Domingo 21 de Mayo de 2017
De impecable guardapolvo blanco, Roberto Villavicencio, director de Grupo Oroño, aparece —como desde bambalinas— abriendo la enorme puerta que está ploteada con una reproducción del cuadro de Rembrandt La lección de anatomía. Allí atrás, en una de sus oficinas, da por terminada una reunión para poder recibir a La Capital. "Tengo tres espacios en los que me voy moviendo, recibiendo a la gente, resolviendo cosas de todos los días", explica. Tres ambientes que funcionan como oficinas paralelas en el edificio del Sanatorio Parque —donde realiza encuentros con profesionales del grupo o personas ajenas al trabajo con las que quiere conversar— y de los que entra y sale con soltura varias veces durante cada jornada. Un terreno que conoce muy bien, en el que se mueve con una mezcla de autoridad y libertad. Un lugar que le pertenece porque es su obra, aunque asegura que todo lo que allí sucede es trabajo de equipo.
Lo cierto es que casi nada queda sin la supervisión de Roberto Villavicencio, el hombre que acaba de cumplir 69 años y que está al frente de una gran "orquesta", el Grupo Oroño, una empresa de salud que cuenta con 10 centros ambulatorios, 800 médicos, 2.300 trabajadores en total, y por donde pasan 1.200.000 personas durante el año.
"Soy exigente y me gusta que todo esté impecable", reconoce en un momento de la charla, afirmación que corrobora mostrando uno de los tantos grupos de whatsapp que tiene en el celular y en el que intercambia "problemas y soluciones" con el personal de mantenimiento de la empresa. "Si paso por uno de los pasillos y veo algo despintado, o una rejilla fuera de lugar, le saco una foto y se las mando. Y ellos, después, me tienen que enviar la foto con el tema solucionado", dice el médico especialista en diagnóstico por imágenes que tiene fama de ser severo en el manejo de la institución. "¿Si me consideran un tipo rígido? No sé cómo me ven...y ni pregunto porque a mí no me lo van a decir", reflexiona, con una leve sonrisa.
Dando rienda suelta al reportaje, Villavicencio lanza un "preguntá lo que quieras, hablemos de lo que tengas ganas...", y se ofrece a la conversación "descontracturada", en un diálogo que se irá aflojando con el paso de los minutos, donde habrá momentos para los recuerdos que lo emocionan, las anécdotas jugosas, y para analizar, con detenimiento, lo que pasó y lo que desea que llegue.
— ¿Nació en Rosario?
— Sí. En un sanatorio del que ahora no recuerdo el nombre. Mi primer colegio fue el Inglés, pero no duré muchos días. Arranqué en el jardín de infantes, en la época en que las nenas iban con un cesta en vez de mochila (se ríe).
Me tuvieron que sacar de esa escuela porque era muy inquieto. Después, al año siguiente entré en el Colegio Maristas, hasta 4º grado. Ahí mis padres consideraron que era un chico "complejo" para la época y me mandaron pupilo al Sagrado Corazón. Con la singularidad de que era el único pupilo de Rosario de todo el colegio. La mayoría eran de afuera, de Alcorta, de Entre Ríos... el único que jugaba de local era yo.
— ¿Un chico complejo en qué sentido?
— Lo que ahora sería inquieto, y un poco rebelde.
—¿Sus hermanos eran así también, algo inmanejables para sus padres?
— No, no eran así. Somos dos mujeres y dos varones, y sólo yo fui pupilo.
—¿Y siguió pupilo en la secundaria?
—Cuando llegó ese momento era raro seguir con ese régimen, me daba un poco de vergüenza, porque la idea era que me quedara en esa situación hasta terminar la secundaria. Entonces, como moneda de cambio, me ofrecieron ir al Liceo Militar, en la ciudad de Santa Fe. No tenía ninguna gana, pero entre los curas y el Liceo Militar dije, «bueno, probemos otra cosa»... y allá fui.
—¿Cómo resultó esa experiencia lejos de su casa?
— Muy buena. Me costó un poco desprenderme de la familia pero lo tenía bastante incorporado. Uno de los incentivos era que en esa época si ibas al Liceo después no hacías el servicio militar. Entonces les pedí a mis padres que al menos quinto año lo quería pasar en Rosario. ¡Y accedieron! Volví al Sagrado Corazón donde terminé como bachiller.
