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Derechos maternos que todos olvidan

Betina Suárez publica un libro en el que revela detalles sobre una tarea compleja y abrumadora que también puede ser muy divertida y gratificante.

Domingo 29 de Abril de 2018

"No quisiera que mis hijas crean que cuando las tuve se me acabó la vida. No quiero que lleven el peso de mis frustraciones, es mucho y es injusto. Son lo más importante de mi universo, pero no son lo único. Si la maternidad es lo mejor que me pasó en la vida, no está bueno que la use como excusa". Betina Suárez dice verdades. Al menos sus verdades suenan creíbles.

   Eso que piensa y siente —y que transmite con mucha cordialidad y humor— trae algo de alivio cuando se lo escucha, o se lo lee, como sucede con su flamante libro Las madres tenemos derechos.
   Betina anticipa en la tapa de la publicación que lo plasmado allí son reflexiones sin conclusiones definitivas escritas por una madre que no se arrepiente ni se rinde. Y la cosa relajada del principio ya es una invitación interesante a tomarse un rato para entretenerse y también emocionarse con esos lugares comunes de la maternidad que de comunes no tienen absolutamente nada, sobre todo cuando nos suceden a nosotras.

   Ocurrente y plagado de anécdotas, hay muchos capítulos con los que sentirse identificada. Por eso no es raro lanzar una carcajada en medio de un bar cuando, con el libro en la mano, te estás tomando el merecido cafecito del día (o de la semana, o del mes). Y de eso también habla Betina, o sobre todo de eso: de los derechos maternos que todos, especialmente las mujeres que también somos madres, olvidamos.
   La autora, licenciada en Ciencias de la Comunicación, con un posgrado en Gestión de Contenidos, le dio vida hace diez años a un blog que es consultado en forma constante por personas de más de 30 países. Mujer, madre y argentina (así se llama la página) contiene relatos, momentos y vivencias muy personales de la autora y comentarios que a muchas (y muchos, por qué no) les sirven como inspiración o remedio. También se la puede seguir en twitter ( @MMyArgentina), en Facebook y en Instagram.
   Las madres tenemos derechos, publicado por Planeta (la edición es muy linda), está pensado en capítulos (con varios subtemas) entre los que se destacan:

• La madre de manual que llevamos dentro (dejémosla salir sin pudor).
• Errar es humano (aceptar que las madres somos humanas es divino) .
• Postergar no es resignar.
• La pareja, un mundo de dos.
Las mujeres que tenemos menos de 50 e hijos pequeños, adolescentes o ya adultos venimos, en general, de transitar una crianza en la que los modelos culturales históricos respecto de la maternidad siguen haciendo fuerza para imponerse, aun cuando ponemos todo el empeño del mundo para no repetirlos. Por eso, lo que propone Betina es en cierto modo liberador: "Será que darles la vida a los hijos no me parece un gran mérito (...). Las madres sacrificadas solo existen en los cuentos y las que se ofrendan sin tanto espamento son las que generan historias inspiradoras", dice. ¡Vamos todavía!

 —¿Por qué se genera tanta expectativa en el entorno (familiar, social) cuando está por nacer un bebé, y luego en cada etapa de la vida de ese niño? ¿Podemos liberarnos de la mirada ajena?
   —Te puedo decir lo que pienso yo desde mi experiencia (que es literaria) pero no soy una especialista en el tema. Es como cuando viene una visita que esperás mucho. Y preparás la casa y están todos limpitos y peinados y te preguntás si van a tener tema para hablar, si les va a gustar la torta que hiciste, eso, pero para toda la vida. La llegada de un bebé, en la mayoría de los casos, es un momento alegre y reordena el ecosistema familiar. No es solo de los padres. Hay gente alrededor que de repente es tío, abuelo, hermano. Ver crecer a un otro tiene que ver con el paso del tiempo de todos, es genial. Cuando sos madre una de las cosas más complejas es encontrar el equilibrio entre desechar los consejos que no pediste (aunque vengan de buena fe) y saber pedirle ayuda a la gente en la que confiás. Porque la mirada ajena no es necesariamente negativa. Hay miradas que cuidan, que protegen, que velan por uno. Hay que rodearse de esas miradas y, cuando nos toque mirar a un otro, ponerla en práctica.

