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"La xenofobia que sufrimos en otros lugares de Latinoamérica no la vivimos en Rosario"

Francys, Ysvalle y Héctor son venezolanos que vinieron a la Argentina debido a la crisis en su país y con la esperanza de reconstruir sus vidas. ¿Cómo es su día a día? ¿Con qué obstáculos se encontraron? ¿Qué cosas les resultan familiares y con cuáles se sorprenden en nuestra ciudad? "Queremos devolverles algo de lo mucho que nos brindan", aseguraron.

Domingo 10 de Febrero de 2019

"Llegamos con la necesidad de una vida, la necesidad de respirar, la necesidad de soñar, la necesidad de cosas básicas: bañarnos, descansar, compartir". Héctor Prado habla pausadamente, con esa cadencia tan especial que tienen los venezolanos. Le pone mucho amor y texturas a sus palabras. Mira a los ojos. Hay allí una tristeza escondida.

Hace casi un año llegó a Rosario a trabajar en una empresa como ingeniero en sistemas en el marco de un proyecto local ambicioso, como él mismo lo define. Ya había estado en otros países desarrollando su actividad. En Venezuela había quedado su novia, Francys Hernández, una joven que decidió, también —hace unos años—irse de su país preocupada por lo que suponía que era inminente: "Una crisis cada vez más profunda y dolorosa". Ella estuvo viviendo en Panamá hasta que hace seis meses Héctor reunió el dinero necesario para pagarle el pasaje hacia la Argentina.

Pero Francys no llegó sola, lo hizo acompañada de su madrina Ysvalle Montaño, una mujer que dejó en su tierra a su pequeña hija de cuatro años y que está haciendo lo imposible por traerla a Rosario. "Mariangelys quedó con mi madre. También un hermano mío está allá. Fue quien me dio lo único que le quedaba: un carro que vendí en 1.500 dólares para poder irme", dice mientras se tapa la cara con las manos para contener el mar de lágrimas. "Supe que tenía que irme el día en que fui a una farmacia para comprar un medicamento para mi madre y yo tenía lo que aquí serían 100 pesos, pero costaba 1.200".

Ysvalle, ingeniera en petróleo, aunque también tiene experiencia en el área de construcción, consiguió por ahora trabajo en una casa de familia. Está ayudando con las tareas domésticas y cuidando a dos chicos. "Yo agradezco profundamente la posibilidad que me da Rosario porque de este modo me sostengo y algo de dinero le envío a mi familia que la está pasando muy mal, pero siento que podría dar mucho más, que puedo aportar desde mi profesión, lo sé. Ojalá aparezca esa oportunidad", dice con los ojos todavía inundados.

Francys, que es asistente en administración de empresas, también logró un empleo en Rosario como cajera en una conocida panadería y bar del centro. "En poco tiempo me dieron más responsabilidades. Es que ven que tenemos intenciones de progresar, de dar todo de nosotros. Así somos los venezolanos, así somos los monaguenses", menciona, y se le escapa una hermosa sonrisa.

Partir

Desde el estado de Monagas (cuya capital es Maturín) llegaron a Rosario. Ellos piensan en el momento del regreso a su Venezuela, a su región (en el nororiente del país), una de las zonas más ricas y bellas, ahora en serios problemas socioeconómicos. Pero saben que el camino es largo. "Gran parte del pueblo venezolano tiene hoy enormes necesidades porque no se accede a las cosas normales que cualquier individuo quiere tener. Yo mismo pasé nueve meses casi sin dormir por temor a la inseguridad. Nuestros sueños fueron truncados", remarca Héctor.

Los tres mencionan que tomar la decisión de irse fue difícil. Lo explica Francys: "Yo veía desde hacía tiempo que las cosas se ponían cada vez peor. Percibía en mi propia realidad lo que pasaba. Estudiaba y trabajaba y me mantenía pero empecé a no poder hacerlo. Entonces decidí moverme. Fue fuerte para mí, lo fue para mi mamá. Sabía por la experiencia de Héctor que emigrar no es fácil, jamás lo es. De ninguna forma..."