— Teniendo esa personalidad rebelde, ¿no le costó el Liceo?
— Visto en el tiempo puede ser. Pero hoy, después de tantos años, me parece que me llenó de fortaleza. Fui independiente, me arreglaba solo. En esa época Santa Fe quedaba lejos, tardaba 4 horas en ir por la ruta 11. Y compartí muchas cosas con otros compañeros que pasaban lo mismo que yo. Fue una buena experiencia la de tener amigos de muchos lugares, con realidades diferentes. Venían del interior, algunos pocos de Santa Fe capital y un grupito bastante numeroso de Rosario. Y bueno, terminé la secundaria, fui a la universidad, y me salvé del servicio militar.
—¿Ya quería ser médico?
— No, no. Yo quería ser arquitecto. Pero bueno, se encargaron de convencerme de que tenía que ser médico.
—¿Sus padres?
— Mi padre era médico. Y tenía un primo, Alberto Censi, obstetra, un gran médico, una gran persona... En esa época con nuestros padres teníamos un vínculo diferente al que se tiene ahora. Así que tal vez no tuve mucha opción. Recuerdo que el día que me recibí de médico mi padre me dijo "Roberto te felicito", y me dio la mano. Era muy especial mi padre en lo comunicacional.
—¿Bravo?
— Mmm... no diría eso. Su trato era el silencio...
— ¿Y su mamá?
— Mami... (se queda pensando). Mi papá la tenía muy embretada a mi madre. Un poco como eran casi todos los matrimonios de la época. De todos modos tengo por ambos un cariño muy grande. No porque hayan tenido ese tema de la educación conmigo generé rencores. Siempre fui la rara avis de mi casa. Sí lo sentí más del lado de mis hermanos, con los que nunca tuve un trato muy profundo. Con mi hermana más chica sí, más adelante. Cuando me recibo de médico, a los 23 años, algo que nadie esperaba que sucediera... resultó que al mes falleció mi padre. Entonces tuve que hacerme cargo un poco de toda la familia. Mi mamá, Nelly —volviendo a ella—, ni siquiera era una ama de casa. Era un "nena bien" supervisada por mi padre. Una mujer a quien quise muchísimo, y más cuando fui más grande. De algún modo, con mi hermana quedamos al cuidado. Yo la quería mucho realmente. Incluso, con Ivonne Stoisa, con quien estuve casado más de 30 años, había ciertos celos por el vínculo que yo tenía con mi madre. Mamá falleció a los 85 años. Pero era una persona joven. Yo la veía joven. Lamentablemente tuvo cáncer y falleció...
— Usted se casó muy joven.
— A los 22, antes de recibirme.
—¿Y por qué tan joven?
— Porque mi mujer estaba embarazada. En esa época eso era de terror, de terror... se ocultaba, era algo que no podía ser. Así y todo me casé por Iglesia y por civil, claro. Esto fue hace 46 años... lo cierto es que en un momento tuve que blanquearlo. No fue sencillo. Creo que lo más intenso que viví fue el hecho de enfrentar a mis padres y a mis suegros para decirles que me iba a casar. Fue una experiencia dura. Pensé: «si supero esto supero cualquier cosa».
—¿Se conocían de chicos con Ivonne?
— De Duendes, nos conocíamos del club. Ella tenía 14 y yo 18 cuando nos pusimos de novios. Después nos casamos y fuimos realmente muy felices. Todos esos años con los chicos... Fueron casi 35 años.
— ¿Siempre pensaron en una familia grande?
— Ella es de una familia en la que son cinco hermanos, nosotros cuatro hermanos. Y si... había como una idea de familia numerosa. Soñábamos con eso. Y bueno, sucedió y armamos la familia. Y vinieron Nicolás, el mayor; Lisandro el segundo; Ivonne, la tercera; y Simón, el más chico... Después llegaron los diez nietos.
— Fue dura la separación, me imagino, después de tantos años compartidos.
— Y... si, pero por la actividad mía. Para ellos, para mi familia, siempre fui un padre semi ausente. Yo creía que era un padre pleno. Aunque me imagino que debe suceder en todos los casos. Además a los hijos nunca les alcanza, pienso. Hasta el día de hoy cuando ven la oportunidad...¡zac! me pasan la factura. Siempre te pasan factura.