 —¿Hay manera de lidiar con el miedo a que algo malo les pase a nuestros hijos? Un tema del que hablás en el libro...
   —No sé, si se te ocurre alguna receta ¡avisame! Yo no sabía lo que era el miedo antes de ser madre. Hay un momento en el que te das cuenta de que nada de lo que hagas puede protegerlos de las asperezas del mundo. Pero por otro lado, sobreprotegerlos también es aislarlos y limitarlos a nuestra propia pequeñez. La vida, en general, es linda, no quisiera poner a nadie que ame en una torre de miedos "por si le pasa algo". Cosechamos y confiamos. Criando hijos buenos se hace un mundo mejor, estoy segura.
 —¿Y cómo soportarlo si eso sucede (un accidente, una enfermedad)? Porque en general ninguna está preparada. Vivimos en una sociedad donde parece que todo debe salir bien y si es perfecto mejor.
   —El desborde no es exclusivo de la maternidad. Conozco a muchos desbordados sin hijos. En situaciones de crisis, es igual. Conozco madres que no pueden con la vianda para el colegio y otras, que incluso habiendo perdido a sus hijos, nos enseñan a todos los que estamos alrededor a distinguir aquellas cosas que de verdad importan. Sin embargo, no juzgo a ninguna, las abrazo. Y me parece que eso es algo que podríamos hacer, socialmente y todos, para estar preparados para los momentos de tragedia y crisis: juzgar menos y ayudarnos más. Al final del día lo más "complejo" que hice fue criar (y mirá que hago cosas complejas eh), y la madre que está del otro lado criando muy diferente a mí, está en la misma situación. Así que con las desgracias y con la vianda, deberíamos ser más empáticas y menos jodidas.

 —"Los hijos nos miran y así creen que es el amor", decís en un capítulo de tu libro. ¿No es demasiada presión pensar que sus historias dependerán de las nuestras? ¿Estamos las mujeres dispuestas a vivir plenamente el amor y nuestra sexualidad cuando somos madres?

   —Bueno, que nos miren no quiere decir que nos repitan. Pero nadie puede desear lo que no conoce. Seamos libres para que sepan que pueden serlo, y así con todo. Presión es pasarles el peine fino todos los días... el resto lo vamos viendo, ¡ja! Ahora, volviendo a la seriedad de la pregunta, es tan personal esto de vivir plenamente el amor y la sexualidad cuando somos madres. Me parece que los tabúes que quedan y se repiten no son exclusivos de la maternidad, más bien son generales, pero en esa misma línea, creo que hay algunas cosas que hemos superado. Es tremendo que nuestros hijos crean que si el día de mañana tienen hijos se les acaba la vida de pareja, el disfrute. Si vamos por ahí, ¡estamos condenados a la extinción! Las madres somos mujeres, no hay mucho misterio en eso. Es posible, sin embargo, que si apagamos a la mujer no seamos la mejor madre que podemos ser.
—Mencionás en uno de los textos que las madres "ya fuimos arruinadas por nuestras madres". ¿Creés que estamos "condenadas" a repetir el modelo materno aunque hagamos lo imposible por despegarnos?
   —Esa frase en el libro está atada al humor, fuera de contexto suena tremendo y pierde el sentido original. Además, no necesariamente debemos partir de que es una condena repetir algunas cosas. Está bueno conservar lo bueno y desechar las cosas con las que no estamos de acuerdo. Claro que podemos despegarnos, con laburo, de lo que nos viene dado, por nuestra madre o por quien sea. Lo que no podemos evitar es mostrarles un modelo de madre a nuestros hijos. Está bueno poner el foco ahí, sin tanto sufrimiento ni tanto miedo a equivocarnos.

