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Henrietta Lacks, la mujer de las "células inmortales"

Murió a los 31 años a causa de un cáncer de cuello uterino. Una muestra tomada sin su consentimiento permitió luego, a científicos de todo el mundo, conseguir nuevas terapias para otros pacientes. Su particular historia.

Domingo 31 de Marzo de 2019

El cáncer puede afectar a cualquier persona, más allá de su edad o su género. En el caso de las mujeres, el cáncer femenino (el que afecta las mamas o aparato reproductor) se puede tratar y las tasas de curación son altas si es abordado a tiempo, aunque no es factible desestimar las consecuencias psíquicas que acarrea el haber pasado por esta enfermedad o estar, quizá hoy, aún lidiando con ella. Tampoco el impacto que ha quedado en los familiares de quienes fallecieron a causa del cáncer.

Por eso, por la cantidad creciente de casos anuales, se ha convertido en una de las tantas prioridades sociales sanitarias a nivel mundial.

La ciencia no deja de investigar ni un minuto buscando nuevas terapéuticas y aferrada a la esperanza de encontrar una cura definitiva para estos males. Uno de esos investigadores, George Otto Gey (E.E.U.U 1899/1970), muy preocupado, tomó, ayudado por un cirujano en 1951, células malignas y células sanas de un tumor del tejido cervical de una mujer afroamericana, para cultivarlas. Ella se llamaba Henrietta Pleasant. Estaba casada desde 1941 con David Lacks, su primo. En 1950 tuvo a su quinto hijo. Un año después, efectuó una consulta en el Hospital Johns Hopkins (Baltimore) por un bulto en el cuello del útero que le traía constantes dolores y sangrado. El ginecólogo Howar Jones descubrió que era cáncer de cuello uterino, aunque su aspecto difería de todos los examinados hasta ese momento.

Tomó dos veces muestras sin consentimiento de la paciente. En la segunda oportunidad las guardó. Son las que luego cultivaría Otto Gey y se conocerían hasta el día de hoy como HeLa, utilizando las primeras sílabas del nombre de Henrietta para mantener a la donante en anonimato. Radiodioterapia, rayos X y antibióticos fueron algunos de los tratamientos que se intentaron para dar palea a las complicaciones que devinieron por dos enfermedades preexistentes (neurosífilis y gonorrea). A fines de 1951 la mujer falleció, a los 31 años.

El cáncer se había propagado por todo su cuerpo.

Al cultivar la muestra extraída a Lacks, el investigador Otto Gey se percató de algo jamás visto: las células se mantenían vivas y crecían. A inicios de 1970 la familia recibía innumerables peticiones de investigadores solicitando muestras de sangre a sus miembros para conocer la genética familiar. Al enterarse de la cualidad extraordinaria de las células extraídas a Henrietta, la familia no pudo más que sorprenderse. Pero nadie tenía esos rasgos inmortales, lo que convertían a esas células en únicas.

Este descubrimiento fue algo importantísimo para la ciencia. Las células no morían después de la división celular y eso determinó que la demanda por obtenerlas fuera mayúscula. Gracias a HeLa se descubrió la vacuna para la poliomielitis (1954) que significó en su momento, una enfernedad terrorífica.

Luego, Jonas Salk las utilizó para crear una vacuna que no tuviera que inocularse. Por primera vez la producción de células "mágicas" se industrializó. Su uso a través de los años, gracias a la donación inconsciente de una mujer al borde de la muerte, fue empleado en un sinnúmero de investigaciones para mejorar, no sólo a los enfermos de cáncer sino también de sida, para hacer mapeo génico, para investigar en alergias, los efectos de la radiación y múltiples fines que la ciencia ha aprovechado hasta llegar a producir 50 toneladas de material celular. Éstas han intervenido en más de 70.000 experimentos que llevaron a su vez a 11.000 patentes implicando a HeLa, el linaje de células humanas más antiguo que se conoce con la particularidad de ser inmortales siempre que se mantengan en las condiciones necesarias y no sean contaminadas. También se han utilizado para desarrollar fármacos para el cáncer de mama, Parkinson, leucemia, entre otros.

Aunque jamás se hizo el patentamiento de las células propiamente dichas.

Al empezar la familia Lacks a ser "acosada" por investigadores de todo el mundo, sus integrantes se enteraron de la extracción de aquella muestra sin el consentimiento de nadie. Tampoco recibieron remuneración alguna por ese aporte. Vivieron pobres e, irónicamente, con pocos servicios médicos, sin poder concebir que las células de Henrietta siguieran vivas con el paso de los años. Nunca nadie les ofreció ayuda a cambio.

Recién en 1996, una escuela de medicina y el alcalde de Atlanta (Georgia) agradecieron a la familia Lacks en un homenaje póstumo. Después de eso, Robert Ehrlich hizo dictaminar una resolución en su honor en el Congreso. Poco para tanto.

El agradecimiento debería ser eterno y a nivel mundial ya que gracias a la simple biopsia de una mujer moribunda que jamás se enteró de nada de lo que generó, millones de personas pudieron ser curadas y salvadas de la muerte.

La ciencia aún conserva una deuda mayor con Henrietta Lacks.

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