— ¿Usted se reprocha algo en relación a eso?
— No, creo que les di lo que tenía que darles. Que hice lo justo. Con una planificación diferente quizá a la de muchas otras familias. En esa época yo me dedicaba a ellos un mes completo en las vacaciones, pero bueno, evidentemente a la planta hay que regarla todos los días y no de golpe (reflexiona). Y desde la visión de los hijos uno está en deuda siempre. Pero tengo una buena relación con todos. Y con mis nueras y yerno. Miro con agrado lo construido, lo que ellos han armado, con su independencia. Estoy re contento.
—¿Ninguno es médico?
— No. Ivonne es psicóloga, es la única del arte de curar. Una chica muy lectora. Una devoradora de libros, muy interesada en todo desde el punto de vista del conocimiento.
— ¿Usted siempre estuvo muy dedicado al trabajo?
— Si. Cuando me recibí ya trabajaba con mi papá hacía dos años. Siendo estudiante hacía de técnico radiólogo acá en el Sanatorio Parque. Mi padre fue uno de los fundadores, era director y uno de los socios principales. Respecto a la dedicación al trabajo, hay que considerar que en nuestra profesión, la radiología, tenemos que tener —de alguna manera— una organización empresaria. Porque uno tiene que comprar el líquido de revelado, las máquinas que revelan, los equipos de rayos, los repuestos, y dedicarse mucho a la programación de turnos. Entonces tenemos un sentido de estructuración diferente al del médico general. Así que yo trabajé mucho desde muy joven.
— ¿En qué siente que se diferenció de su padre?
— En que yo me dediqué muchísimo a la medicina, me involucré muchísimo con el conocimiento médico, con la docencia, con la investigación, con formar gente. Me apasioné con la medicina, y me encanta leer de medicina. Para poder seguir acá tengo que saber igual o más que los médicos. El estudio fue una constante en mi vida. Nunca abandoné esa pasión, jamás dejé de lado la actualización; sigo dando charlas y conferencias, acepto ir a las que me invitan.
— ¿Siempre tuvo esa fascinación por la tecnología?
— Es que vi que con los nuevos procedimientos iban a aclararse las dudas que dejaba la radiología, que era un gran método, pero muy limitado. Nosotros veíamos el cráneo óseo y ahora vemos el cerebro, y con la resonancia vemos cómo funciona el cerebro (se entusiasma).
— ¿Pensaba ser empresario?
— La verdad es que tuve mucha gente de enorme calidad que me acompañó siempre; elegimos muy bien quiénes nos asesoraban y rodeaban. Antonio Margariti con su estudio contable, por ejemplo, toda gente de primerísimo nivel.
— Tuvo ojo clínico para elegir a la gente.
— Si. Tenía y tengo ojo clínico, pero basado en el estudio. Porque sin el estudio la intuición no es tan relevante. Yo se lo repito a los alumnos a los que formo: acá no se trata de ver lo que yo hago sino de que ellos aprendan a leer, que tengan ese conocimiento. La intelectualidad que reciben al leer y procesar es diferente a la de escuchar; lo que te da lo que se lee, lo que se estudia, no te lo da otra cosa. Ese ha sido mi lema: lean y estudien.
— ¿Cuántas personas integran el grupo?
— Aproximadamente unas 1.500 personas en relación de dependencia, y profesionales médicos unos 800. Son más de 2.300 personas.
— ¿Imaginó esto alguna vez, estar al frente de semejante grupo?
— No, fue una suerte. Un hallazgo especial. Una licitación nacional a la que nos presentamos y no salió finalmente, aunque la ganamos. Todo ese aprendizaje que habíamos tenido en ese proceso fue crucial. Supimos que el 90% de la empresa era desarrollar los recursos humanos, saber dar respuestas rápidas y controladas. A partir de ahí se armó todo el grupo. El sanatorio, y cada parte del grupo, están auditados para siempre. Aprendimos la importancia de la excelencia. Fue fundamental eso para ser lo que somos. Empezamos a pensar en el largo plazo, vimos lo que podíamos hacer y lo hicimos. Un grupo de gente muy capaz.