—¿Hay manera de encontrar el equilibrio entre lo que deseamos, lo que somos y lo que se espera que seamos como madres?

   —Sí, el tema es que —pienso—, es como la felicidad: son momentos. Creo que las mujeres en este contexto histórico estamos haciendo un gran desprendimiento de "lo que se espera" de nosotras, incluso cuando somos madres. Hay tantas formas de ser madre como madres en el mundo. Eso sobre lo que se espera, ahora, sobre lo que esperamos o lo que deseamos, esa es la presión más poderosa, la propia. Si la brecha es muy grande, vale recalcular y trabajar para ser lo que deseamos. Cada uno con su tiempo y sus modos. Con su realidad y sus posibilidades. Pero claro que hay modo, sino la maternidad sería una desgracia y es justamente todo lo contrario.

—Contás que tenés un marido compañero, un par... Y escucho a algunas mujeres quejarse de que "ya no hay hombres" dispuestos a comprometerse y a querer formar una familia... ¿Qué pensás?

   —No estoy muy de acuerdo. ¿Qué mujeres? Hoy hay tantos modelos de familia que no veo a muchas quejándose o, aclaro, veo también a hombres diciendo cosas parecidas. Claro que en la práctica, criar sola, o solo, es no tener con quien turnarse ni para ir al baño, pero también es cierto que se forman tribus. La vecina, las madres del colegio. Está buenísimo tener una pareja, al menos para mí, pero sé que hay muchos otros modelos igual de válidos y que tal vez eso de "ya no hay hombres" es algo vintage. Los millennials como yo (jaja) buscamos voluntad de encuentro, no la necesidad ni el mandato.

—¿Cuál es la diferencia entre postergaciones —inevitables cuando sos madre— y el abandono? ¿Cómo advertir la diferencia?

—Me parece que postergamos porque hay momentos del hijo (que de repente es más importante que uno mismo) en los que una tiene el deseo profundo de estar siendo madre en ese momento, muy presente, y porque esos momentos pasan veloces (no lo dijo nadie nunca pero los chicos crecen rápido) y las cosas indelegables y postergables son las cosas que tienen que ver con el placer. Claro que también puede ser que tengas que postergar algún deseo, algún afán, algún plan, por necesidad. Porque tenés que laburar en algo que no te gusta para pagar el gas, ponele. Pero volvamos a lo inherente a la maternidad. El abandono es cuando ponés a tus hijos como una excusa para seguir apoltronada en tus pretextos. No quisiera que mis hijas crean que cuando las tuve se me acabó la vida. No quiero que lleven el peso de mis frustraciones, es mucho y es injusto. Son lo más importante de mi universo, pero no son lo único. Si la maternidad es lo mejor que me pasó en la vida, no está bueno que la use como excusa.

—¿Volverías a ser madre (a tener otro hijo)? Y aunque suene un poco fuerte y hasta desubicado: ¿se te ocurrió pensar cómo serías como abuela?

—No tengo intención de tener otro hijo ahora mismo, pero tampoco sería una cosa horrible ni tremenda. No, no me pensé como abuela, aún uso pantalones de cuero y estoy muy ocupada viendo cómo logro que las abuelas de mis hijas las cuiden más noches así tengo más posibilidades de ponerme el bendito pantalón.

Dos casamientos, un mismo marido

La historia de amor de Betina Suárez es bastante particular. Lo cuenta ella en su libro: se casó con su novio de la secundaria cuando tenía 26 años y diez años después se volvió a casar con el mismo hombre.

"Cuando me casé por segunda vez fue con una decisión mucho más profunda, con una fiesta más relajada", comenta.
"Es difícil describir la relación que tenemos , porque del cóctel entre la honestidad brutal, el humor bastante oscuro y mi animadversión por lo cursi resulta, como mínimo, un relato un poco extraño", señala.
Admite que con su pareja se han distanciado pero no han tenido grandes peleas ni malos tratos. Betina dedica varios capítulos a hablar del amor de a dos, pero también de quienes resuelven la vida solos o solas y la pasan más que bien.

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