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"El éxito no es el premio, triunfa quien logra lo que se propone"

José Luis Ferretti es científico. Tiene 76 años y continúa trabajando en la estructura y resistencia de los huesos. Acaba de ser distinguido por la Sociedad Americana de Osteología. Asegura que por el momento no piensa parar: "Todavía se me revelan cosas", afirma.

Domingo 22 de Julio de 2018

Dicen que la voluntad es como un músculo que puede ejercitarse para hacerse más fuerte. Y quizás, sin pretenderlo, José Luis Ferretti comenzó a entrenar duro cada mañana en la que subía al tren que lo llevaba desde Peyrano, su pueblo, hasta Pergamino, donde cursó casi toda la escuela secundaria.

Se levantaba antes de que amanezca, y a las 6 ya estaba esperando para subirse al trencito de los estudiantes (llamado El Colegial), con carruajes desvencijados en los que se filtraba el frío y en los que en invierno se depositaba una capa de hielo en el estribo que ponía a prueba el equilibrio y el coraje.

Ya en el vagón, y durante una hora cada día, aprovechaba para estudiar, repasar apuntes, leer algún libro. "Llegaba bien preparado a la clase. No había mucho con qué distraerse en esa época", cuenta con una sonrisa a Más, a días de haberse enterado de que la American Society for Bone and Mineral Research de Estados Unidos (Sociedad Americana de Investigación en Osteología y Metabolismo Mineral) lo distinguió por su labor científica siendo el único en Latinoamérica en recibir ese reconocimiento por parte de la prestigiosa entidad.

El doctor Ferretti, médico endocrinólogo, especialista en osteología, cuenta con un vasto currículum y varios descubrimientos trascendentales que llevan su firma. Tiene 76 años y sigue trabajando. Es Investigador Principal del Conicet e Investigador Superior del Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario. Aunque se jubiló (también fue docente durante 54 años) optó por la posibilidad de seguir haciendo aportes a la ciencia desde el laboratorio, por un sueldo reducido y sin antigüedad. Su actual lugar de tareas es un espacio que comparte con el Instituto Universitario del Gran Rosario (una entidad privada que tiene convenio con la UNR). Allí dirige a un grupo de profesionales dedicados a estudios relacionados con la estructura y biomecánica ósea. El investigador galardonado es fundador y actual director del Centro de Estudios de Metabolismo Fosfocálcico del Hospital del Centenario y la Facultad de Ciencias Médicas.

Recorridos

La historia de su carrera profesional está repleta de caminos que se enlazaron, que lo llevaron para un lado y para el otro, pero que finalmente lo dejaron, exactamente, donde pretendía estar. "Después de terminar la secundaria, en la que me fue bastante bien, tenía claro que había tres cosas que no quería hacer: trabajar en la farmacia (mi padre era el farmacéutico del pueblo y no la pasó bien ahí), bioquímico (ni loco revolvía excrementos y sangre) y médico (había visto a algunos estudiantes con esos libros enormes de anatomía y yo pensaba que no iba a aguantar leer ni tres renglones). Pero, bueno, la vida me expuso a hacer las tres cosas que no quería", rememora.

En realidad se había decidido por la ingeniería química. Le iba bien con las

ciencias duras y sentía que su futuro estaba ahí. Pero debía irse a Santa Fe a cursar la carrera y a su mamá le pareció demasiado lejos. "Qué increíble, porque estábamos bastante cerca, pero para ella era muchísimo". La familia había sufrido un golpe brutal cuando por una mala praxis la hermanita menor murió, con apenas cuatro años. "Creo que mi madre no estaba dispuesta a perder a otro hijo, eso sintió seguramente cuando le dije que me quería ir a Santa Fe".

Así que, finalmente, se recibió de médico en Rosario (en la UNL) y dedicó buena parte de sus primeros años de profesión a la endocrinología clínica. "Llegué a trabajar en 14 lugares diferentes en la misma época. Corrían los años 60. La verdad es que no me gustaba nada de nada, pero tenía que juntar la plata. Mi esposa era maestra rural... Fueron años durísimos y yo no me sentía contento con lo que hacía", dice.

