Domingo 02 de Julio de 2017
El tenista profesional quedó en un rincón de la mochila que guarda sus buenos recuerdos. Aquel jugador que arrancaba aplausos del público con su talento y que al mismo tiempo era capaz de irritar a sus adversarios con su arrogancia, se fue de las canchas en abril de 2009. Guillermo Coria, "El Mago", llegó a ser número 3 del mundo, pero siempre quiso más. Obsesivo, autoexigente, competitivo e implacable en la cancha, vivió para el tenis hasta que el físico y la cabeza le dijeron basta, a los 27 años.
En ese momento eligió empezar una nueva vida y hoy sabe que no se equivocó.
Se casó a los 21 años con Carla Francovigh, quien lo acompañó varios años en los viajes por el circuito. Tuvieron a sus hijos Thiago y Delfina cuando él dejó de jugar, tal como lo habían decidido.
Coria no se olvida de los sacrificios que hizo para llegar hasta este presente. "Le tengo que hacer un monumento a la raqueta", reconoció agradecido. Pasó por muchos momentos buenos a lo largo de su carrera, como los 9 títulos que logró, y también malos, con la suspensión por dóping y la final perdida en Roland Garrós a la cabeza de la lista. Pero a la hora de hacer un balance, no tiene dudas: "El 80% de las cosas que me pasaron en el tenis fueron buenas".
En una charla con Más en su complejo de Fisherton habló de sus comienzos —cuando era un pibito que trataba mal hasta a sus propios compañeros—, de los meses que vivió solo a los 13 años en Estados Unidos y de su dedicación absoluta para mantenerse en la elite. "Fui 15 veces a Nueva York y no visité la Estatua de la Libertad", reveló como prueba irrefutable de sus palabras.
Ahora disfruta de lo que construyó. Si bien admitió con cierta nostalgia que la adrenalina de los partidos es muy fuerte y seductora, está convencido de que ser padre "no se compara con nada". Y si sus hijos quieren en algún momento seguir su mismo camino los va a apoyar con una condición que no negocia: "Primero la escuela". Y no es casual, porque justamente la escuela es su gran cuenta pendiente.
—¿Extrañás jugar al tenis?
—No, la verdad que no; obvio que cuando veo instancias finales de torneos importantes o de Copa Davis pienso que sería lindo estar ahí. Lo mismo me pasa cuando veo a jugadores de mi camada que siguen estando entre los mejores del mundo. Pero para estar en ese lugar tenés que hacer todo un recorrido, y eso fue lo que me cansó, me saturó y me llevó a tomar la decisión de retirarme. Ya quería disfrutar de otras cosas.
—¿Qué cosas?
—Ser padre, por ejemplo. Tengo dos hijos y los puedo disfrutar plenamente, no necesito tener la raqueta en la mano para ser feliz. Cuando uno está conforme con lo que está haciendo, no se extraña tanto esa vida.
—¿Y los aplausos, el reconocimiento del público?
—Esas son las razones por las que cuesta alejarse. La adrenalina, esa sensación que se siente en la panza...en ese momento la odiás con todo el alma, pero después se extraña. Sacando el nacimiento de un hijo —que no se compara con nada— no hay como entrar a una cancha para definir algo importante, con la gente que te aplaude; es fuerte y difícil salir de eso. Ya pasaron 8 o 10 años y el cariño de la gente sigue siendo el mismo y eso es lindo porque quiere decir que dejé una marca. La verdad es que le tengo que hacer un monumento a la raqueta.
—¿Qué pasaba por tu cabeza cuando salías a jugar?
—Es hermoso, más en un deporte de uno contra uno. No sólo es la mano, el físico, la cabeza, es un combo; cuando aflojaste un poquito se te escapan cuatro o cinco games, tenés que estar muy concentrado siempre. Cuando estás arriba en el ránking todos te estudian; por eso hay que corregir los puntos flojos y nunca demostrar debilidad. Jugar en canchas centrales con mucho público, los sponsors que confían en vos, todo eso te lleva a una competencia muy fuerte. En la cancha no podés hablar con nadie ni descargarte, sos vos y tu rival.
