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"El proyecto israelí de llegar a la Luna continúa"

El ingeniero en software Diego Seikin formó parte del programa que envió una nave al satélite natural. Estuvo en Rosario y habló con Más.

Domingo 02 de Junio de 2019

Diego Saikin habla un perfecto español, pero con un acento imposible de identificar. Es un israelí nacido en la ciudad de Buenos Aires. Su familia se fue cuando él era un adolescente, en los años 90, huyendo del espanto de los atentados de la embajada y la Amia y de la quiebra del negocio familiar. Para Diego este trauma resultó una puerta al futuro: hoy es un reconocido ingeniero especialista en software que trabaja en el programa espacial de Israel. Pero un dejo de tristeza se filtra apenas deja de hablar con pasión de su trabajo para recordar su pasada vida argentina. El proyecto Beresheet (Génesis, en hebreo) envió recientemente una sonda a la Luna. Lamentablemente, la nave perdió el control en los metros finales y se estrelló. Pero ya se prepara una segunda misión.

Saikin destaca que todo el proyecto se lleva adelante mediante fondos privados y que el Estado de Israel ha aportado una mínima cantidad de dinero. El proyecto de la primera sonda apenas insumió unos 100 millones de dólares, una cifra mínima en proyectos espaciales: iniciativas similares superan holgadamente los 1.000 millones de dólares. El joven científico también detalla con entusiasmo el crecimiento enorme que ha tenido el "Silicon Valley" israelí, la industria de alta tecnología en el pequeño país de Medio Oriente. Y entre sus vivencias más destacadas como científico menciona el cosmopolitismo de su profesión, el haber estudiado en varios continentes y aprendido numerosos idiomas, el hecho invalorable de trabajar en un ambiente multinacional y multiétnico. "Acabo de volver de la boda de un amigo en la India", comenta Saikin, dando cuenta de la pluralidad de sus amistades y compañeros, esos que ha cosechado gracias a sus estudios y su trabajo, mientras pasea su mirada, a la vez melancólica y aguda, por el enorme salón de La Capital, en Rosario, donde se hace la entrevista. El experto vino a la ciudad invitado por la Asociación Sionista Argentina. Ofreció dos conferencias, una en la UNR y otra en el Planetario.

—La sonda fue una gran apuesta, pero el final fue malo. ¿Cómo sigue el proyecto?

—Se está hablando, pero todavía está todo muy en pañales. Yo no participo de esas conversaciones. Lo que ha habido fueron reuniones para ver el formato que se usará. Creo que se intentará de vuelta, no puedo decir con qué formato ni en qué tiempo.

—Pero hablamos de años...

Mi estimación personal, no oficial, es dos o tres años. Depende mucho de cuánto tome recaudar el dinero necesario y en segundo lugar, si se decide hacer exactamente lo mismo o no. Ahora el concepto está probado, lo que hubo fue una falla técnica, hay que resolverla y usar este tiempo para prever otras que puedan ocurrir. Hubo fallas de las que nos recuperamos, por ejemplo. Falta ver si se repite lo mismo o si se redobla la apuesta, hacia algo más grande, que traiga algo de la Luna, por ejemplo. Estas posibles variaciones también influirán en el costo. Pero es claro que el espacio ayuda al orgullo nacional, trae mucho prestigio, sale bien en "la foto" y a la vez lo hicimos con fondos privados.

—Llama la atención que la sonda era muy chica y liviana...

Fue la sonda más pequeña que jamás haya llegado a la Luna y también la más barata.

—¿Esto se debe a la tecnología avanzada o a los límites de presupuesto?

Recaudar fue muy difícil, el presupuesto inicial era de 20 millones de dólares, ese era el tope del concurso inicial (lanzado por Google). Luego no se pudo hacer con ese tope, el costo fue subiendo y subiendo. Para reducir costos se hicieron muchas cosas, como prescindir de la llamada redundancia de sistemas (la repetición de sistemas críticos para la nave). Aumenta el riesgo pero disminuye el precio y el peso, que en el espacio es lo mismo. El tema es que recurrir a esto aumenta la confiabilidad, pero incrementa también el precio y el peso. Ahora que se sabe que el concepto funciona, quizá se puede agrandar. Curiosamente, uno de los sistemas que falló y que provocó que se estrelle la sonda era uno de los pocos que tenían redundancia. Con otro sistema redundante, un rastreador de estrellas, también tuvimos problemas, se "encandilaba" en ángulos inesperados.

—El rastreador de estrellas es como un sextante de navegación, ¿cierto?

