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"Mi mayor deseo es caminar y tener una vida productiva"

Luis Ratene, productor audiovisual y publicista, fue víctima de un robo que lo dejó en silla de ruedas y con graves secuelas neurológicas. Ahora está volviendo al mercado laboral gracias a una experiencia colaborativa con la investigadora de Conicet Andrea Guisén. Con la inclusión como bandera, armaron un equipo que derrumba prejuicios y crea oportunidades reales para volver a empezar.

Domingo 30 de Diciembre de 2018

La inseguridad engendra víctimas. Escupe muerte, heridos, dolores interminables. También gesta historias de resurrección.
   Esta es la de Luis Ratene, un hombre de 52 años al que empujaron al abismo y que encontró, en esa profundidad, la manera de levantarse.
   Abril de 2012. Luis, camarógrafo y productor audiovisual, estaba esperando el colectivo en una parada cercana a la terminal de ómnibus Mariano Moreno, en Rosario. Para robarle la cámara que llevaba, los delincuentes que lo atacaron le dieron un fierrazo en la cabeza. El golpe le generó un traumatismo encéfalo craneano con secuelas neurológicas graves. Estuvo en coma. Soportó operaciones terribles, una traqueotomía. Tuvo que alimentarse por sonda. Las escaras le cubrieron el cuerpo. Y cuando despertó, supo que ya no podía mover sus piernas ni estirar sus manos. La mayoría de sus recuerdos se habían esfumado.
   Seis años después, Luis sigue en una silla de ruedas. Vive en el Hospital Geriátrico Provincial, el lugar que lo cobijó cuando se quedó sin nada, o casi nada. Tiene problemas para expresarse con fluidez, aunque logra hacerse entender perfectamente. Su voz, que tampoco es la misma, está impregnada de dolor. Hay un cansancio implícito en sus palabras, y al mismo tiempo, una fuerza que es como un imán para quien lo escucha. Porque Luis, que tenía otra vida, tuvo que empezar de nuevo, pero está haciendo camino y lo demuestra: "Deseo volver a vivir en mi casa, caminar de nuevo y tener una actividad productiva", afirma.
   En este trayecto difícil, con días oscuros e interminables y otros más luminosos, se encontró con una persona que lo miró, que lo escuchó, y que se ofreció a ayudarlo. Pero no desde el lugar común de la solidaridad, sino desde la ciencia, y con la convicción de que la situación de discapacidad puede estar hoy pero mañana quién sabe. Que incluso desaparece cuando se acepta la diversidad y se valora su riqueza.
    Andrea Guisen es investigadora. Pertenece al Instituto de Estudios Sociales (que depende de Conicet y de la Universidad Nacional de Entre Ríos). Se recibió de licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y realizó un doctorado en Ciencias Informáticas en la Universidad de La Plata. Está convencida de que debe involucrarse directamente en los problemas de la sociedad a partir de su tarea profesional, construir experiencias innovadoras y transformadoras para encontrar soluciones a problemas que parecen no tener respuestas, y compartir el procedimiento y los resultados para que las experiencias se repliquen.

 Conoció a Luis en el Centro de Investigación y Desarrollo en Tecnologías Especiales (Cedite) de la Universidad Tecnológica de Rosario (UTN). Gracias a un convenio entre el Hospital Geriátrico y ese espacio, el hombre ya había iniciado un proceso de rehabilitación, y desarrolló actividades que empezaron a acercarlo a lo suyo: el dibujo, las formas, la imagen. Sin embargo, lo mejor estaba por venir. Desde que comenzó a trabajar codo a codo con Andrea, su realidad tuvo un cambio sustancial.
   Luis fue, además, el contacto que ella estaba anhelando: "Quería trabajar junto a personas que estuvieran buscando su participación social y que por alguna razón se vieran limitadas y sintieran que no podían avanzar", cuenta la doctora.
    Fue Luis quien captó su atención de una manera especial. Y para el hombre, que estaba cruzando el desierto, ese vínculo fue un verdadero oasis.
   "Es un ser muy positivo, una persona que ama el proceso, que tiene sus convicciones y las defiende y que al mismo tiempo es capaz de escuchar y aprender de la experiencia en conjunto. Es muy gratificante estar haciendo esta experiencia con él", cuenta Andrea, mientras Luis, a su lado, la mira sin poder contener la emoción.
   La investigadora se propuso desarrollar una estrategia de inclusión laboral que se ajuste a los intereses de Luis. Quería, claramente, que él pueda vivir de su trabajo. El plan va dando sus frutos. Juntos están generando unos fascículos a los que titularon "Chamuyo profundo", una colección de humor gráfico. Son historietas ilustradas por el dibujante con contenidos que hablan de su realidad, pero también de la actualidad socioeconómica, de los avatares de la vida, de las imposibilidades y las frustraciones. Que no le escapan a las cosas feas de la existencia pero que también expresan con intensidad lo complejo y maravilloso del amor, que dan cuenta de la mirada de los otros, de lo extraño que es volver a empezar, de la urgencia de que haya algún cambio en este mundo que nos permita vivir mejor.
   Con la fiel compañía de las dos hermanas de Luis, que se encargan con él de la promoción y distribución (boca a boca y en las redes sociales), el apoyo de la médica Nebil Goncharenco (del Hospital Geriátrico) y gracias al empuje de Andrea, las revistas ya dieron rédito económico. En la última Crack Bang Boom (la Convención internacional de historietas que se desarrolla en Rosario) lograron vender gran parte de la producción. Y siguen trabajando en pos de ampliar el mercado y ofrecer nuevas propuestas. Desde Facebook, una red social que Luis maneja a la perfección, también encuentran clientes para sus obras.

