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“Lo único que nos queda es mirar el agua y esperar sentados a que baje”

Cómo viven la crecida los habitantes del barrio Formoseño de Carcarañá, el más afectado por la inundación del río homónimo. La experiencia de los que resisten y los que debieron huir.

Domingo 15 de Marzo de 2015

Están sentados en reposeras, tomando mate y picando alguna galletita o bizcocho, mirando fijamente el agua, midiendo su avance milimétrico, cómo se acerca despacito a besarles los pies, cómo ingresa a sus casas, se apodera de sus pertenencias y a algunos, finalmente, los expulsa. Es la triste realidad de una veintena de familias del barrio Formoseño de Carcarañá, que reviven por estos días el mal recuerdo de la desastrosa inundación de 2012.

   En este asentamiento no formal viven unas cincuenta familias, en casas sólidas de material y cerámicos. Están divididas por una calle central que deja a un lado a las vulnerables viviendas orilleras y al otro, las menos afectadas de la parte alta. Mario (44) ya tenía la mayoría de sus muebles apilados en altura dentro de la cocina-comedor cuando el agua, que normalmente tiene su nivel unos seis metros más abajo, llegó al ras del suelo de su casa. “Gracias a Dios estamos bien, enteros, preparados para salir si llega más agua. Después de la grande de 2012, ésta es la segunda inundación importante que nos tocó vivir en los 30 años que hace que estamos acá”, comentó. Junto a su esposa, y sus tres hijos “lo único que nos queda es mirar el agua, esperar que baje y confiar en Dios que es lo más importante”, dijo a La Capital.
  
Refugiados. Ayer se contabilizaban cincuenta evacuados a los que el municipio refugió en los bungalows turísticos del Parque Sarmiento, mientras que unas 35 se autoevacuaron con familiares y amigos. Fueron las mujeres y los niños los primeros en alojarse en el complejo municipal, mientras los jefes de familia permanecen, con los pies en remojo, custodiando las viviendas y sus cosas.

   Son unas doce familias, varias emparentadas, las que se instalaron en las cabañas turísticas. Desde el municipio se les asiste con las cuatro comidas diarias, elementos de higene personal y de limpieza, y recambio de ropa blanca. No es suficiente para algunas de las madres, que se quejaron porque “no nos alcanzan los pañales que nos dan. Tampoco la leche ni el agua mineral, porque si a los chicos les damos la de red, se nos enferman, les da diarrea y vómitos”.

   Rodeadas de niños pequeños, algunos en brazos, las mujeres también rezongaron porque “nos trajeron donaciones pero se las dejaron en la administración (del Parque Sarmiento). Acá hubo (ayer) un encuentro de jóvenes con diabetes, hubo un montón de intendentes y funcionarios, y nadie vino a preguntarnos cómo estamos”, declaró a este diario María de los Angeles Lezcano. La joven madre también denunció que a los hombres que quedaron custodiando en el barrio “no se los asiste con nada, no sabemos siquiera si tienen pan para comer”.

   La Capital consultó al respecto a la titular de Acción Social del municipio de Carcarañá, Verónica Schuager, quien desmintió tales acusaciones. “En el comedor municipal que hay en el barrio Formoseño se preparan comidas especiales para los damnificados, está abierto permanentemente y también hay mercaderías a disposicion para que cocinen. La sala de primeros auxilios del lugar también está habilitada todo el día e incluso en la zona alta, el área de Sanidad Animal está realizando acciones de prevención de zoonosis”.

   Sobre la denuncia de escaso abastecimiento a los evacuados, la funcionaria aclaró que “a nadie se le niega nada, sólo que debemos racionar las mercaderías de una manera responsable”. Reconoció que “hay algunas instituciones que hicieron donaciones de ropa, pero hay que tener en cuenta que estas familias pudieron preparar los bolsos con tiempo y retirar sus pertenencias personales de sus casas. Cuando baje el agua, se evaluará y se le dará a cada uno lo que realmente perdió. Si les entregamos las cosas ahora, lo haremos seguramente en forma desigual”.

