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Ramona, la mujer a la que la escuela le cambió la vida

Llegó a Rosario desde Corrientes. Con sus tres hijos y su marido dormía en un vagón de tren. El apoyo de una asistente social y una ONG le devolvieron la esperanza. De grande aprendió a leer y escribir: "No me gusta faltar a clases", asegura.

Domingo 30 de Septiembre de 2018

Con 80 años recién cumplidos, Ramona Escalante es una alumna ejemplar del Centro de Alfabetización y Educación Básica de Adultos Nº 317, que depende del Ministerio de Educación de Santa Fe. Nació en Corrientes pero la mitad de su vida la pasó en Rosario. Con tres hijos y seis nietos eligió hacer lo que no pudo de joven: aprender a leer y escribir, estudiar, superarse.

Vive en el Barrio Bella Vista Oeste, allí encontró en AMAP —una ONG que funciona en Cochabamba 4551— un enorme espacio de contención. Hace 20 años que concurre a las instalaciones de la entidad para realizar diferentes actividades que incluyen momentos de recreación, de encuentro y aprendizaje.

Ramona vivió en un vagón cerca de una estación de trenes. Después, gracias a la ayuda de una asistente social y a la gente de AMAP, pudo ir superando obstáculos y soñar con una vida mejor. Su historia, con distintos finales, se repite en otros barrios humildes de la ciudad.

A pesar de lidiar con un panorama oscuro y desalentador, con un pasado cargado de privaciones y dolores, finalmente, junto a su familia, comenzó a disfrutar del día a día y a pensar que el futuro es posible.

Ramona charló con Más, y dio, una clase magistral de coraje, fortaleza y esperanza.

— Cuando llegaste a Rosario, ¿qué fue lo primero que hiciste?

— Vivía en un vagón cerca de la estación de trenes de Mendoza y Paraná, junto a mi marido y mis tres hijos (el más chico de un año). Después nos ayudó una asistente social que me dio chapas, tirantes, clavos para hacer nuestra casita. Mi hijo más grande, de 11, se dio maña y empezamos levantar la casa con chapas y cartones alrededor.

— ¿Sabías leer y escribir antes de llegar a la ciudad?

— No, aprendí acá, a los sesenta años en el centro de alfabetización. ¡No sabía ni hacer ni firma! Cuando llegué acá no sabía nada. Yo era alcohólica, tomaba mucho; a mi compañero también le gustaba tomar mucho.

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— ¿Habías ido a la escuela alguna vez?

— Sí, cuando estaba con mi mamá, pero llegué hasta primer grado porque tenía ataques epilépticos y me agarraban las crisis en la escuela, entonces la maestra le sugirió a mamá que no me mandara más porque cuando tenía convulsiones asustaba a todos los chicos. Después anduve de médico en médico, haciendo distintos tratamientos, hasta que una buena curandera me ayudó a superarla y ya cuando entré en la adolescencia la tenía superada.

— ¿Cuánto hace que asistís a las clases del centro AMAP?

— Hace 20 años ya. Una señora me invitó, me anoté y empecé con primero, segundo y tercer grado y acá sigo. Vengo todos los días, de lunes a viernes, y trato de no faltar a una sola clase, ni siquiera cuando hay tormenta. Con ellos visité Buenos Aires, Entre Ríos, Córdoba, y lugares cercanos a Rosario.

— ¿Cómo te llevás con tus compañeros? Algunos son muy jovencitos...

-—Todos me aprecian mucho porque no los molesto. Me siento en primera fila y tomo mis apuntes. Me gusta mucho estudiar, así que trato de no conversar cuando estoy escribiendo, porque me distraigo. Algunos de los chicos a veces quieren poner música en clases con el celular pero la maestra les dice que lo apaguen o lo dejen para el momento de la merienda, esa que la gente de AMAP nos da todas las tardes.

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— ¿Te resultó difícil aprender a leer y escribir?

