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"A veces espero que Hernán vuelva"

Vera Dargoltz, la mujer de Hernán Ferruchi, una de las víctimas fatales del atentado de 2017 en Manhattan, recuerda a su marido. Cómo sobrelleva su ausencia. El impacto de una muerte temprana en un hecho criminal que sacudió a la ciudad y al mundo.

Domingo 28 de Octubre de 2018

Hernán Ferruchi nunca había estado lejos de su familia. Iba a ser la primera vez que se tomara unas vacaciones sin su mujer y sus hijas, la primera vez que se subiera a un avión. Había una causa poderosa para ese viaje, un deseo que lo empujaba a desafiar los límites: compartir con los amigos de toda la vida la celebración de sus treinta años de egresados de la escuela secundaria y festejar, en Nueva York, el cumpleaños de dos de los chicos del grupo.


Durante un año, los ex alumnos del Politécnico planearon el sueño en detalle. Y aunque a Hernán el entusiasmo no lo dejaba retroceder, varias veces dudó. Por el trabajo, porque le costaba despegarse de la rutina familiar, porque iba a extrañar, porque no le sobraba la plata. Hernán pensaba demasiado. Era un tipo alegre, capaz de desplegar todo su histrionismo en las fiestas o en ocasiones especiales, pero en general se mostraba serio, reflexivo, de esos hombres que tejen ideas y quimeras bien adentro y las sacan a la luz recién cuando creen que van a ser posibles.

Había nacido en Rosario, en el barrio de Arroyito, el 1º de enero de 1970. Primaria y secundaria en escuelas públicas. La universidad también. Era un fanático de los deportes, pero el fútbol lo perdía. Era capaz de tener la tele puesta en cualquier partido, en cualquier liga, a cualquier hora.

El Hernán de gesto adusto también pasaba tardes enteras explicándoles dibujo técnico a los amigos de su hija Lina o jugando en la pileta hasta el cansancio con Dana, la más pequeña de la familia.

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El Flaco, para los compañeros de laburo; Pitu, para los más cercanos, o simplemente Hernán para su esposa Vera, era intenso y comprometido pero amaba tanto las cosas simples y el bajo perfil que sólo aquellos que compartieron su día a día conocieron de verdad su fortaleza, su enorme empatía, su generosidad.

Al Flaco, a Pitu, a Hernán, lo mataron el 31 de octubre de 2017 en una ciclovía al sur de Manhattan, cuando recorría la ciudad en bicicleta junto a los nueve amigos con los que compartía el viaje. Murió durante esas vacaciones tantas veces soñadas, apenas un rato después de haberse sentado a comer en un barcito de la zona en el que se encontraron con Martín Marro, el compañero que vivía en Boston, que se sumó al grupo allí y que había alquilado su bici un poco más tarde para transitar todos juntos el último tramo de una jornada planificada al aire libre.

Y así iban, felices, en dos hileras, cuando unas cuadras más adelante Sayfullo Saipov, un terrorista del Isis, les apuntó con su camioneta y los atropelló con saña. Los cinco que circulaban por la izquierda murieron en el acto. Junto a la de Hernán se apagaron las vidas de Ariel Erlij, Alejandro Pagnucco, Hernán Mendoza y Diego Angelini. Martín Marro quedó malherido aunque pudo recuperarse. Guillermo Banchini, Juan Pablo Trevisán, Iván Brajkovic y Ariel Benvenuto fueron testigos directos del horror, los que sobrevivieron, los que nunca más serán los mismos.

Porque todo cambió para ellos y para las otras víctimas del atentado: las familias de los que no volvieron, y también de los que regresaron atravesados por el espanto.

Atentado NY paseo bicicletas

Vera

"Las voy a extrañar mucho. Besos para las tres. Las quiero mucho. Papá. PD: No la hagan renegar a mamá". El cartel, escrito con un fibrón negro, finito, sobre una cartulina verde, aún está pegado en la heladera de la casa de Granadero Baigorria. Lo dejó Hernán antes de irse, como una sorpresa para Vera y las chicas que recién lo vieron cuando regresaron del aeropuerto de Fisherton, después de la despedida. Vera le agregó, tiempo después, los imanes que encontró en la valija de su marido, esos que había comprado en el MoMa, el típico de "I Love NY", los recuerdos que se traen para repartir entre los familiares y los amigos.

