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Telón doméstico

las manos llenas de sombras, las sombras llenas de sueños.

Domingo 05 de Marzo de 2017

las manos llenas de sombras, las sombras llenas de sueños

J.M. Serrat

Aprendí la rotación de la tierra a partir de una naranja y un foco de luz o velador sin pantalla (con pie de madera y niña aldeana de cerámica con sombrilla, sobre mi mesa de luz). El planeta piel de naranja circundó firme esa noche un sol de 60 watts —caía intermitente la tensión de la luz, pleno otoño y el viento y su silbido desparejo—. La naranja dio un giro completo a su órbita elíptica en el minúsculo sistema solar casero, y en menos de un minuto se develó el misterio. La rotación no era una sino dos. La esfera que nos sostiene flotaba autónoma, suspendida sin alambre ni sistema alguno que la enhebrara y fijara al espacio sideral. Y giraba también el fruto anaranjado (en realidad, el planeta azul) sobre un eje que podíamos imaginar o materializar atravesándole una aguja de tejer; administraba, en cada giro, su doméstica y pautada música diaria: la luz y la sombra, el día y la noche. Y el doble giro en torno al velador reflejó, como en un gran pizarrón, sombras irregulares en la pared. Un duplicado.

Pelar una naranja y descascarar la tierra fueron para mí, a partir de ese otoño, actos sinónimos. La tierra tenía una cáscara que podía ser barrida por un cuchillo todopoderoso que no manejaría yo, claro, y haría estragos. El tiempo me dio la razón: la corteza es vulnerable y se abre, cada tanto ocurre un crack, un crash: léase terremoto, tsunami, bomba incendiaria, ciclón, huracán; malhumores letales que se encargan de partir y repartir a su antojo los terrones y cascotes dispersos.

Sin embargo, más allá de sus lecciones de Astronomía, el "don" de mi padre, su "habilidad suprema" — en mi lectura de niña— era el arte de proyectar sombras con la sola ayuda de sus manos y una fuente de luz. Mi padre era experto en sombras.

Retrocedo en el tiempo. Estoy enferma, reposo obligado en mi cama de bronce con bandadas de ángeles repujados en el medallón ovalado de la cabecera. Tengo fiebre, mi madre prepara un té de limón azucarado y me da una pastilla, no sé si antibiótico o aspirina, pesqué una eruptiva o gripe estacional, un virus o una bacteria, no hay certeza nítida para el fluir memorioso. No existe la computadora y la tevé es un invento nuevo del que apenas tenemos noticia. A mi alcance, pilas de revistas de historietas mexicanas —hagiografías, Disney, el Zorro—, recopilaciones de Perrault y Andersen, cuentos troquelados, papel canson y lápices de colores.

Mi padre se sienta a mi lado, sigue el ritmo de mi respiración, me distrae, sintoniza al azar una radio, da con la Nacional, suena Offenbach: Cuentos de Hoffmann. Me pide que cierre los ojos, que me deje llevar, que imagine los trechos de un cuento inventado; te vas a olvidar de la tos, dice. Sigo sus instrucciones y aun así la tos no cede y corta y recorta el cuento que la música me cuenta. Pero mi padre es tenaz y obstinado, se toca la frente, "se hizo la luz —dice— no, la luz y la sombra...", baja el volumen; que mire la pared, por allí van a pasar unos animalitos que él sabe hacer, dice, que mire bien, se trata de "sombras chinas" y son como un teatro.

Retira otra vez la pantalla del velador con flores pintadas. Sigue los pasos de un nuevo ritual: coloca sus manos entre la luz y la pared; la pared se ve como una pantalla ampliada, con imperfecciones y manchas de humedad, en tanto los brazos y las manos de mi padre buscan entrelazarse, definir una forma, cerrar la idea que dará sentido a la gran sombra amorfa que baila en el telón casero.

Entiendo que de ese pozo de oscuridad puede brotar cualquier cosa.