José Luis y su mujer, Haydée Martínez (a la que conoció en el trencito estudiantil), construyeron una familia grande con cuatro hijos: Guillermo Luis (periodista deportivo), Marcelo Carlos (arquitecto), Sebastián Eduardo (médico hepatólogo) y María Victoria (médica clínica). Tienen cuatro nietos (un varón y 3 mujeres), y hay una quinta niña en camino.

Todos ellos sostuvieron y acompañaron a este marido y padre inquieto que imaginaba para su profesión, y su vida, otros horizontes. "Mire, algo providencial siempre pasa...", reflexiona. Porque le surgió la posibilidad de convertirse en investigador en 1971 cuando se abrió esa carrera en Rosario, que había sido creada por el doctor Sol Rabasa (reconocidísimo genetista). "Con él hice la tesis en lo que era el Instituto de Investigaciones Médicas de Rosario, que funcionaba en Fisherton", relata.

Se doctoró siendo muy joven y eso le permitió ingresar como investigador en la cátedra de Bioquímica de la Facultad de Medicina. "Aprendí bioquímica de la buena, me enseñaron la rigurosidad del método científico, el valor de la constancia, de la paciencia, la importancia de poner atención. Entendí cómo lograr que los datos tengan todo el valor posible. El camino fue duro, no lo niego, pero ahí entendí qué era la excelencia".

Años después fundó la cátedra de Biología en Bioquímica y la dirigió durante ocho años: "Aprendí más de mis alumnos que de mis maestros, de mis dirigidos que de mis directores, y de mis hijos más que de mis padres", comenta.

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Amor por los huesos

Fanático del Mecano, un juego que es un sistema de construcción de modelos metálicos —famoso en el mundo entero— en el que se encastran piezas de tamaños y formas diferentes, el científico utilizó esos conocimientos y esa destreza para aplicarla a lo que sería su gran logro profesional: haber contribuido a descubrir que los huesos son lo que son porque combinan dos propiedades. ¿Cuáles? La calidad del material con que están hechos y la forma en que ese material está ubicado. Calidad y distribución: una combinación clave para entender mucho más sobre la estructura ósea de todos los vertebrados, incluyendo al hombre.

Sobre ese punto trabajó y trabajó durante años. Escribió un centenar de papers publicados en las revistas científicas más reconocidas del mundo en la materia y fue el autor de importantes hallazgos que se utilizan hasta el día de hoy. "Llegué al estudio del hueso por el lado de la biomecánica. Entendí y pude demostrar que la distribución depende de la calidad y no al revés, como se podía pensar. Logré calcular un número indicador que permite estimar la resistencia de un hueso sin tocar al paciente, porque se lo obtiene por medio de una tomografía. Esto tuvo enorme impacto y me significó un premio estímulo de 1.000 dólares, en Australia, que me costó 3.000 dólares ir a buscarlo", cuenta mientras se ríe, como para quitarle peso a lo que es una constante en la carrera de los científicos: apoyos económicos que no alcanzan para casi nada.

Ese índice de resistencia ósea, BSI, creado por el doctor Ferretti y su equipo, logró posicionarlo como una autoridad en el tema.

Después vinieron los avances en la relación entre el hueso y el músculo, otro aspecto que exploró con éxito. "Los huesos son lo que los músculos quieren que sean, siempre que las hormonas lo permitan", resume.

Acá hace una pausa para recordar y agradecer el enorme apoyo de Harold Frost —un prestigioso médico que año tras año lo recibía en su bungalow— con quien asistía a los famosos Simposios de Osteología de Sun Valley ( en la soledad de Idaho, cerca de Ketchum, en los Estados Unidos). "Yo había sido designado Director Honorario de la Fundación de Investigaciones Metabólicas en Buenos Aires. Gracias a ese cargo pude viajar por todo el mundo, incluyendo el país del Norte, donde presentaba mis trabajos sobre la biología de los tejidos duros.

Harold Frost lo había tomado como su discípulo. "Él era como mi tutor", recuerda el médico que participó durante 20 años consecutivos de esos encuentros.