Hace frío, demasiado para ser fines de octubre. Está por cumplirse el primer año de la muerte de Hernán. Vera, su amor, su compañera durante más de veinte años acepta esta charla, que pautamos unos días antes. La primera parte fue en un bar del centro de Rosario. Un encuentro emotivo, plagado de palabras y lágrimas. La segunda es ahora, en su hogar, en la casa que compraron juntando peso sobre peso un año antes de que lo mataran.

Hay fotos de Hernán por todos lados, la mayoría con sus hijas. Una hermosa, Lina cumple 15, baila el vals con su papá. Otra, una que le sacaron en Nueva York, está junto a la urna que guarda sus cenizas. Muy cerca hay una foto de Dana, la hija más chica, cerca de un árbol gigante, muy verde, que alcanza, altísimo, el cielo.

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En el 94 le faltaban pocas materias para recibirse de arquitecto. Para juntar algo de plata, Hernán Ferruchi trabajó un verano en la barra de un bar de la isla, frente a Rosario, ahí adonde Vera era moza. Primero se hicieron amigos y al mes ya estaban de novios. A los seis años se casaron. En el 2002 nació Lina, en 2006 llegó Dana. Vera y Hernán estuvieron juntos 23 años.

El símbolo del infinito que cuelga en una cadena a la que Vera toca a cada rato, quizá sin darse cuenta, lo resume todo. Ahí, en ese dije, ella hizo escribir el nombre de los dos. En Instagram hay una foto de ese colgante y una frase: Sin principio ni final. El tema de Abel Pintos. El que un montón de veces escucharon juntos aunque Hernán adoraba la música de los 80 y 90, el rock, de U2, y de André Rieu, el violinista del que toda la familia es fanática.

Durante años vivieron en Parque Field, hasta que apareció la chance de ser propietarios de esta casa de Baigorria. Dice Vera que él había encontrado su lugar en el mundo. "De acá no me saca nadie", cuenta que repetía cuando hacía los asados los domingos, cuando tomaba mate con ella en el patio, cuando regaba las plantas (porque del jardín se ocupaba él), cuando se quedaba, conmovido, mirando a las nenas jugar al aire libre.

Entrevistar a Vera no es fácil pero es necesario. Su historia, dolorosa, también resume la historia del amor, la manera de seguir a pesar de todo. Y nos convoca a pensar en el valor que tiene cada segundo de vida.

—¿Cuándo habló Hernán del viaje por primera vez?

Me contó que empezó como un chiste en una reunión. Ellos se juntaban una vez en cada casa, durante años y años. Nunca dejaron de verse. En una de esas juntadas, uno de los chicos comentó que al hermano un amigo le había pagado un viaje. Entonces arrancaron con eso de "dale, ponete vos, armemos algo"...embromando. Y Ariel Erlij dijo "vamos". Y como no todos podían bancarse el costo, él asumió la parte de los que no podían pagar la totalidad. La idea siempre fue viajar todos juntos. Además de los 30 años de egresados, se sumaba que uno de los chicos que vive en Boston, Martín, cumplía años para esa fecha. Martín había preparado toda su casa para recibirlos: el festejo de su cumple iba a ser el sábado (ellos llegaron el domingo anterior). El 1 de noviembre, además, es el cumple de Juan Pablo Trevisán. Se daba todo. Los dos cumples, el aniversario del final de la secundaria. Y creo, especialmente, las ganas de compartir esos momentos...Cuando me contó, no estaba demasiado convencido, creo que le costaba dejar a la familia, nunca se había ido de viaje solo. Jamás se había subido a un avión. Era hiper responsable, entonces estaba también lo del trabajo, porque una cosa eran las vacaciones que se tomaba habitualmente y otra cortar en octubre una semana. Tenía que acomodar unas cuántas cosas...

—¿Salieron desde Rosario?

El 28 de octubre. Sí, desde Rosario y vía San Pablo llegaron a Nueva York. Viajaron todos menos Martín Marro y Guillermo Banchini que estaban en Estados Unidos. Ariel viajaba en otro vuelo pero igual fue al aeropuerto a despedir a los chicos. Por eso está en la foto. En esa foto que recorrió el mundo, la de la remera que dice Libre. Guillermo fue a recibirlos. Estuvieron un rato en el departamento de él y estaban también sus papás. Hernán me mandó un mensaje contándome lo contento que estaba de ver a los padres de Guillermo. Después ya se instalaron en el departamento que habían alquilado para todos.

— ¿Cómo fueron esos primeros días?