— ¿Quiénes estaban en la mesa chica?
— Mi compañera actual Susana Toncich, una mujer que es muy inteligente, que ve abajo del agua, como digo siempre. El doctor Lovesio, y Boretti, Ameriso, Colom, Picabea, Fay. Ese fue el grupo transformador.
— ¿Tiene muchos amigos en el trabajo?
— Con algunos nos vemos todos los días. Compartimos las satisfacciones y las desdichas. Realmente me he hecho de grandes amigos acá adentro.
— Tiene fama de ser muy pero muy exigente, ¿es así?
—No te puedo decir cómo me ven...
—¿No se lo pregunta?
— Si. Pero a mí me van a decir que está todo bien (se ríe). Así que lo que yo puedo preguntar no tiene ningún sentido.
— ¿Pero cómo cree que lo ven los demás? ¿Le preocupa?
— Yo noto que hay gente que tiene resistencias porque está el tema de aceptar los límites y las normas. Bueno, en realidad yo me veo representado en ellos, porque eso es lo que me pasa a mí. Cuando tenés que poner normas la gente te odia. Por ejemplo, en mi escritorio tengo una máquina de afeitar. Si veo a alguien que está atendiendo y está sin afeitar lo invito a que lo haga acá. Yo le digo: ¿sabés lo que la gente espera de nosotros? Pulcritud. Si bien lo medular de lo tuyo, de la medicina, es obviamente tu conocimiento, tu capacidad de decisión, de tomar conductas frente a un paciente, si bien eso es lo medular, la apariencia, el aspecto físico, no dejan de tener importancia. Es secundario, pero la verdad es que la primera impresión cuenta. Si no sos pulcro, si no aceptás las reglas de juego, la vestimenta, acá no va. Entonces la gente por ahí te tiene bronca.
— ¿Ha sido siempre muy estricto?
—Si. Sobre todo en los turnos, pido y exijo que se respeten. Es que yo he sido siempre un turnólogo. Si vos me preguntás qué soy, primero soy turnólogo, y segundo un gestor de vanidades (se ríe)... que no es otra cosa que limar las diferencias entre los distintos grupos médicos. Después soy todo lo demás. Es una realidad, a uno le toca poner cada cosa en el lugar que corresponde.
—¿Es muy organizado?
—Tenés que serlo. Si vos agarrás mi agenda, desde que llego a las 7 u 8 de la mañana, está toda diagramada. No la armo yo, me la hacen mis secretarias. Ellas arreglan todo, absolutamente todo. Pero todo está pensado de antemano.
—¿Le resulta fácil delegar?
—¡Sí! Esto anda con piloto automático. Por ejemplo, a Maternidad Oroño voy una vez por año.
— Sin embargo está la idea de que usted circula por todos los lugares de Grupo Oroño
—No, no. Yo estoy acá, en el sanatorio. A la parte médica la sigo desde acá. Yo tengo una enorme suerte, la de vivir en tiempos de la telemedicina (tiene un salón con tecnología de última generación, pantallas enormes incluidas). En los monitores veo lo que quiero médicamente. Los médicos saben que estoy permanentemente... entonces tienen pacientes para compartir y ver los casos, y lo hacen conmigo. Yo sigo teniendo dos o tres horas diarias de trabajo asistencial. Concurro a todos los seminarios que se hacen acá, especialmente la unidad de páncreas, el comité de tumores, y doy clases en el año de manera permanente. Hablar acá no es fácil, todos te toman el pulso. Y si no, no me dejan decir más nada ni tampoco me invitan a dar charlas...
—¿Cómo es su día?
— Comienzo con la parte médica hasta las 10. Arranco desde casa y sigo acá en mis oficinas. Tengo casos de consulta que son del ICR, por ejemplo, porque soy el consultor de todas las áreas que a su vez tienen sus jefes. Pero siempre hay un caso especial, que eso me encanta, es muy lindo. Siguen valorando mi opinión. Y por ahí les puedo aportar algo. Algunos casos son cantados pero nos gusta verlos en conjunto, eso lo hago en forma permanente. Después vengo acá, donde tengo la parte operativa central; es donde tengo las oficinas más cómodas, son tres en simultáneo.
