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Mesa especial

Una mesa especial es igual a tres docentes que se sientan para cumplir el trámite de evaluar el nivel de ignorancia de un tipo sobre un puñado de temas pactados de antemano.

Domingo 26 de Febrero de 2017

Una mesa especial es igual a tres docentes que se sientan para cumplir el trámite de evaluar el nivel de ignorancia de un tipo sobre un puñado de temas pactados de antemano. Dícese, el programa de la materia. El tipo, en este caso, es groseramente vital y animoso aunque sonríe tenso en el pasillo, junto a la puerta del aula 105. Dentro de ésta se encuentran los examinadores: dos hombres y una mujer que usa pollera floreada porque es diciembre y suda el verano. Ella sigue de pie, ellos ya se sentaron detrás del largo banco que oficiará de púlpito o Rubicón, y ella se arquea mientras charlan, ríe y le muestra el culo al estudiante que sabe, que estudió, que preparó un tema como se estudia el Himno y leyó casi toda la bibliografía aunque, si lo interrogaran bajo tortura, aceptaría que dejó baches y cometió omisiones.

Sin embargo, no se siente nervioso por esa situación. Tampoco porque los evaluadores demoran el comienzo del examen. Se diría que está ansioso porque sabe que, en la vereda, deben estar congregándose sus amigos de antaño, su novia, los compañeros de cursada, sus padres, hermanos, primos y familiares, y que todos se aprestan para brindarle el festejo que corona la obtención del título universitario. Piensa, el tipo, el estudiante, que bajará la escalera mostrando la libreta y entonces, tras una aclamación unánime, arrancarán las celebraciones.

Eso lo distrae, porque tendría que estar repasando sus machetes o recitando el discurso que expondrá pretendiendo negar el artificio. Pero imaginar el momento que más esperó en su vida académica, le absorbe toda la voluntad y las ideas. De tal modo que ni siquiera se percata de que la profesora está repitiendo, con un chirriante falsete, su apellido: Petracci. El estudiante, Petracci, ahora sabemos, reacciona recién al desviar la vista y encontrarse con la mirada de la docente, que lo amonesta sonriente: ¿qué pasa? ¿Pidió mesa especial y ahora teme dar su examen? Lo gestual, digamos entre nosotros, lo exterior al lenguaje verbal, amortigua el efecto del enunciado que, con otro tono, podría resultar intimidante. Petracci se sonroja e ingresa al aula, escoltando a la profesora, percibiendo el ligero aroma que brota de ella, una mezcla de perfume de imitación, tedio y fatiga. Hay dispuesta una silla para él, en el centro, y de frente estarán los tres, ahora dos hombres que lo observan aproximarse con indiferencia y quizá, apuro por terminar e irse al club, o a sus casas, o al bar a aplacar las angustias existenciales.

Tras desarrollar su tema, con bastante soltura y elocuencia, la profesora lo interrumpió, aprobatoria, y le preguntó si había estudiado todas las unidades del programa. Petracci dijo que sí, que se había preparado muy a conciencia. Los dos hombres se sonrieron. Vanitas vanitatum. Al azar, el profesor con el cabello cano y profundas ojeras marrones, interroga sobre un aspecto puntual de la materia. Petracci suspira. Busca en su mente la respuesta. La profesora interviene para ayudarlo. Dice: piense Petracci, si usted... y lo que sigue es una barahúnda de sonidos, dulces sí, pero inconexos.El estudiante encuentra un hilo, unas palabras clave, y la memoria le dispara una serie de frases que elaboran algo así como un concepto, la posible respuesta a lo que le pidieron. Mientras habla, confiando en que está convenciendo al tribunal, el otro profesor, que es más joven y luce una pelusa oscura que se pretende barba, interviene para rectificar lo que está diciendo Petracci y cierra su argumento formulando una nueva pregunta que, es indudable, pretende confundir al examinado.

Petracci no se desempeña con probidad, ni sus parlamentos conforman a quienes lo juzgan. Puede que la mujer lo evalúe con piedad, que sea comprensiva y contemple el contexto: la presión, los nervios, la última prueba antes de cruzar la meta. Eso evita que el interrogatorio se prolongue, porque ella intercede y dice espere un momento afuera que en un rato le llevamos la libreta.