— Me contó que llegaron y llovía. El era tan callado, le costaba expresar todo lo que sentía. Sin embargo, la primera foto que me mandó es una en la puerta del teatro Broadway con el cartel de la obra Miss Saigón, una de mis favoritas, porque yo hago comedias musicales. En ese mensaje me dice: "Es una ciudad una ciudad increíble y tenemos que volver juntos".

Vera hace una pausa larga y busca el pañuelo. No son las primeras lágrimas de esta charla, no serán las últimas.

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— ¿Qué pasó después?

—Conocieron bastante la ciudad el primer día. Caminaron mucho, compraron abrigos, impermeables. Hernán se había olvidado la campera. Me dijo que estaban re cansados, que pensaban comprar algo para comer en el súper y dormirse temprano. La noche anterior habían cenado en un restaurante muy lindo, estaba contentísimo con eso. El segundo día (el atentado fue durante la tercera jornada) conocieron el Empire State, el MoMa, algunos fueron a buscar regalos para los hijos. Hernán había comprado celulares para Lina y para mí. Y regalos para Dana. Otros fueron a comprar juguetes. Pensá que tenían hijos de entre 20 (la más grande), Lina de 15 en ese momento y todos los demás de la edad de Dana (12) para abajo. También mencionó que iba a esperar los últimos días para los regalos más importantes, le gustaba pensar mucho en lo mejor para cada uno, no se quedaba con lo primero que encontraba. Ahí fue que me dijo "mañana vamos a ir al Central Park".

—¿Hablaron momentos antes del atentado?

— Esa misma mañana. Tenían decidido pasar ese día al aire libre, volvió a contarme lo del Central Park. Lo que sé es que fueron al parque, que algunos se metieron en el Guggenheim de la Quinta Avenida, que comieron algo en un bar. Ahí lo esperaron a Martín, que se sumó en ese momento. Los diez estuvieron juntos solamente diez minutos. Se sabe que hay una sola foto de todos, una que quedó en el celular de Ariel, un teléfono que se rompió.

— ¿Qué te contaron los sobrevivientes de los momentos que siguieron?

—Muchos creen que lo último es el video que se vio en todos lados, el de las bicicletas. Pero eso fue antes. Ahí no está Martín, por ejemplo. Hace poco, revisando el celular de Hernán encontré otro videito. Se los ve a los chicos más adelante, el filma el camino, edificios... Es el típico video que uno graba en un paseo. Cuando se lo mostré a Guillermo, hace unos días, me dijo que Hernán lo filmó 150 metros antes del atentado.

—¿Recién ahora tuviste acceso a ese teléfono?

—No, al celular me lo dieron el día del velatorio. Pero era un aparato de los chiquitos, de esos que no se ve muy bien. Pero recién ahora pude empezar a bajar algunas cosas. Además, tenía mucho miedo de que estuviera filmado el momento.

El momento es el de la caída, el de los golpes de la camioneta disparada contra las bicicletas. El de la confusión de los que vieron la peor de las escenas. El de los gritos y los pedidos de ayuda. El momento de la muerte absurda.

—Cómo se sigue frente a la pérdida abrupta, tan inesperada...

—(Se le llenan los ojos de lágrima y tarda en responder). Primero, esto no fue un accidente (aclara). Fue muy lejos, en otro país, durante un viaje, cuando se espera que la persona vuelva, es lo normal. El primer tiempo fue muy difícil, esa sensación de que va a regresar en cualquier momento...todavía me pasa que espero que vuelva.

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Lina, la hija, la toma de la mano. La mira con ternura, pero con una entereza que conmueve. Es una chica de 16 años que escucha hablar con detalle, como otras veces, de la vida y la muerte de su papá. Que intenta sostenerse y sostener a la madre, y que dice "ojalá" cuando le digo "vas a estar bien".

—El modo en que ocurrió fue tan increíble, tan sorprendente. Los chicos fueron víctimas de un tipo que salió a matar.

—Sí, es así.

— ¿Pensás en el asesino?

— Pienso. Trato de no llenarme de odio ni de resentimiento. No sirve, lo sé. Obviamente quiero que tenga lo que se merece. No estoy a favor de la pena de muerte (según las leyes de EEUU es factible esa posibilidad en este caso). Hoy digo eso. Quisiera que esté de por vida en una cárcel sin ningún tipo de privilegio. Ni siquiera la chance de poner en práctica sus rituales religiosos. Nada de nada. Me parece que la muerte para él no es un castigo. Es alguien que no valoró la vida, esa es gente que no le da ningún valor a la vida, entonces cómo pensar que le darán algún valor a la de ellos.