A la par

   Es una mañana lluviosa de principio de diciembre. Nos encontramos en la Biblioteca José Manuel Estrada, el espacio que ellos eligieron para trabajar de ahora en más. La idea es charlar del proyecto que tienen en conjunto. Andrea llega un rato antes que Luis y explica los detalles de su tarea profesional: "Desde que era chica me interesó la tarea social. Cuando estaba en la facultad hacía trabajos comunitarios, siempre con la idea de que la comunicación es un instrumento para la transformación social", enfatiza.
   La palabra "colaborativo" no se cae de su boca. Insiste con eso, sabe que es por ahí. Que nadie se salva sólo y que las posibilidades que tienen unos, en este caso los investigadores, pueden y deben amalgamarse con las necesidades de los otros. Ella no concibe su tarea si no es en cooperación.
   Luis llega media hora después. Alguien lo acompaña a entrar. Escucha a su compañera con atención.
   Primero, asentirá tímidamente muchas de las cosas que la investigadora expresa. Pero con el paso de los minutos toma la palabra. Se apropia con entereza y habla de su realidad, de su pasado, de lo que espera. "Durante 20 años me dediqué a filmar. Trabajaba en producción. Filmar era mi pasión y ahora lamento tanto no poder hacerlo. Filmaba casamientos, eventos, cumpleaños y muchas otras cosas. También editaba. Terminé mis estudios de Publicidad en la escuela Guido y Spano. Siempre me gustó dibujar".
   Andrea le toma la mano, le dice que por ahora no puede sujetar una cámara pero que van por eso, que por qué no, que "ya nos vamos a asomar a esa parte".
   Y entonces, con los ojos húmedos, Luis asume que no recuerda lo que pasó el día que lo asaltaron. Esa noche en la que destrozaron su cabeza y su vida.
"¿Qué me pasó? ¿Cómo llegué a esta situación? Me robaron y terminé así. Me pegaron en la cabeza y terminé así. Fue en 2012. Mi realidad dio un vuelco enorme, total. Estuve muy complicado, con respirador, traqueotomía, muy complicado. No me acuerdo de nada. Mis hermanas me ayudaron muchísimo. Y después fui al Cedite y la conocí a Andrea".


Un nuevo amanecer

Los días en el geriátrico no son fáciles. Hay mucha gente de la tercera edad y él no se siente identificado con ese mundo. Hasta el asalto era un tipo activo, amante de la tecnología, un fanático de las imágenes, las computadoras, del arte visual. Así y todo, en ese hospital, donde muchas veces la vida es gris, Luis Ratene brilla, es una especie de ídolo. Todos lo saludan, lo admiran, lo quieren. La mayoría desea compartir con él los talleres que se dan en el geriátrico. El de pintura es el que Luis más disfruta. Además de dibujar, pinta con acrílico sobre madera, y lo hace muy bien.
   "Luis enaltece los espacios en los que participa", comenta Andrea.
   La labor que encararon juntos fue y es ardua. La investigadora lo ayudó a ordenar una gran producción de dibujos que Luis guardaba celosamente con ayuda del personal del Cedite. Había bosquejos en papel, en servilletas, en distintos soportes.
Luis dibuja y dibuja. Todo el tiempo, todos los días. Es su modo de sacarse la bronca, la impotencia, y de plantear que seguir es posible.
   "Empezamos a tomar esos trabajos gráficos que él tenía. A la mayoría los había hecho con birome o microfibra negra. Yo le preguntaba, a modo de disparadores: ¿qué sentís cuando ves estos dibujos? A partir de eso, de nuestras conversaciones, entendí que dibujar era una posible actividad productiva. Que era factible desarrollar una estrategia para su inclusión laboral. Y que se puede construir una investigación a partir de una intervención. Fue, realmente, una investigación participativa", dice ella.
   Andrea menciona que los dibujos de Luis son un espejo de su alma, de sus emociones, de los lugares en los que habita, que son tan especiales y únicos como él. Y está convencida de que desde el geriátrico puede trabajar, algo que a nadie se le había ocurrido.
   "Tenemos nuestras discusiones, intercambios. Uno de los temas más fuertes es que Luis subestimaba mucho sus obras, es demasiado autocrítico", agrega.
   Luis interrumpe, con dulzura: "A mí lo que más me gusta ahora es trabajar con el color, mucho más desde que uso la computadora".
   El uso de la PC para pintar y dibujar fue uno de los grandes pasos que dio junto a la investigadora de Conicet. Hubo, sin dudas, una gran evolución en su tarea artística. El humor empezó a desplegarse en este proceso, y forma parte central de las historias que cuenta con su trazo.
   "Adquirió nuevas herramientas. Luis tiene un don con la tecnología informática, porque no olvidemos que él se dedicaba a la producción audiovisual. Aunque no se acuerda, yo noto claramente que hay un registro de aquello. Hace poco tenía rota la compu, y se puso a hablar por whatsapp con el técnico, y realmente me sorprendí del manejo que él tenía de los términos específicos. Hablaban el mismo lenguaje. Hay algo que por momentos sale, que está vivo, latente. Hay una gran capacidad en Luis. Y fijate que él, después de todo lo que pasó, volvió a tomar la misma dirección: el arte y la tecnología".
   Quizá en las palabras que Andrea dice como al pasar —un rato antes de finalizar el encuentro con este diario— estén la esencia de su compromiso y la nueva oportunidad que tiene Luis: "La vida cambia, te cambia. Te pone en lugares impensados. Nadie está exento. Creo que desde la investigación y la acción participativa se pueden encontrar alternativas para que personas que quedaron aletargadas y alejadas de sus deseos puedan, nuevamente, proyectarse."
Volver a su casa, volver a caminar, volver a tener una actividad productiva. Esos son los deseos de Luis, que ya empezó a volver.

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