¿Qué es una nota o calificación? Un número que representa arbitrariamente el nivel de ignorancia de un tipo sobre un subconjunto de temas revisados, en este caso de manera oral, dialógica, dentro del conjunto de los temas pactados de antemano. La objetividad en esta cuestión, creo evidente, no existe. La deliberación es breve y calma. Los hombres no se muestran convencidos de eximir al estudiante, pero la profesora les recuerda la claridad con que explicó el tema elegido. Los docentes, que saben que este tipo de discusión es ocioso y ríspido, acaban dejándose doblegar por el criterio de la mujer, que sugiere un seis, un aprobado apenas, pero que será el salto, el cambio de vida del estudiante que, desde que esa nota sea ingresada en el sistema de alumnado, habrá modificado para siempre su estatuto. Por lo pronto, el número en la libreta y en el acta, con las rúbricas de los jueces, alcanza para certificar que el pasaje se ha cumplido. Ella es la que camina y se asoma para entregar a Petracci la constancia de su condena. Movido por la felicidad, quizá reconociendo la deuda que tiene con la mujer, luego de corroborar su logro, él la abraza y siente que el cuerpo de ella huele a culpa y deseo.

Petracci baja corriendo a la planta baja y, ciego de emoción, se encamina hacia la salida de la facultad. Al poner el pie en el peldaño que iniciará el descenso, levanta los brazos y sonríe para que el grupo de verdugos que lo espera comience su tarea. El primer huevazo le estalla en la frente. Antes de que el líquido espeso comience a deslizarse por el rostro, otro, preciso como un misil, impacta en su ojo izquierdo. Se oye un grito que congrega a varias gargantas, pero tal vez no sea una forma de felicitar al recién graduado, sino un alarido de júbilo que premia la puntería del lanzador. Se sucede una lluvia de huevazos, pero no todos dan en el blanco. Están los que revientan en la escalera, en las paredes y uno continúa su trayectoria para enchastrar la puerta principal.

De inmediato, las mujeres que se acercaron por los flancos, atacan con la harina y la yerba, tirando puñados o vertiendo el contenido de las bolsas sobre Petracci, que trata de escaparse del asedio de los afectos. Una familia que revolvía el contenedor de basura, a unos metros de la esquina, interrumpe su labor para observar aquella orgía de felicidad y derroche. Tres amigos con tijeras trepan para pelar a Petracci que, abrumado por los huevazos, alaridos y productos que lo cubren, más la ceguera temporal del ojo izquierdo, intenta evadirse con torpeza. Quiere reír Petracci, porque es feliz, está feliz, pero también quiere salvar su cabello y su cabeza y su vida. Porque todos caen sobre él, se abalanzan para rodearlo y cortarle las vías de escape. Son tantos que resulta imposible zafar del cerco humano que forman. Y no falta el zarpado que pretende derribarlo con una zancadilla para garantizar el pleno cumplimiento de la sentencia. Una patada en las canillas lo consigue. Petracci se derrumba, golpea las costillas con los peldaños y rueda entre las piernas ajenas hasta culminar su descenso triunfal.

No está inconsciente, pero le falta el aire. Nadie interpreta que su boca abierta y los ojos desorbitados son el gesto desesperado del pez fuera del agua queriendo atrapar el oxígeno. Unos amigos aportan algunas piñas que pretenden relajar a Petracci mientras los que portan tijeras comienzan a esquilarlo. Un chorro de sangre brota de su nariz. Pero como lo han puesto de espaldas, la sangre cae sobre las baldosas y se mezcla con la harina y la yerba, volviéndose irreconocible. Arriba, en la puerta, dos ordenanzas con escoba y un secador se asoman para esperar el momento de limpiar toda la porquería que se esparce en el ingreso. La madre del graduado, aún con la sonrisa, consulta con el padre si no deberían intervenir para cortar con el festejo que, con su hijo tendido en el suelo, le parece un exceso. Su marido la reprende: ahora los chicos celebran así, tenemos que aggiornarnos...

De pronto, la euforia cede. Notan que Petracci no reacciona, no se mueve, es un bulto inerte que acepta todas las vejaciones sin defenderse. Alguien grita que lo carguen en un auto y lo lleven al hospital para ver qué le ha pasado. Pero nadie quiere prestar su vehículo porque Petracci está hecho un asco y el tapizado de los autos es difícil de limpiar. Varios amigos recogen el cuerpo tomándolo por las extremidades y se dirigen a pie hacia el sanatorio que está a tres cuadras. La condena de la mesa especial fue ejecutada de manera impecable y podría decirse que el festejo ha sido un éxito, porque no faltó ninguno de los condimentos necesarios.

Los ordenanzas tiran agua y empujan hacia la calle los restos de la fiesta. Hay que dejar todo en orden, como si nada hubiera pasado. Justo entonces, baja la docente de la pollera floreada y observa los indicios inconfundibles de lo que ha ocurrido. Y se alegra por Petracci, porque se recibió y porque sus seres queridos lo han premiado como debe ser: con la violencia del amor sincero. Ella saluda a los ordenanzas, les sonríe. La mesa especial cumplió con su objetivo: le ha dado un hombre nuevo e iluminado al mundo. A este o al otro, el de los cielos o de los profesionales.

Federico Ferroggiaro

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