La joven toma la palabra y lo hace con serenidad y al mismo tiempo con una enorme entereza: "El éxodo se da por una necesidad principal, no por gusto, no es una decisión que se toma de la noche a la mañana. Mi familia, los que se quedaron, sobreviven, como tantos venezolanos. Pero dejar tu país no sólo es triste, a veces es imposible. Yo trabajé día y noche para reunir el dinero para viajar. Y cuando llegué a Panamá me robaron lo que llevaba", y agrega: "Mira, no me pongo en un lugar de víctima pero fue realmente difícil. Irse lo es. Como emigrante uno se expone a muchas situaciones, estás muy vulnerable a cualquier tipo de situación que ninguna persona quisiera vivir. Ningún venezolano quiere exponerse a eso teniendo su tierra, su casa, sus afectos, su cultura, sus condiciones. Ysvalle, por ejemplo, tiene su casa, y ahora a ella le toca dormir en un colchón en el piso porque no estamos todavía bien instalados. Yo misma lo hice por tres meses teniendo una cama en mi casa. Lo emocional se quebranta, es desgarrador: no tienes a tu madre, no tienes a tu padre, no tienes a tus amigos. Te enfermas, te las arreglas. Te pasa algo malo, te las arreglas. No consigues trabajo, te las arreglas. Ysvalle dejó a su hija de sólo 4 años y está intentando traerla, como también a su madre. La fractura familiar es grande y evidente. ¿Alguien puede pensar que las personas se van por gusto?".

Otro tema central del que desean hablar es sobre la xenofobia que muchos venezolanos están viviendo en distintos lugares de Latinoamérica. "No incluimos a la Argentina, pero hay que decirlo: tenemos compatriotas pasándolo muy mal en otros países. En Perú, en Ecuador. Es sumamente doloroso. Mi hermana —cuenta Francys— vive en Perú con mi madre. La niña tiene 9 años y en la escuela no la aceptan por ser venezolana. Tal como te lo digo. La maestra le ha dicho: si son venezolanos entonces es no".

Héctor se suma: "Duele también porque Venezuela ha sido benevolente, solidaria con casi todos los países latinoaméricanos. Luego del terremoto de Haití fuimos los que más abrimos los brazos. En lo social apoyamos a Nicaragua, Honduras, Guatemala, El Salvador. Entonces observar la xenofobia, los tratos inhumanos que soportan nuestros compatriotas en otros países es muy triste. Afortunadamente, lo que hemos vivido, lo que vemos que deben enfrentar otros venezolanos no lo hemos pasado en Rosario".

Durante la larga charla, que transcurre en un bar frente al río, Héctor, Francys e Ysvalle apenas harán referencia directa a los gobernantes de su país. Al menos no se detienen en ello. No parecen querer convencer a nadie de nada. En su partida, en lo que cada uno de ellos vivió, en lo que sienten y expresan cuando relatan todo lo que atravesaron desde que se fueron, en cada mirada, está implícito lo que piensan sobre la actualidad venezolana, pero eligen poner el acento en sus historias, en cómo viven en Rosario, en agradecer a los habitantes de la ciudad por cómo los recibieron, en aquello que les da curiosidad, en lo que les gusta, en lo que les parece increíble de nuestra cultura. "Tienen una ciudad hermosa, ¿se dan cuenta, no?".

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"Llegamos a Rosario con mucho frío. Nuestro cuerpo ni está preparado para eso", cuenta Francys.

Recorrido espinoso

Las chicas vivieron un periplo hasta llegar a Rosario. Les pasó de todo. Decidieron viajar vía Brasil (de Maturín hasta la frontera hay unos 900 kilómetros y un vehículo te lleva por 200 dólares; hay además 18 controles que pueden impedirte la salida por diversos motivos, señalan). Así arribaron a La Línea, que es la primera ciudad cruzando desde Venezuela a Brasil. Luego está Aguavista (dónde ya todo es en dólares, explican). "Allí estas mujeres, que además venían con un amigo, no consiguieron pasajes aéreos por lo que decidieron irse 500 kilómetros hacia adentro, a Manaos", cuenta Héctor.

