombre y se hizo llamar Caresse Crosby. El despilfarro de dinero fue imparable: caballos de carrera, viajes y drogas poderosas como el opio que los transportaban a un grado máximo de locura.

   Entre tanta lujuria, castigados por la moralina de la época, decidieron publicar libros de poesía. Crearon el sello Black Sun Press, con poetas famosos del siglo XIX. Pero nada les bastaba. Ni lo bueno ni lo malo. Habían acordado un pacto de suicidio para 1942 . Sin embargo Harry se anticipó y apareció muerto de un disparo en un hotel junto a una joven de 20 años.

   Ese final no deprimió demasiado a Caresse. Siguió editando autores como Faulkner y Henry Miller. Lo que es más, su departamento de la Quinta Avenida sirvió de hospedaje a personajes como Dalí y Gala, y hasta el mismo Miller.

   Caresse no sabía elegir bien a los hombres pero reincidió con dos parejas más: la primera en un matrimonio con Selbert Young, 18 años menor, alcohólico y "vividor" del cual se separó en 1941. La segunda, con Canada Lee, actor y boxeador de raza negra, con quien sólo convivió hasta mediados de los 40, ya establecida en Washington. Allí abrió una galería de arte y fundó la organización “Mujeres contra la guerra” (Women Against War) con la que intentó crear un centro de paz en Grecia. Fue rechazada enseguida.

   Entonces decidió apelar a otra excentricidad: comprar un castillo en Roma (1949) de 180 habitaciones. Se autotituló Princesa de Rocca Sinibalda, haciéndose trasladar en una silla-litera a pulso mientras convertía el lugar en una galería de artistas. En 1953 presentó su autobiografía: The Passionate Years ( Los años apasionados).

   Recordando a su tío, Richard Fulton, inventor del barco a vapor, comenzó a viajar sin cesar hasta que en los 60, decidió detenerse para vender Sinibalda, aunque continuó establecida en Roma donde murió de pulmonía en 1970, sin cumplir nunca su antiguo pacto de suicidio.

   Caresse tuvo en la vida, al menos eso parece, todo lo que deseó. Pero especialmente tuvo el talento para que sus días no conocieran el aburrimiento. A su vez colaboró con la cultura para borrar tantas voces en su contra. Creó una prenda que se masificó universalmente sin darle ninguna importancia porque le sobraba el dinero. “No puedo decir que algún día el corpiño vaya a ocupar un lugar tan grande, pero lo inventé yo”.

   Habría preguntarse si fue feliz de verdad, aun saltando de excentricidad en excentricidad. Conociendo su lema, seguro se la pueda entender mejor: “Siempre sí, Caresse, siempre”.

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