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Consideraciones sobre la impiadosa pobreza

La escasez de alimentos es una de las consecuencias de la vulnerabilidad social. Pero sin dudas los vínculos afectivos y la toma de decisiones se ven notablemente afectados. Una mirada desde las neurociencias.

Domingo 18 de Febrero de 2018

Recuerdo las palabras de un amigo, un profesor de ajedrez: empezás a perder una partida cuando el otro jugador te obliga a elegir entre dos malas movidas.

Ningún fenómeno puede ser analizado de manera completa desde una sola mirada, por lo que no pretendo que esta reflexión —que gira en torno a las neurociencias— abarque ni un ápice de lo que significan, en este caso, las consecuencias de la pobreza. Y cerrando aún más el análisis, dentro de esta rama científica, el foco quedará centrado especialmente sobre tres variables: la desnutrición, la escasa estimulación y contención, y el alto estrés. Porque más allá de pensar la pobreza en términos materiales y todas sus implicancias sociales, me importa destacar cómo y cuánto afecta sobre el proceso de toma de decisiones, dado que quizás sea éste su impacto más fuerte y negativo sobre las posibilidades y el potencial de desarrollo de una persona.

La pobreza incide de manera radical sobre el contexto desde el cual se toman las decisiones: aquí el corazón de estas breves líneas. Y estas determinaciones son, ni más ni menos, las que le dan forma a nuestra vida y destino.

Desarrollo y futuro

Mientras el cerebro se desarrolla —lo que sucede incluso desde antes de nacer— va consumiendo recursos. Si por alguna razón faltan los nutrientes necesarios, entonces la construcción no será la óptima, del mismo modo que sucedería si faltan los ladrillos a la hora de edificar una casa.

Y estas privaciones pueden dejar marcas: está demostrado que la materia gris del lóbulo frontal, temporal e hipocampo (tres estructuras observadas en estudios con resonancia magnética) llega a ser hasta un 10 por ciento menor en niños criados por debajo del umbral de pobreza. Para que te des una mejor idea de lo que esto implica, entre las facultades de la corteza prefrontal se destacan la reflexión profunda, la consideración de las leyes, la contemplación moral, la conceptualización de los problemas, la apertura de alternativas, la toma de decisiones, la planificación de una conducta y la ejecución precisa de una respuesta. Así, es todo esto lo que se afecta.

Pero la escasez de los alimentos no es la única variable a considerar en estos ambientes vulnerables, de hecho, me animo a decir que, en lo que hace al desarrollo del cerebro, la pobreza afectiva es una variable de igual o mayor incidencia que ciertas privaciones materiales. Cuanto más temprano arranquen estas carencias, mayor va a ser la dificultad para revertir ese desarrollo estructural y funcional. Y por supuesto que el contexto de pobreza no determina la falta de contención y estimulación del niño, pero las urgencias cotidianas y la falta de tiempo en pos de ocupar todo el día buscando lo mínimo no sólo merman la cantidad de tiempo a compartir, sino también su calidad.

Estas condiciones no facilitan el establecimiento de ese vínculo seguro que tanto necesita el niño, esa sensibilidad y disponibilidad que permiten la edificación de una personalidad saludable, matriz desde la que nos relacionamos con las demás personas y el mundo. Por otro lado, un ámbito de riqueza económica no garantiza nada: la pobreza afectiva, vale la aclaración, no depende del dinero.

El contexto de escasez, aquel que impide la cancelación de las necesidades primarias, genera una “visión en túnel” que sólo permite la advertencia de aquello que es urgente, sin mirar quizás lo importante. Lo que apura es ahora, lo inmediato, estrechando el margen de tiempo al momento presente o, en el mejor de los casos, a unos pocos días. Dicho de otra manera, el futuro no es una prioridad ni es importante si las necesidades básicas no están satisfechas en este preciso instante. Entonces quedan postergadas o hasta anuladas las tareas que pudieran tener que ver con un cambio en la calidad del futuro, inversiones que tengan como fin cosechar más adelante.

Además, este estrés permanente no propicia un ámbito favorable para el desarrollo del cerebro. Las áreas emocionales (sistema límbico) se encuentran hiperactivas y muchas veces desreguladas debido a las necesidades, sin lugar para que las áreas racionales (corteza prefrontal) puedan encontrar aire para respirar y crecer. Las vías que conectan estos sectores no se gestan de manera óptima, metiendo mucho ruido de fondo en esa comunicación que es fundamental a la hora de tomar decisiones y planificar un futuro. Por otro lado, este incesante nivel de estrés, traducido en altas cuotas de cortisol, es tóxico para el sistema nervioso; muchas neuronas lo pagarán con su vida. Cada vez menos recursos: el capital está mermado.


Desigualdad que duele

La primera opción es una mala movida, la segunda, peor. Estás arrinconado. El ciclo de pobreza se produce y sostiene cuando las decisiones se van cerrando sobre las malas jugadas, una y otra vez.

La chance de desarrollo del cerebro de una persona en contextos de pobreza es menor desde el mismísimo inicio: si las condiciones no son iguales para todos, si cada una de las personas no es acompañada para alcanzar el techo de sus posibilidades, entonces, de arranque, no hay justicia. La única herencia de los hijos que nacen en contextos desfavorecidos es la misma falta de oportunidades que sus propios padres vivieron, un inmenso vacío de sentido que se reparte en partes iguales para cada descendiente. Y el ciclo se repite, generación tras generación. No podemos seguir mirando al costado. Todos, de algún modo, formamos parte de esta injusticia. Tenemos mucho por hacer.

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