Finalmente pudieron sacar los pasajes hacia Rosario pero se encontraron con que no les alcanzaba el dinero que tenían. Y hubo otra complicación. Francys había salido de Venezuela sin pasaporte (acceder a uno es demasiado costoso y una verdadera carrera burocrática de obstáculos, explican). Héctor costeó los boletos, pero cuando fueron a hacer el check in, la compañía por la que tenían que volar se negó a que Francys subiera, incluso cuando habían consultado sobre el tema del pasaporte (a la Argentina los venezolanos pueden ingresar con su cédula). "¡Una vez que teníamos los tickets en la mano nos dijeron que no y que no! En todo caso nos devolverían el dinero. Esos boletos aéreos se habían pagado con tarjeta ( a través de un amigo brasileño de Héctor) pero nos informaron que esa devolución sería en siete días. ¡Debíamos quedarnos una semana en el aeropuerto y casi sin dinero!", recuerdan.

Héctor consiguió ayuda nuevamente ("hicimos de todo, sacamos dinero de una tarjeta, pusimos en otra, no nos daba el crédito, en fin, lo que ustedes dicen un quilombo") y pudo sacar otra vez los pasajes, en esta oportunidad por Latam, que aceptó sin problemas que Francys tomara el avión. Pero para ello tuvieron que esperar dos noches en Manaos, durmiendo en el piso de la estación.

Finalmente arribaron a Rosario. Héctor agradece al titular del hotel Euskadi, donde ya estaba parando porque "comprendió nuestra situación, se identificó con nuestra emergencia. Nunca olvidaremos su gesto, fue muy valioso". Él, a su vez, sin costo alguno, le brindó sus servicios como ingeniero en sistemas para resolver distintas cuestiones en el hotel.

Gustavo Oneto es otro nombre que mencionan cuando hablan de esa cadena de favores que tanto agradecen. Es la persona que estando a cargo de una empresa familiar donde las chicas fueron a dejar un currículum les tendió una mano enorme y haciendo llamadas y consultas le consiguió trabajo a Francys, primero como ayudante de cocina y luego en la panadería Anabel. Ysvalle cuenta la experiencia: "El señor Gustavo, sin conocernos, me recibió. Se apiadó de nuestra situación, se identificó con nuestro problema y se movilizó por nosotros. Al llegar al hotel, luego de verlo, ya tenía un correo de él, me decía que no tenía ahora la posibilidad de darme empleo pero que iba a ponerme en contacto con sus amigos y conocidos. Y lo hizo. Por mí y por mi ahijada. Así fue que Francys consiguió un puesto. Primero como ayudante de cocina en un restaurante y luego en Anabel. Cuando ella pasó como cajera yo me quedé en ese puesto de ayudante de cocina. Luego, la jefa de Francys me consiguió el trabajo que tengo ahora ayudando en una casa y cuidando niños. Una cosa llevó a la otra... Así que para él, nuestro eterno agradecimiento".

Distintos

Los tres dejan salir las emociones. Hablan con fluidez, con entusiasmo. Desean contar sus vivencias. Se cuelan durante la entrevista las anécdotas, algunas divertidas, otras menos felices. La noche sigue arrimándose. Hace mucho calor en la ciudad pero ellos no lo sienten. Y aunque en su región tengan miles y miles de kilómetros de costas sobre el mar, aunque en su Monaga haya paisajes imponentes y maravillosos, vegetación y montañas, no dejan de mencionar la belleza de Rosario. El río, los barcos que pasan como rozando la larga baranda que rodea el bar. La calidez de muchas personas. La libertad que, aseguran, se respira. Eso los sostiene, al igual que ciertas tradiciones que no quieren abandonar por nada en el mundo, como la de cocinar las riquísimas arepas o imponentes guisos de mondongo.

"Mira, algo que vemos extraño de ustedes es que no le dan tanta importancia a la comida. Aquí parece que se arreglan con cualquier cosa (dice Francys con sorpresa, abriendo sus bellos ojos, y luego se ríe). Para nosotros el acto de sentarnos a una mesa, preparar lo que vamos a comer es sumamente importante. La calidad de la dieta lo es, las proteínas, las calorías, el sabor, los condimentos...nosotros disfrutamos mucho de la preparación. Amasamos, cocinamos, lo hacemos con mucho amor y con la intención de brindártelo. ¡Ven, toma, esto lo he hecho para ti!", menciona como ejemplo, mientras hace un gesto de entrega con las manos.

Venir del calor al clima rosarino y en pleno invierno fue otro golpe duro para las muchachas.

"Llegamos con mucho frío, nuestro cuerpo oriental no está preparado para esto. Salíamos a entregar currículums y a mí me dolía la cabeza. Caminaba por la calle y me explotaba el cerebro, sentía que me iba a congelar. Llevábamos un mes y no habíamos conseguido trabajo", cuenta Francys.

