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La trinchera feminista menos pensada

Cuando el todopoderoso productor Harvey Weinstein fue denunciado por decenas de actrices por acoso y abuso sexual se disparó un sismo que sacudió a la industria del cine y tuvo un masivo eco social.

Domingo 11 de Marzo de 2018

Si hace un par de años alguien hubiera dicho que Hollywood se iba a convertir en una suerte de trinchera feminista nadie lo hubiese creído. ¿La alfombra roja, la pasarela más frívola del mundo, transformada en un lugar de demostración y protesta? No, de ninguna manera. Pero ocurrió.
   Para los que estaban atentos algunas señales había: cuando Patricia Arquette ganó el Oscar a mejor actriz de reparto en 2015 (por Boyhood) su discurso incluyó un fuerte reclamo por los salarios de las actrices, que históricamente ganan menos que sus coestrellas masculinas. Meryl Streep estaba en primera fila y se levantó para aplaudir y vitorear el discurso de Arquette, en una foto que se replicó por millones en las redes sociales. A partir de ahí, actrices influyentes y talentosas como Jennifer Lawrence y Jessica Chastain empezaron a hablar de la disparidad salarial en la industria del cine, y el tema tomó una relevancia que nunca antes había tenido. Así y todo, nadie se imaginaba lo que se venía.
   En octubre del año pasado, una nota de investigación del New York Times destapó un "caso" que disparó un sismo de dimensiones bíblicas. En esta época donde el periodismo es cuestionado y desacreditado por doquier, un artículo de los tantos que salen en un diario probó que la potencia de una buena nota sigue vigente. Las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey revelaron que el todopoderoso productor de Hollywood Harvey Weinstein era un acosador y abusador sexual serial que había afectado la vida y la carrera de muchas actrices. Los testimonios eran contundentes, pero el mundo prestó real atención unos días después, cuando dos actrices archifamosas como Angelina Jolie y Gwyneth Paltrow acusaron a Weinstein de acoso. El relato sincero y detallista de Paltrow fue decisivo. A partir de ahí, más de 30 mujeres denunciaron al productor por acoso, ataque e incluso violación.
   En los últimos años, varias figuras de EEUU (desde el famoso comediante Bill Cosby hasta el conductor de Fox News Bill O'Reilly) fueron acusados de abuso sexual en casos que terminaron en tribunales. Pero el "caso Weinstein" fue y es muy singular porque destapó un sistema perverso, en el cual las relaciones de poder basadas en el machismo y la discriminación a las mujeres eran la norma.
   El poder de Weinstein en Hollywood era similar al de un Dios pagano. Todos suponen que su "modus operandi" con las actrices era conocido. El tema era tener la valentía de exponerlo y tratar de eliminarlo. Weinstein era el dueño de la productora Miramax, que revolucionó el cine independiente de los años 80, y más tarde creó The Weinstein Company. Su nombre estuvo detrás de éxitos como Shakespeare enamorado, El paciente inglés, Tiempos violentos, Pandillas de Nueva York y El discurso del rey. Sus películas ganaron un total de 80 Oscars y se anotaron 350 candidaturas a estos premios. Weinstein también impulsó la carrera de directores estrella como Quentin Tarantino y Steven Soderbergh, y era uno de los grandes recaudadores de fondos para las campañas del Partido Demócrata, un peso pesado de Hollywood que apoyaba a los Clinton y Barack Obama. Es decir, salvo que no te gustaran algunas películas de Miramax, parecía que no había nada que reprocharle a Harvey Weinstein. Pero a puertas cerradas, en oficinas y hoteles de Beverly Hills, el productor chantajeaba a actrices para que cumplieran sus deseos sexuales a cambio de un empujón en sus carreras. Según el New York Times, ocho mujeres llegaron a acuerdos económicos extrajudiciales para no demandar públicamente a Weinstein, que con sólo levantar un teléfono podía anular la carrera de una actriz principiante.
   Los claros testimonios sobre Weinstein de actrices como Salma Hayek, Ashley Judd, Asia Argento, Mira Sorvino y Rose McGowan fueron inspiradores y liberadores. La joven Lea Seydoux fue brutalmente honesta: "Me encuentro con hombres como Harvey Weinstein todo el tiempo. He protagonizado muchas películas en los últimos 10 años y he tenido la suerte de ganar premios en festivales como el de Cannes. El cine es mi vida. Pero conozco todas las formas en que la industria del cine trata a las mujeres con desprecio".