— No. Yo trabajaba en una casa de familia, haciendo la limpieza, y también recorría las calles con un carrito juntando cartones ¡y enseguida pude empezar a leer los carteles, los papelitos o los diarios que encontraba entre la basura!. Me detenía a leer; empezaba a deletrear y sacaba la palabra. ¡Fue una alegría! Uno de mis hijos me decía que no iba a aprender, que ya era muy grande para eso. Pero yo le dije que claro que iba a aprender, que hay que tener voluntad y paciencia para conseguir las cosas. Y también sacrificarse un poco si uno desea aprender de verdad. Gracias a lo que me enseñaron aquí en el Centro de Capacitación Laboral de AMAP también aprendí a hacer manualidades, a pintar, a dibujar, a cocinar, a hacer costura.

— ¿Es cierto que el año pasado, incluso después de tener un accidente, no dejaste de venir a clases?

— Sí. Es verdad. Iba en colectivo y no me llegué a sostener bien cuando arrancó, así que me caí y me quebré la rodilla. Ahora tengo clavos. No podía subir la escalera para llegar al salón pero hablé con mi maestra y pude tomar las clases en la planta baja para no perder el año. Hasta que el doctor me dio el alta y pude volver al aula con mis compañeros. Me gusta estar con ellos, divertirme, compartir lindos momentos. No quería faltar.

— ¿Qué fue lo que más te gustó de haber aprendido a leer y a escribir?

— Saber escribir mi nombre, los de mis hijos y mis nietos.

"Recorría las calles con un carrito juntando cartones. Después de venir a la escuela pude empezar a leer los carteles, los papeles y los diarios que tiraban a la basura"

— Hablaste de un momento difícil relacionado con la bebida, ¿cómo hiciste para superar el alcoholismo?

—Creo que Dios me sacó, le pedí a él. El doctor me había dicho que tenía que dejar el alcohol y el cigarrillo porque me estaba haciendo daño al corazón. Entonces reflexioné y me dije que tenía que tomar una decisión y cambiar mi vida. La fe me ayudó mucho.

—¿Te das cuenta que sos un gran ejemplo para tus compañeros?

— (sonríe) Todos me dicen que me admiran porque pese a la edad que tengo sigo adelante y porque soy una mujer sana y fuerte, aún con todo lo que pasé en mi vida.

— ¿Qué les dirías a otros adultos mayores que no se animan a empezar a estudiar porque sienten que ya son muy grandes?

— Que hay que darle importancia al estudio. Algunos compañeros vienen acá y dejan pronto. Les hablo y les digo que tienen que seguir porque les servirá para trabajar en una oficina. A veces los más jóvenes son los que más rápido quieren abandonar para irse detrás de otras soluciones que aparentan ser más fáciles que estudiar y trabajar.

— ¿Qué encontraste, en definitiva, en este espacio en el que hoy sos una de las alumnas más destacadas?

— ¡Amo mucho este lugar y a toda la gente de acá!. Estoy contenta y muy agradecida porque aquí estoy aprendiendo muchas cosas. Aquí dan muchas oportunidades para el que quiere aprender. Y yo las aprovecho.

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Siempre es posible

El de Cochabamba 4551 es uno de los establecimientos que integran el Centro de Alfabetización y Educación Básica de Adultos (Caeba) al que concurren alumnos y alumnas de 14 a 80 años que cursan de lunes a viernes de 15 a 18. También reciben su merienda a diario. Allí aprenden a leer y escribir desde cero, en caso de que sean analfabetos, y reciben contenidos de las cinco áreas obligatorias: lengua, matemáticas, ciencias sociales, ciencias naturales y formación ética. Además, tienen clases de informática para la capacitación laboral, donde por ejemplo se les enseña a confeccionar su CV y a utilizar herramientas tecnológicas básicas y al finalizar el cursado se les entrega un certificado oficial con el aval del Ministerio de Educación de la Provincia. Muchos de los alumnos son personas de edad. Vale recordar que la ONU dispuso que el 1 de octubre se conmemore el Día Internacional de la Persona de Edad para reconocer el aporte de los adultos mayores al desarrollo humano. Actualmente, en el mundo, hay casi 700 millones de personas mayores de 60 años. Para 2050 representarán a más del 20% de la población mundial. La discriminación por vejez, el abandono y el maltrato son frecuentes.

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