—¿Va pasando de una a otra?
— Y si. Más o menos me quedo hasta las 4 de la tarde.
— ¿Almuerza acá?
— No, no almuerzo. Hago una colación, un yogurt, una traviata de queso. Yo no almuerzo, nunca lo hice. Sigo de largo. Antes me iba tarde, tipo 7 u 8 de la noche pero ahora corto más temprano.
— ¿Siempre vivió en el mismo barrio, en Fisherton?
— Casi siempre en Fisherton. Ahora vivo en Funes. Por el tema de los robos mis hijos me dijeron punto, te mudás. Me fui con el bolso, dejé todo. Ellos se ocuparon de la mudanza. Cuando me olvido algo lo mando a buscar. Me mudé a Kentucky. Tengo la casa más chica del country, tiene un dormitorio, un living comedor, y vivo ahí, la verdad es que es mucho más tranquilo.
— Me comentó que se resistía a mudarse...
— Un poco sí, pero vivo más tranquilo, de eso no hay dudas. Puedo dejar la ventana abierta y no poner alarma. Es como otro mundo. Es así... vivo solo, bárbaro.Toda mi vida estuve en contacto con Fisherton porque mis padres ya tenían casa de fin de semana. Después cuando me casé estuve en el centro, hasta que nació mi hijo Simón, el más chico, hace 37 años. En el barrio tengo un nucleo grande de chicos amigos, pero muchos han fallecido. Quedamos cinco o seis.
— ¿Se juntan?
— Mínimo una vez al año en casa.
— ¿Es buen anfitrión?
— Siempre armo algo, distintos tipos de reuniones. Todo el mundo sabe como es venir a casa a la noche: a las 8 empieza, a las 11 termina. Armo reuniones con políticos, con religiosos, con gente del mundo más intelectual. Me gusta mucho saber qué pasa...uno tiene que saber qué pasa. Todos son de extracciones distintas, piensan distinto, pero vienen.
—¿Le importa mucho Rosario?
— Siempre me importó mucho.
— ¿Nunca se le ocurrió dedicarse a la política?
— No.
— ¿Se lo ofrecieron?
— No, la verdad no. La única vez que me dediqué a la política fue como asesor del Lole Reutemann, pero ad honorem. No hice ninguna otra cosa.
— ¿No le interesa pertenecer a ese grupo de poder?
— No desde adentro. Desde afuera sí, quiero saber cómo piensan, qué mirada tienen.
— ¿Y la militancia política?
— Mi padre si se acercó a la militancia política, era de la democracia progresista, un admirador de Lisandro de la Torre. Yo me llamo Roberto Lisandro por ese motivo; a mí me gustaba mucho el partido, y en algún momento allá lejos pensé... pero hasta ahí. Me pareció que estaba demasiado comprometido con lo mío, con mi gente, no podía hacerlo. No se puede ser responsable de un grupo como este y tener una pata en la política. No, no se puede.
—¿Qué vinculo tiene con otros empresarios de la salud?
— Soy muy amigo de Pablo Quaranta (Sanatorio de la Mujer). Tengo diferencias competitivas con Mario Tourn (Grupo Gamma). Y muy buena relación con gente como Eduardo Javkin, que se ha incorporado a mi grupo. Hay afectos con el Británico, mucha relación que viene de mi padre y de los fundadores que tenían un vínculo cercano con mi familia y que me han ayudado muchísimo.
— Es un área muy competitiva.
— Si lo es, pero por las vanidades; los médicos somos muy celosos.
—¿Usted lo es?
— Seguro, no puedo negarlo.
—¿Y el crecimiento de la empresa, hasta dónde piensa llegar? Está todo Oroño lleno de clínicas que son de ustedes...
—Es cierto. Pero los espacios que vamos ganando te los va dando la propia ciudad. Nosotros no tenemos subsidios de ningún tipo. Y tenemos competidores. Entonces el que viene acá, me refiero a la persona que nos elige, el que saca un turno, lo hace por la calidad de gente que tenemos como profesionales, por el servicio que prestamos. Eso a mí me genera satisfacción. Por año estamos atendiendo 1.200.000 personas. Tenemos 10 centros ambulatorios.
— ¿Está conforme con lo que construyó?