Sí, es una cámara muy sensible que mira las estrellas y compara con un mapa digital. Uno de ellos se "encandilaba"; otro sistema, el de navegación inercial, con acelerómetros y giroscopios, falló durante el momento decisivo. También había dos, se intentó dar un "reset", pero eso dio lugar a una cadena de sucesos que terminó en este final. Pero curiosamente el sistema que falló tenía redundancia. En un plano más general, este fue el primer lanzamiento a la Luna privado, los que aportaron hasta ahora fueron filántropos, en el futuro tal vez sean inversores. No le costó nada al contribuyente israelí. Y se lograron un montón de hitos: fue la primera vez que un país que no es superpotencia llega a la Luna; fue la misión más económica por un margen muy grande. Fue el primer lanzamiento compartido en ir a la Luna (la sonda se lanzó junto con dos "paquetes" más: un satélite indonesio y un microsatélite de EEUU) y la primera misión en tener el atrevimiento (hutsvá, en hebreo) de intentar un alunizaje suave en el primer vuelo. Y estuvimos muy cerca de lograrlo. Ninguno intentó en su primera misión un alunizaje suave, en el caso chino fue a la tercera; antes se hace el fly by (sobrevuelo), luego se entra en órbita; con la primera sonda soviética la estrategia fue estrellarse y sobrevivir. El concepto está probado: si uno quiere hacer un auto que viaje de Buenos Aires a Rosario y chocó unos kilómetros antes de llegar o se quedó sin nafta, el concepto es válido: la próxima se manejará con más cuidado o se llevará un bidón de nafta. Siempre habrá personas maliciosas que se ponen contentas porque la sonda falló, festejan el fallo ajeno, pero bajo ningún parámetro esto fue un fracaso. La gente debe entender que fallar es parte de tener éxito, es parte del proceso. El 90 por ciento de los start-ups terminan en la quiebra, solo que el 10 por ciento es el próximo éxito. Así funciona. Y si era aventurado donar fondos para Beresheet I ya lo será mucho menos para Beresheet II.

—¿Dentro de esta empresa o agencia hay otros proyectos espaciales?

Space IL es una organización sin fines de lucro, no es de la agencia, yo no soy de la agencia espacial israelí, no sé bien en qué proyectos trabajan, salvo que son proyectos de cooperación.

—¿Se puede decir que Israel ya tiene una industria espacial?

—Israel tiene una industria espacial hace muchos años, pero esta es la primera vez que se aventuró fuera de la órbita baja. Tiene satélites y es uno de los pocos países que tiene capacidad de lanzamientos propios, en órbita. En este caso fue Space X. Es un problema poner satélites en órbita en Israel, porque no se pueden lanzar hacia el este, que es hacia donde se lanzan todos los satélites para aprovechar la velocidad de rotación de la Tierra. En Israel los satélites se lanzan con órbitas retrógradas, hacia el oeste, lo que requiere mucha más energía. Por eso hace ya bastantes años que no se ponen satélites en órbita desde Israel.

—Vos trabajás en el área de software. ¿El tuyo es un desarrollo dentro de este proyecto o va más allá?

—Mi trabajo es para este proyecto. No sé si se usará en otros, es un software muy específico, sirve para alunizar. Quizá cosas que hice yo —mi trabajo fue modelar sensores—, quizá eso se podría usar en otras misiones que usen los mismos sensores.

—El equipo incluía 200 voluntarios, algo nada común en proyectos espaciales.

—Sí, yo soy uno de ellos. El proyecto estaba basado en voluntarios, mayormente al comienzo, yo participé en dos etapas, entre 2013 y 2015 y luego más adelante. En el medio decidieron incorporar a los voluntarios, y hoy los 200 voluntarios que hay solo hacen divulgación, yo soy de los pocos voluntarios que trabajan en ingeniería, en I&D. Hay además una cantidad de empleados del proyecto en las industrias espaciales israelíes, que son el principal contratista del Space IL, son los que construyeron la nave.

—Se comenta mucho que en Israel ha habido un boom de investigación y desarrollo, de los “Silicon Valleys” israelíes.

—Sí, los llaman Silicon wadis (traducción aproximada de wadi: arroyo seco). Empezó a crecer en serio a fines de los 80 y principios de los 90, ya como potencia mundial, cuando Intel y Microsoft abrieron los principales centros de desarrollo en Israel.

( Acá interviene a pedido de Saikin Alejandro Melinkovsky, un periodista científico, coordinador en la Asociación Sionista, que lo acompaña)

—En el 84 el primer ministro Shimon Peres dijo: “No nos tenemos que dedicar solo a las naranjas, sino también a crear cerebros”. La punta de lanza fue Intel, que estaba en Israel desde 10 años antes. Se abrió un área de I&D eximida de impuestos y se generaron 2000 puestos de trabajo. Así comenzó este desarrollo de multinacionales de I&D en Israel. Hoy están Facebook, Microsoft, Intel, que también tiene producción, Amazon, Google, y muchos más.