Las sesiones en Sun Valley eran muy arduas. Era todos contra todos. "En los congresos, habitualmente, uno expone su tema en 5 minutos y discute 10. Acá eran 5 minutos de exposición y 25 o más para debatir. Eso me permitió fortalecerme, no sólo en lo profesional sino también con el idioma. Yo no había estudiado inglés, lo aprendí leyendo publicaciones de colegas de todo el mundo. Pero bueno, una vez por año pasaba un tiempo en esas jornadas y cada vez lo hablaba mejor. En una oportunidad tuve que hacer mi presentación antes de lo previsto y no había tenido tiempo de armar mi machete en inglés, como hacía siempre. Y fue Frost el que me dijo que no me achique, que salga al ruedo. Después me comentó que esa había sido, lejos, mi mejor exposición".

José Luis Ferretti llevaba ideas revolucionarias que encontraban apoyos fuertes (como el de su amigo Frost) pero también ciertas resistencias. "Lo bueno es que lo que yo planteaba era congruente con lo que él proponía. De ese modo fortalecimos el vínculo pero también, debo reconocer, su compromiso conmigo fue enorme, generoso, y me abrió muchas puertas".

Un dato curioso. En las galas de aquellas noches en Sun Valley había un momento para el relax y el disfrute. Entonces no faltaba el instante en el que José Luis brillaba, pero ya no por sus conocimientos médicos y científicos sino por su habilidad con el piano. Es que estudió más de once años en la Escuela de Música de la UNR con la profesora Licia de Parodi, a la que define como una docente extraordinaria. "De chico había aprendido a tocar en Peyrano. Tuve que desandar todo aquello y volver a empezar, pero le puse muchas ganas y mucha garra. Y subí unos cuantos peldaños en el aprendizaje. Me di el gusto de que en esas noches me escucharan personas de todo el mundo. Era el momento Pepe´s Concert", relata sin ocultar la carcajada. También aprovecha para destacar que su familia fue muy tolerante con el tema del piano: "No tenía otra opción que tocar en casa, ellos me bancaron todo".

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El investigador junto con los profesionales del grupo que estudia la estructura y biomecánica ósea.
El investigador junto con los profesionales del grupo que estudia la estructura y biomecánica ósea.

El presente

El 27 de septiembre el científico viajará a recibir su merecido reconocimiento. "No es un premio sino una distinción, algo que dice: sos uno de los nuestros, y es muy importante en ese sentido", comenta.

Para calificar a ese reconocimiento entre los miles de miembros de la academia trabajó duro durante más de un mes y medio. Tuvo que documentar un montón de cosas. Demostrar la coherencia de las investigaciones que llevó adelante a lo largo de su carrera, reflejar la línea de investigación que ha seguido y fundamentalmente dejar en claro el impacto de las revistas donde se publicó todo lo que hizo a lo largo de su historia profesional.

Amante de la filosofía y la historia, además de los papers de ciencia, el hombre dedica una hora de lectura por noche a los clásicos. Bertrand Russell, Einstein y otros matemáticos y físicos modernos se mezclan con Baruch Spinoza o Heráclito en su mesa de luz. "Leyendo divulgación científica de alto nivel entendés mucho sobre tu trabajo y sobre la vida. Para mí no hay nada que ilumine más que todo lo que relacionado con los recientes descubrimientos sobre el universo. Esas son las lecturas que me agrandan, que me apasionan, aunque, debo confesar, que hay un 10 o 15 por ciento de lo que leo antes de dormir que ya se me escapa un poco... Los años no vienen solos", dice con cierta melancolía pero sin perder el humor.

"Las preguntas sobre por qué hay algo en lugar de nada, el por qué de la vida, todo lo metafísico me interesa. Leer es clave", reflexiona.

Se levanta a las 8 ("los viejos dormimos poco") y se prende a la computadora hasta las 6 de la tarde. "Es un gran ordenador en muchos sentidos", dice de la máquina. También escucha música clásica. "Me pongo los auriculares para no molestar. La música es un equilibrante. Si uno escucha un ratito, después sigue trabajando o leyendo con un mejor rendimiento".

Convencido de que "el éxito es la iniciativa y no el premio final" porque "triunfa el que logra lo que se propone", el científico asegura que seguirá trabajando hasta que le sea posible, y agrega: "Ojo que también sé que hay un momento para parar, pero todavía se me van revelando cosas, y quiero seguir descubriéndolas".

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