   Una vez abierta la puerta las actrices se animaron a hablar porque el caso de Weinstein es de una obscenidad y un abuso de poder indignantes y porque resume de manera muy categórica el accionar de los acosadores. Leyendo y escuchando los testimonios es imposible no sentir empatía por la rabia y la frustración que experimentaron las víctimas. Justamente por eso el reflejo social fue instantáneo. Cuando la actriz Alyssa Milano escribió en Twitter "si fuiste acosada o abusada sexualmente escribí «yo también» (me too) como respuesta a este tuit", generó una respuesta contundente. En las 48 horas siguientes más de un millón de personas tuitearon el hashtag #MeToo. Las denuncias por acoso o abuso se multiplicaron en distintos ámbitos públicos, y fueron acusados actores, directores, chefs, fotógrafos, periodistas, empresarios y políticos. Lo que empezó en Hollywood se convirtió en todo un movimiento.
   Ahora bien: las olas de cualquier movimiento son poderosas en un principio, más cuando estuvieron reprimidas durante tanto tiempo, y en su camino arrastran de todo, también hipocresías y fundamentalismos. El establishment de Hollywood condenó los abusos pero al mismo tiempo entró en una fiebre de "corrección política" disparada por la ansiedad y el miedo. Las militantes feministas odian la expresión "caza de brujas" en estos casos pero por momentos ese ambiente se respira. Se sabe que James Franco (un actor que no goza de mi especial simpatía) fue bajado a último momento de la lista de actores candidatos a los Oscar, después de que fuera acusado de acoso por cinco mujeres tras la ceremonia de los Globos de Oro. Por otro lado se reflotaron las acusaciones contra Woody Allen, en un caso que ya fue juzgado en tribunales hace décadas.
   Un ejemplo de las grandes contradicciones que conviven en la industria y en estos tiempos convulsos se vio en el derrotero de la película Todo el dinero del mundo, del famoso director Ridley Scott. Poco antes de estrenar la película, Scott decidió borrar la actuación de Kevin Spacey, a quien le llovieron acusaciones de acoso, y lo reemplazó por Christopher Plummer. El director fue aplaudido por esta iniciativa, aunque es más probable que Scott lo haya hecho para que no le suspendieran el estreno que por una actitud genuina de repudio (sí, algunos estrenos fueron cancelados en ese contexto). Además después ocurrió algo muy emblemático de la hipocresía de la industria: para regrabar las escenas de Todo el dinero del mundo, con Christopher Plummer, los protagonistas de la película recibieron salarios con una diferencia bochornosa. Mark Wahlberg cobró 1,5 millón de dólares y Michelle Williams sólo mil dólares. Cuando esta información llegó a la prensa estalló un escándalo, y Wahlberg terminó donando el dinero al movimiento Time's Up.
   En la última entrega de los Globos de Oro (los premios más populares de Hollywood después de los Oscar), todas las estrellas (mujeres y hombres) pasaron por la alfombra roja vestidos de negro, en protesta contra los acosos y los abusos. En esa misma ceremonia, el discurso de Oprah Winfrey sobre el empoderamiento de las mujeres fue conmovedor. También fue muy potente el discurso de Frances McDormand en la reciente entrega de los Oscar. La actriz dejó la estatuilla que había ganado a un lado para llamar a las mujeres que estaban en la ceremonia a pararse y destacar su presencia. "No queremos que nos llamen para felicitarnos por los premios, queremos que nos llamen para financiar nuestros proyectos", dijo McDormand, con esa autoridad tan especial que sólo ella transmite.
   Hay un cambio en marcha, no hay dudas. Sin embargo, en Hollywood (como en la televisión o en las redes sociales) uno nunca sabe si se trata de una toma real de conciencia o de una pose para no quedar afuera de pantalla o de la dictadura de las agendas mediáticas. El tiempo marcará si los discursos, los debates y los gestos se traducen en cambios concretos que abran espacios y dignifiquen el trabajo de las mujeres en la dura industria del cine.


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