La magia me lee el pensamiento y veo nítida la sombra de un galgo a punto de iniciar la carrera, corre un tramo y engruesa el hocico; ladra entonces un ovejero; pero en segundos la imagen se desvanece y una nueva mutación lo vuelve lobo. Detrás la cabra, el conejo, el pato, el caracol, un pájaro que abre y cierra el pico: y canta. Es una alondra, dice mi padre. No conozco ese pájaro, no leí aún Romeo y Julieta.

Muchas veces se repitió la misma escena en la casa que ya no existe, sobre la pared blanca donde la memoria grabó los juegos de manos y sombras. ¿Por qué esa clase de sombra se llamará sombra china?, lo pienso hoy, nunca antes se me había ocurrido. Tanto invento chino, tanto talento inverosímil en paisajes de ensueño pintados en el interior de una botellita, perfumero o algo así, o en esos cuentos en los que por un tobogán de palabras se penetra en zonas fantásticas inexploradas. Era absolutamente natural que las sombras brotadas de las manos de mi padre, fuesen también chinas.

Mucha agua corrió bajo el puente, aquel entretenimiento era pura magia, evoco claras las sombras en la pared (y la trampa de mi propia escritura no detiene el oxímoron), y en cambio no acuso registro alguno de los virus o bacterias que durante mi infancia asumieron la tarea cíclica de atarme a la cama, como los terremotos partían intermitentes en grandes bloques, a la tierra.

Aquel tiempo era muy otro, años luz distante de la lógica tecno que hoy nos "entretiene" en la rutina constante de segregar publicaciones de toda laya en los espacios de baba resistente en la red. De no perder "contacto" se trata: con el planeta global que nos contiene, tan lejos de la ingenua naranja didáctica de mi padre como de la imprenta, el papel, la brújula o la pólvora, aquellos inventos chinos que revolucionaron el mundo entonces conocido: el mismo mundo donde hoy las novedades vuelan y penetran el tejido del pensamiento dejando allí sedimentos del futuro imaginado que ya está aquí, de cuerpo presente, al alcance del teclado.

Como palomas salidas de la galera, las sombras de la China irrumpieron ayer y fueron vuelo libre cuando a primera hora de la mañana me "conecté", abrí mis correos y las redes y entre las muchas hebras de baba cibernética "apareció", como aquellas sombras prehistóricas se fijaban en la pared de la caverna, una publicación virtual, un pedido de auxilio que como todo, debía ser resuelto al instante: "estoy necesitando un libro que explique cómo hacer sombras chinas con las manos. ¿Alguien conoce, sabe, tiene, alguno que me pueda pasar el dato, y SOBRE TODO, cómo conseguirlo? Gracias, gracias, queridos amigos". Firmaba una escritora amiga.

Como prender un fósforo en un cuarto oscuro, lo leído en Internet reavivó las brasitas de aquella maravillosa, íntima, vasta experiencia infantil. Las sombras vivas se agolparon a la luz de mi memoria, creció el zoológico móvil y parlante que mi padre ocultaba en el hueco de sus manos. Y hubo más: los acordes de una cadencia conocida se dejaron oír y trastornaron el pozo revuelto de la memoria. El tema de Serrat no venía solo, cargaba en su lomo la historia de un hombre de piel oscura y ojos pequeños que vino del mar. Un mascarón —sirena de cola azul y enormes ojos negros dibujados a pincel de trazo grueso— abrió el cauce de los siete mares hasta anclar el navío a la ciudad portuaria. Y el hombre de piel oscura saltó a tierra y reconoció, como si siempre hubiera vivido allí, el lugar exacto, lugar que pudo ser Barcelona, o incluso Rosario; lugar que él recorrió, acechó, ciñó en su largo abrazo y sonrió. Cuenta la canción que desde aquel día de bautismos y adopciones, el hombre eligió fijarse al paisaje y regalar, "a cambio de una cerveza, / por la noche, en la cantina, / con exótica destreza", las caprichosas sombras de la China que salían, como cambiantes volutas de humo, del cuenco de sus manos.

Marta Ortiz

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