Asombrados

La apertura hacia la diversidad sexual, la naturalidad con la que en Rosario ven pasear o besarse a parejas del mismo sexo. Los tatuajes en las mujeres y los hombres (que ellos, como aquí en otros tiempos, vinculan a personas que estuvieron en el ámbito militar o en la cárcel) son cuestiones que les llaman poderosamente la atención. También la devoción que expresan algunas personas por sus mascotas: "No lo juzgamos, pero es que a nosotros nunca se nos ocurriría comer con el perro en la misma mesa o dormir en la misma cama. Nos resulta muy raro eso".

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"Quiero ofrecer en forma gratuita mis servicios para que los chicos que no tienen acceso puedan tenerlo", dice Héctor.

Lo dicho, dicho está

El valor de la palabra es otra cuestión que señalan como diferente. "Para un monaguense la palabra es lo más valioso. Nosotros hacemos tratos de mucho dinero, por ejemplo, de palabra. Un hombre vale lo que vale su palabra. Acá todo es más informal, puedes decir una cosa y luego otra y como que nada pasa", dice Héctor.

De repente se cuela en la charla el tema del amor, del compromiso afectivo. "Para yo ponerme en pareja con Francys, que es mucho más joven, tuve que pedir permiso a su madre y su madre me mandó con su abuela. ¿Les parece muy extraño a ustedes, no? (sonríe). Bueno, no lo es para nosotros. Es natural. Es el modo en el que demostramos las mejores intenciones y a la vez recibís con orgullo que la familia te otorgue esa confianza", cuenta Héctor.

Sobre el final de la conversación, los tres harán hincapié en la "buena onda" que sienten que hay en Rosario. Luego hablarán de sus espíritus solidarios, para con otros venezolanos y para con los rosarinos: "Un café de 40 pesos, que te lo pueden cobrar así y más en esta ciudad, equivale al almuerzo de toda una semana de un estudiante en Venezuela. Que por otro lado no lo puede pagar. Entonces, como sabemos de esa situación, somos solidarios, no sólo con la familia propia sino que aportamos al vecino. Creemos en el principio universal del diezmo y no solo visto religiosamente. Nosotros lo tenemos hacia nuestros compatriotas que se quedaron y nos necesitan".

También están dispuestos a dar una mano acá. Como ingeniero en sistemas, Héctor Prado tiene experiencia en instalar servicios de internet en lugares remotos: "Hace poco recorrimos las islas y observé que hay una escuela, donde supongo que no tienen conectividad. Por eso quiero ofrecerles a las autoridades de Rosario, o a quien corresponda, mis servicios. Estoy dispuesto a ocuparme de ello sin cobrar, para que chicos que están en sitios alejados tengan su acceso a internet".

Ya es plena noche. Cada vez hay más gente caminando por la zona, paseando a sus perros, charlando. Los "nuevos vecinos" señalan la escena y valoran la posibilidad de estar allí, cómodos y relajados charlando sobre sus vidas. "Siempre vamos a estar agradecidos. Aun con las dificultades que sabemos que existen nos abrieron los brazos. y también nosotros venimos a darles lo mejor. Rosario es una ciudad bendita".

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"Ysvalle dejó en Venezuela a su pequeña hija. Hace seis meses que no la ve"


>> "Nosotros no vinimos a quitarles algo"

"Hay gente que puede pensar que venimos a quitarles lo suyo, pero no es así", comentan Héctor, Ysvalle y Francys, e inmediatamente profundizan su opinión sobre el tema. "La verdad es que no sentimos eso porque hay un principio universal que dice que cada cual obtiene lo que siembra y eso va para un argentino, un chileno, un venezolano, un español donde quiera que se encuentren. Además, estamos dispuestos a trabajar de lo que sea, porque tenemos la urgencia de una familia que nos necesita, la urgencia de encontrar un futuro, sin sacarle nada a nadie", destaca Francys. En Rosario ya hay una comunidad importante de venezolanos recién llegados viviendo en forma permanente.

La joven agrega: "Buscamos una oportunidad con honestidad. Estamos realmente pasando una situación sin igual. Escuchamos que los argentinos no están en un buen momento, pero se los juro, nada se parece a lo nuestro".

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