Vera cambia el tono, se pone firme, algo cambia en su mirada. Por un segundo la bronca le gana a la dulzura. En buenahora.

—Yo creo que no existe el lobo solitario, ese hombre no lo es, claramente. Es imposible que lo que hizo haya surgido de una sola persona. Hubo una estructura que vía internet lo adoctrinó. Que le dio los medios y los modos para hacer lo que hizo. Este no es un enfermo mental en el sentido de una persona sola, que está mal y que tiene un brote. l es parte de una organización terrorista. Alguien lo financió. No justifico ni por un instante lo que hizo. Pero era una persona resentida, viviendo en los Estados Unidos seguramente se sentía marginado y quizá encontró ahí un lugar de pertenencia. Pero que quede claro que eso no es porque es musulmán. La mayoría no lo hace. El tema de esta gente, de los terroristas, es para mí la intolerancia, el fanatismo, que es lo que arrastra al odio. Hay que estar muy atentos a los más jóvenes, a los que pescan por determinado perfil psicológico. Hay que encontrar el modo de frenar esto.

Los familiares de las víctimas de este atentado terrorista no recibirán ningún resarcimiento económico por parte de los Estados Unidos. Para ellos eran extranjeros que murieron en su tierra. Para el Estado argentino los mataron en otro país. Algunos de los fallecidos tenían una situación más holgada, pero Vera Dargoltz y sus hijas viven hoy del trabajo de ella en una Universidad y de una pensión. El apoyo de la empresa donde Hernán trabajó 20 años es parte de lo que les permite continuar sin tantas necesidades económicas, aunque ella admite que el futuro la asusta.

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—Me imagino que cambió todo después de aquel 31 de octubre...

—No puedo decir que estoy acomodada. Para nada. Cada día duele más. Cada vez la soledad es mayor. El vacío es el mismo. Durante el día estoy ocupada, trabajando, me encargo de las cosas de las chicas. Pero cuando me levanto y abro los ojos y veo que no lo tengo al lado...(baja la mirada y ya no encuentra el modo de contener las lágrimas). O cuando me voy a dormir, son momentos muy difíciles. Yo siempre estuve consciente respecto de lo que pasó. Nunca estuve disociada de la realidad, aunque la primera semana entendía poco. A las seis y media de la tarde esperaba que entrara Hernán. Me la pasaba mirando la puerta. Hasta la perra estaba rarísima. Estuvo una semana entera con el hocico contra la pared. La verdad es que tuve que rearmar muchas cosas, estoy en eso aún. Empecé a manejar con 45 años. El auto estuvo parado ahí ocho meses hasta que me animé. Una intenta seguir con la rutina, por ellas, sobre todo. Pero lo extraño mucho. Crecimos juntos. Tomé muchas cosas de él, él de mí. Teníamos muchos proyectos, imaginábamos un futuro. Ya no lo hago más. No pienso más en mañana. Para mí hay sueños que se terminaron. ¿Pero sabés qué? Tengo sentimientos de tristeza, de dolor, pero de odio no. Es lo que Hernán y sus amigos hubieran querido. Te juro que en cada cosa que hago, que hacemos con mis hijas, nos mueve el amor, jamás el odio.

Nos despedimos en la puerta, en esa misma puerta que Vera mira esperando a Hernán, que ya no va a volver.


>> El Flaco

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Durante la entrevista la mujer de Hernán Ferruchi muestra con orgullo un libro que los compañeros de Fundar, la empresa en la que él trabajó casi toda su vida laboral, le hicieron como homenaje. Se llama "El flaco", está plagado de fotos de distintas reuniones y eventos, o en plena tarea, pero sobre todo está colmado de muestras de cariño, de notas que algunos se animaron a firmar y otros no, como queriendo que esas palabras sean de todos.

Es un álbum diseñado con esmero y paciencia. Algo que no todas las personas generan fácilmente en sus pares. "Compañero silencioso, de bajo perfil, de enorme sonrisa dibujada en tu rostro, de inmaculada conducta... Me dejaste una huella profunda", se lee en uno de los textos.

En el final, una frase que ocupa la última página y lo resume todo. Es el sentimiento de los compañeros, de los amigos, y también el de sus hijas y su mujer: "A veces dudo si te extraño, porque siempre te tengo presente"



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