—El panorama profesional tuyo, Diego, ¿es similar al de un estadounidense o un japonés, o es diferente?

—Los sueldos en el sector de alta tecnología en Israel están muy por encima de la media. Es un buen momento para ser ingeniero en Israel, en EEUU los sueldos son más altos, pero esa diferencia se achicó.

—En los 90, cuando decidís irte, ¿fue después de recibirte o antes?

—No, yo tenía 15 años. Fue una decisión de mis padres basada en la situación económica y de seguridad. Fue la época de los atentados, los de la embajada de Israel y la Amia; económicamente estábamos muy mal, mi mamá tenía un negocio de venta de camperas de cuero y en un año y medio la asaltaron tres veces, los dos últimos atracos en dos días consecutivos. Esto fue en Avellaneda. Ahí dijeron basta.

—¿Has sentido en tu relación con la comunidad científica internacional que tu condición de israelí provoque una reacción negativa?

—(Silencio) A veces sí y a veces no, y muchas veces es justamente al revés: “Ah, sos de Israel, qué bueno”. Es un país que al estar bajo la lupa mucha gente tiene una opinión. Si decís “soy uruguayo” no habrá reacciones. Un amigo uruguayo se queja justamente de esto. Pero no necesariamente... En mi experiencia ha pasado que gente se toma libertad cuando uno recién la conoce de tirar algún comentario de índole política, asumiendo cómo pensaba yo, sin saberlo. Israel tiene todo el espectro de visiones políticas, de la derecha a la izquierda, absolutamente todo. Entonces me ha pasado que la gente generalizaba y asumía que uno piensa de una manera. Pero nunca me encontré con algo de odio o que no me dejen entrar en un lugar.

—¿Cual es tu relación actual con Argentina, después de aquella salida más bien traumática?

—Fue interesante cuando canté los dos himnos en un acto por la independencia de Israel en Rosario. Yo nací en la Argentina, pero además viví en varios países. El tema de la nacionalidad... soy de todos lados y de ninguno. De repente se acaba el dulce de leche en casa y se arma. Mis viejos toman mate hasta hoy, pero a mí no me gusta el fútbol. Vuelvo al país cada tantos años, antes en el anonimato, sin entrevistas y cosas así. Me pasó que leía en los comentarios de las notas que me han hecho que gente de mente angosta ponía “no es argentino, es israelí”. Parecido a lo que pasó con la selección de fútbol de Francia, cuando dijeron que no eran franceses sino africanos. Un humorista dijo entonces “¿Y por qué no pueden ser las dos cosas?”. Se tiene que tener una sola nacionalidad, ¿por qué? En Argentina, la mayoría de mis amigos tienen apellidos italianos, casi nadie tiene más de dos generaciones en Argentina, bueno, también es mi caso. Somos todos inmigrantes. Nunca me consideré un nacionalista extremo. Soy de querer a todos y el “de dónde sos” no es lo que va a decidir ese afecto. Haber vivido en tantos países también influye, tengo amigos en muchos países.

—Es muy propio de la ciencia, siempre cosmopolita, internacionalizar las relaciones.

—Sí, soy de viajar. Visité más de cuarenta países, viví en cuatro o cinco, también mis relaciones son multinacionales. Hace poco estuve en un casamiento de un amigo en la India, un amigo hindú que se casó con una chica hindú, lo conocí en la universidad y me fui a su casamiento. Me parece que la humanidad es mejor si se levantan estas barreras. Por ejemplo, los que están en contra de la Unión Europea, los del Brexit. Para mí la UE es genial: hace 70 años se estaban arrancando los ojos y hoy puede haber parejas casadas, uno de cada lado, pueden cruzar la frontera en bicicleta. La gente le perdió el miedo a la frontera, una guerra es impensable hoy en Europa gracias a esto. Al conocer al otro le perdés el miedo, tenés su sentido del humor, todos tienen sus historias, todos se consideran buenos, a todos les gusta sentarse a la mesa y narrar historias. También ayuda hablar idiomas, la mayoría de la gente habla uno sola; yo hablo varios, y algo que noté es que cada vez es más fácil aprender otro idioma. El segundo y el tercero son más difíciles que los que siguen, sobre todo cuando son de ramas diferentes. Pero luego se hace más fácil, porque se abre la cabeza a distintas estructuras gramaticales. Y otra cosa importante es que a la gente le encanta cuando lo ven a uno tratando de hablar el idioma de ellos. Si uno intenta hablar, los locales son más propensos a ayudarte y tenerte más paciencia.

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