—¿Y cómo reaccionabas cuando perdías?
—En los mejores momentos se pierde poco; perdés lo que tenés que perder. Cuando perdía partidos que no tenía que perder me calentaba mucho y me ponía a repasar qué había hecho mal. Cuando estás arriba y con confianza, eso lo resolvés enseguida. Sabés qué partido te puede complicar, cuál no, con qué rivales tenés que estar más atento. Pero sobre todo hay que conseguir el respeto de los demás, que sepan que para ganarte van a tener que hacer un montón. Cuando te respetan, si ganás los primeros games el partido se termina solo.
—¿Cómo te afectaban las situaciones personales?
—Te vas acostumbrando. Me pasó con el fallecimiento de un tío, que por estar jugando un torneo importante no me avisaron. Ahora es distinto, te enterás todo por las redes sociales. Cuando jugaba hablaba con mi familia por teléfono cada tres días; mis padres sabían que estaba bien porque lo seguían por los medios. Yo trataba de sacarles problemas. Si había situaciones delicadas no quedaba otra que entrar a la cancha y arreglártelas, defenderte ahí. La presión es tan grande que se te puede salir la cadena, pero cuando estás en la elite aprendés a manejar esas situaciones. Obvio que no es fácil porque entre un partido y otro hay 100 puntos y un montón de plata de diferencia.
—¿En algún momento tuviste la presión de tener que ganar por la plata?
—Cuando uno arranca sí. Cuando era chico y me fui a Europa con Nalbandian tuvimos el apoyo de la AAT, porque como nos iba bien se le hacía más fácil conseguir fondos para mandarnos. Siendo menor en la categoría, tuve buenos contratos de ropa y de raquetas. Cuando pasé a profesional, esa plata la invertí en mi grupo de trabajo y empecé a ganar más y a ahorrar. ¡Ojo que entre el 60 y el 70% se me iba en impuestos y en el equipo! Cuando pasó lo del dóping puse toda la plata que había ganado para contratar a los mejores profesionales y demandar a la compañía; arranqué de cero. Tenía 20, 21 años.
—¿Cómo era tu vida durante los torneos?
—Después de los partidos me iba al vestuario, hacía bicicleta, elongaba, una ducha y masajes, la conferencia de prensa, comía algo y me iba al hotel a descansar.
—¿No salías?
—Yo vivía las 24 horas para el tenis. No iba a ningún lado, nunca probé cigarrillos ni alcohol. Para mí era primero el tenis, segundo y tercero el tenis. Y si quedaba tiempo, el resto.
—De la cancha al hotel...
—Como daba ventajas por mi físico, tenía que descansar mucho. Fui 15 veces a Nueva York y no conozco la Estatua de la Libertad; al Central Park fui la última vez que jugué, porque Carla me insistió. Agradezco que conocí la Muralla China, y en ese momento fui enojado porque ella y mi entrenador me obligaron a ir.
—Te casaste muy joven...
—Me casé a fines de 2003 y Carla empezó a viajar conmigo a todos lados. Cuando estábamos de novios no podía hacerlo, pero a los 21 años se emancipó y empezó a acompañarme. Recuerdo que se volvía a Rosario para rendir las materias de contador público; así hizo la carrera y se recibió.
—¿Hubieses podido participar del circuito si tu esposa y tus hijos se quedaban en la Argentina?
—No, siempre dije que no iba a tener hijos mientras jugara. Me gusta estar cerca de ellos, los llevo al colegio, voy a las reuniones de padres. Yo me fui de mi casa muy chico, estuve lejos de mi familia y eso se siente y te marca en un montón de cosas, para bien y para mal.
—En EEUU estuviste mucho tiempo solo.
