Times Square
Es un símbolo de New York, la ciudad de las ciudades, donde los grandes dedos de los edificios rascan el cielo. Y de pronto, se quedó en silencio.

Domingo 04 de Diciembre de 2016

Se dice que Times Square es un ícono. Y lo es.

Cuando el mouse de la conciencia se posa sobre Times Square lo que emerge es Nueva York. Naturalmente no toda NY porque los íconos no son abarcativos sino representativos. Para colmo NY está llena de íconos, el Empire State Building, el Rockefeller Center con sus terrazas al cielo y al abismo, el extraordinario Madison Square Garden, el Moma y los grandes museos, la Estación Central con sus películas, la Zona Cero y sus dos grandes huecos desde donde emerge el fantasma de las gemelas, el Central Park y un largo etcétera. Sin olvidar claro está la célebre Estatua de la Libertad, transmisora sin embargo de cierta fragilidad. Times Square en su traducción literal viene a ser esquina (o plaza, cuadrado, etcétera) de tiempo. Antes era una plaza pero transformó su nombre a partir de The New York Times, el mítico diario neoyorkino seguramente en el top ten de los diarios del mundo conocido como el "Times". Lo cierto es que el notable diario en general de predicación demócrata ya no está más en el luminoso espacio pero su viejo edificio permanece semivivo con algunas luces de oficina prendidas no se sabe bien por quién ni para qué. Con todo convoca a sus pies a mucha gente todos los 31 de diciembre para despedir el año y recibir al próximo en un ritual emblemático. Todo el espacio conformado por rascacielos con carteles de una luminosidad impresionante constituye un raro milagro en tanto ese espacio de tiempo es casi atemporal. Es siempre de día o siempre de noche desplegando continuamente su notable luminosidad a partir de la intersección entre la avenida Broadway y la Séptima Avenida. La palabra rascacielos es vieja, del tiempo en que los edificios comenzaron a crecer hacia arriba en una competencia feroz con relación a quién llegaría finalmente a rascar el cielo. La lucha continúa en distintos lugares del planeta y cada día un nuevo monstruo estira sus metros para alcanzar la divinidad siempre tan esquiva. De todos modos con respecto a la esencia de una actualidad ya centenaria el rascacielos continúa vigente aunque la palabra esté en desuso. Ni siquiera es muy correcto o muy preciso atribuir la pasión y el glamour por las alturas al capitalismo, un sistema tan proclive a las grandes desmesuras. Al respecto basta recordar al mismísimo Stalin, el mayor cancerbero de la revolución comunista, también muy atraído por los rascacielos capitalistas. O la China comunista con el primer puesto en la exhibición de rascacielos con más de 1.200, casi el doble que New York, la segunda en el ranking de la rascada del cielo. La pregunta se impone: ¿cuál es la motivación humana en la construcción de rascacielos? ¿Qué es lo determinante de una moda que lleva ya más de 100 años a partir del primero, construido en Chicago en 1885? La determinación económica sin duda interviene como en cualquier negocio, más todavía en las grandes inversiones para la construcción de rascacielos. Pero la explicación no deja de ser parcial. Es que la determinación económica suele anegar la psiquis de los humanos con sus aires de realidad indiscutible al punto de cegarnos a otras motivaciones.

Al respecto en la película Titanic durante el desarrollo de una cena de primera clase se habla del barco en su viaje de estreno. Considerado el más potente y seguro del mundo con el constructor en la mesa explicando algunos detalles. La cena es tranquila. La tertulia más profunda viene después cuando los hombres ya solos se juntan para beber, fumar y hablar del dinero con presencias ilustres como Mr. Astor o Mr. Guggenheim. Pero de pronto en la apacible y lujosa cena Rose (Kate Winslet) le pregunta al constructor si conoce a Sigmund Freud. No lo conoce. Cara de nada en los comensales. Rose sugiere la significación fálica del invento del que se dice es portador de una potencia tal que jamás lo tirarían para abajo. Con más razón los rascacielos. Al igual que el célebre barco los rascacielos con su imponente erección también desafían a Dios, en este caso amagando violar su domicilio divino.

En la noche del martes 8 de noviembre estábamos con mi hijo Julián en Times Square en el recuento de los votos de una elección calificada de histórica. De pronto advertimos que Times Square estaba en silencio, donde nunca hay silencio el silencio se hizo escuchar. En cierto sentido un silencio más fuerte que la luminosidad de la espectacular cartelería publicitaria. Una multitud más bien absorta miraba los carteles con la progresión de los resultados. "Anunciaban" un resultado inesperado al menos para una de las dos mitades, a la postre la mitad mayor. Donald Trump vive a unas 12 o 14 cuadras de Times Square en una torre que lleva su nombre como todas sus torres. Es un constructor de rascacielos que el 20 de enero asumirá la presidencia del imperio. Bien se lo podría llamar Mr. Tower Trump. Un sembrador de incertidumbre y de temor. Claro está que hay voces autorizadas y no autorizadas señalando que nada muy distinto va a pasar. El monstruo finalmente será atrapado en la maraña, la burocracia y el laberinto del verdadero poder en la superficie y las entrañas de Washington. Tal vez.

El caso es que Donald Trump también es un ícono. Cuando el mouse de la conciencia se posa sobre su nombre aparecen figuras e imágenes que destilan intolerancia. En tal sentido representa fielmente la falta de tolerancia de esa esencia de lo humano que sueña con borrar al otro y lo otro. Es la mitad tal vez menor de la humanidad que quiere conservar la propiedad del orden de las cosas. Times Square encandila. Mr. Tower Trump oscurece. En un recuento imposible la humanidad se dividiría entre oscurecidos y encandilados en una mezcla en la cual se evapora la conciencia humana. No desesperar. Nadie es el dueño definitivo del orden de las cosas. Ni siquiera Donald. El silencio de Times Square alumbra la oscuridad de una democracia lejos de ser la mejor el mundo. En cuanto a la democracia el mundo está en deuda con ella, bastante lejos de su definición más profunda: aquella que dice que la mejor democracia es la que no declina.