Sábado 05 de Diciembre de 2020
Diego Armando Maradona está parado en un pasillo del estadio Tomás Antonio Ducó, en el barrio porteño de Parque de los Patricios. Hay gente por todos lados y hasta es difícil hacerse un espacio para tomar la libreta y apuntar sus declaraciones. En las tribunas hay más gente que la habitual. Hace apenas semanas que volvió al torneo argentino y todos quieren verlo, no importa para quién juegue. Él luce impecable y, aunque en los partidos previos no tuvo actuaciones especialmente memorables, todos saben que Maradona es Maradona y que su talento y coraje siempre pueden regalar una sorpresa.
El Bambino Pons lo pone al aire en vivo en la previa de la transmisión televisiva, otros lo sacan por radio y algunos más anotamos lo que podemos para la crónica que escribiremos después del partido. Los que trabajamos en los diarios corremos con desventaja: es un partido nocturno, terminará tarde, la crónica será necesariamente urgente y llegará a la redacción mediante un fax repleto de correcciones y tachaduras.
Maradona deja unas cuantas frases, saluda y se zambulle en el vestuario. Un rato después sale a la cancha. Pero esta vez no hay magia: no logra un gol de tiro libre, una apilada épica ni una asistencia milimétrica y, en un momento, la lesión de la que se vino hablando durante toda la semana le dice basta. Todavía no terminó el primer tiempo y ya no está en la cancha. El partido terminará 1 a 1, pero sin Diego. Nadie imagina, ni en las tribunas ni en los palcos de periodistas, que este Huracán-Newell’s será el último partido oficial de su fugaz paso por el equipo del Parque, aunque La Capital haya deslizado en la edición de la mañana que los directivos encabezados por el presidente Walter Cattáneo ya evaluaban rescindirle el contrato.
Ocurrió hace 27 años y, como dijo Gabriel García Márquez, los recuerdos de aquella noche son lo que uno recuerda para contarlo. Al menos queda una foto para que el cronista sepa que no lo ha imaginado.