—Tenía 13 años y vivía con otros 15 chicos, con los cuales sigo en contacto hasta hoy. Fue una decisión mía y fue duro. Tenía apenas 50 dólares por semana. Iba al súper, comía sandwiches de jamón y tomaba leche con cereales, y cuando me cansaba me compraba un pollo que me cocinaba una chica argentina que estaba ahí.
—¿Te sirvió esa experiencia?
—Me ayudó para valorar lo que fui consiguiendo y a no regalar nada en la cancha. Nunca iba a entregar un partido sin pelearla hasta el final porque sabía el esfuerzo que había tenido que hacer. En EEUU estaba solo, y volvía cada siete meses. La verdad es que no lo haría con mis hijos.
—¿Y si ellos lo deciden, como lo hiciste vos en aquel momento?
—Primero el estudio. Yo no terminé el colegio y creo que la educación es fundamental. Empecé en Venado Tuerto, hice dos años en la Integral de Fisherton, fui hasta séptimo grado y nada más. Creo que terminar el colegio me hubiese ayudado a formarme como persona.
—¿Tenés ganas de volver a la escuela?
— Es algo que tengo pendiente. El día de mañana cuando mis hijos me pregunten, me daría mucha vergüenza decirles que no terminé. Mi señora tiene la medalla de oro del colegio...Lamento mucho no haber terminado.
—¿Te gustaría que tus hijos jugaran al tenis?
—No lo sé; si ellos lo deciden, estaré ahí para apoyarlos.
—Tu papá fue tu primer entrenador.
—Sí, yo jugaba al tenis y al fútbol, pero decidí dejar el fútbol porque me calentaba mucho. En realidad de chiquito tampoco podía jugar dobles porque era un maleducado, trataba mal a mis propios compañeros. Elegí el tenis porque dependía sólo de mí.
—El peor momento de tu carrera fue el dóping.
—Eso y varias cosas más. Y todo va de la mano. Uno confía en las personas que no tiene que confiar. Se te acerca mucha gente y hay que saber en quién confiar. Me pasó a mí y a un montón de tenistas más. Pero todo ese proceso fue desgastante. Tenía que ir a declarar en medio de los torneos porque el juicio duró cinco años. Al poco tiempo la cabeza no me dio más y me llevó al retiro.
—¿La sanción por el dóping te llevó a replantearte cosas?
—Sí, claro. Hubo veces en las que jugué con fiebre con tal de no tomar nada. La sanción me hizo más desconfiado y a tener bronca. Y eso no es bueno en la alta competencia.
—¿Sentiste que fue injusto el castigo?
— Injusto no, fue un error. El que termina teniendo la responsabilidad es uno. Fue un accidente pero tuve que afrontar las consecuencias y me suspendieron. Yo tomé un complejo vitamínico y no una sustancia para sacar ventaja. Pero de las malas cosas se saca lo positivo y fui creciendo. Y lo que logré después de eso tampoco me lo hubiese imaginado: ganar torneos importantes, jugar con los mejores de la historia como Nadal y Federer. Asumiendo todo lo que me pasó durante mi carrera puedo decir que el 80 por ciento fueron cosas buenas. Las malas fueron muy malas, pero me quedo con las buenas.
—¿Cuáles son las otras malas?
—La operación del hombro, la final perdida en Roland Garrós. En ese momento te hacés mala sangre y después te das cuenta de que fue al pedo. Yo era número tres del mundo y no estaba conforme porque quería ser número 1, y quería más y más. Eso te impide disfrutar de lo que tenés y al final te juega en contra mentalmente.
—¿Se puede estar arriba sin ser así?
—No se puede, y menos yo que era diez centímetros más bajo y pesaba 20 kilos menos que el resto de los jugadores. Por eso me mataba entrenando todo el día. Son experiencias que ahora me permiten volcarle lo mejor a los chicos para que no cometan ese error. Igual es difícil decirles que se relajen porque entonces vivís perdiendo todo el tiempo.