   “Toda esta asistencia proviene exclusivamente del municipio. Vinieron autoridades de Protección Civil y del Ministerio de Gobierno, por lo que suponemos que tendrán pensado suministrar alguna ayuda”.

   Además, “una vez que baje el agua, los damnificados van a necesitar distintos elementos de limpieza y desinfección, herramientas y materiales para el fortalecimiento de las casas”, concluyó Schuager.

   Daniel es pescador, chatarrero y también hace panificación junto a su esposa, con quien tiene tres hijos y uno que viene en camino. Con conocimiento de causa, el hombre de unos 40 años analizó que el fenómeno hídrico se debe al “dragado de los campos por la siembra directa y el agua viene derecho: el hombre mismo se cavó la tumba. Esto no va a parar, no se puede”. Al analizar una solución de fondo para los damnificados, como el traslado a otro predio de las familias más vulnerables a las inundaciones, consideró: “Yo no sé si vamos a seguir subsistiendo así, pero la gente no quiere salir de acá: es como lo que pasa con los isleños del delta”.

   “Yo estoy esperanzado en la ayuda que se pueda dar a este barrio, con lo que sea. Acá todos somos trabajadores, nos valemos por nuestros medios, pero si alguien quiere ser solidario con los que más lo necesitan, bienvenido sea”, remató el pescador.

Expectantes. La frenética correntada del Carcarañá y su devastación es todo un espectáculo para los vecinos de la ciudad homónima. El tremendo olor nauseabundo que emana del agua no es obstáculo para que familias enteras se acerquen a los puntos más críticos para contemplar el fenómeno, cuyo escenario privilegiado es el viejo puente ferroviario, desde donde se puede observar el colapso del tradicional Molino Semino, que está paralizado desde el lunes y cuya usina está sumergida.

   A un costado de la planta y debajo del puente hay un padre y su bebé, mirando extasiados la espuma del agua que corre furiosa y los pescados moribundos, que boquean en la orilla. También están los esposos Marcelo (40) y Gisela (35), que salieron a hacer las compras en moto y se detuvieron para “medir” el río. “Nunca ocurrió que el puente de la ruta 9 estuviera desbordado tanto tiempo. En otras inundaciones el agua se escurría más rápido”, observaron.

   Los más audaces pasean incluso con criaturas o entran en bicicleta hasta el medio del puente ferroviario, que tiembla con el agua que pasa a sólo treinta centímetros por debajo de los durmientes. Osada (o negligente), la procesión de “turistas” se expone a las víboras que proliferan por estos días en el lugar y arriesgan su integridad porque el tren circula y bastante seguido por esas vías.

Contaminación. A los curiosos no parece intimidarlos el olor nauseabundo que emana del agua. De a ratos, el hedor a podrido y a cloacas se intensifica y en ocasiones se puede identificar algún componente químico, que podrían ser los agrotóxicos que el agua, en su escurrimiento, barre y lava de los campos sembrados. También se habla de efluentes de fábricas desbordadas de la zona, entre otras hipótesis de la indudabe contaminación del curso de agua.

   En ese sentido es materia de evaluación el estado de salubridad del líquido elemento, y de los peces que aparecen atontados y moribundos en las orillas. Trascendió que muchos aprovechan la facilidad con que se pueden capturar para venderlos o consumirlos. También se supo que hubo varios casos de vecinos con vómitos y descomposturas, al parecer después de haberlos ingerido. “La mayoría de los que se ven muertos son moncholos y dorados. Está loca la gente que los come, está todo contaminado”, exclamó Carina Echeverria, vecina de la parte alta del Formoseño.

   En ese sentido Cintia Cáceres, enfermera del Centro de Atención Primaria del barrio comentó a este diario que en estos días de contingencia no le ha tocado atender intoxicados. “Sí han venido varios vecinos para que les mida la presión, porque están nerviosos por todo esto que está pasando. También me ha tocado curar algunas heridas y cortaduras en gente que intentaba rescatar desesperadamente sus cosas del agua”.

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