Larguía se resiste a desaparecer
Larguía.— Los algo más de 50 habitantes de este pequeño paraje ubicado a la vera de la ruta
34, a 74 kilómetros de Rosario, resisten los embates de las desigualdades que a veces propone el
desarrollo. Esta tranquila y pintoresca localidad provincial fundada por Facundo Larguía (ver
aparte) está en “vías de extinción”.
Miércoles 02 de Enero de 2008
Larguía.— Los algo más de 50 habitantes de este pequeño paraje ubicado a la vera de la ruta
34, a 74 kilómetros de Rosario, resisten los embates de las desigualdades que a veces propone el
desarrollo. Esta tranquila y pintoresca localidad provincial fundada por Facundo Larguía (ver
aparte) está en “vías de extinción”.
A mediados de la década del 60, el pueblo llegó a contar con unas 500 personas radicadas, pero esa cifra fue decayendo mientras desaparecían las fuentes de trabajo. Quienes hoy habitan Larguía dependen en materia de bienes y servicios de Totoras, ciudad que dista a unos cinco kilómetros.
Un pequeño cartel y un montecito de eucaliptos constituyen los únicos indicadores de que estamos por llegar. El ingreso es una calle de tierra que conduce a la estancia La Bochita. Luego se atraviesa el ramal ferroviario General Belgrano, y tras un codo en el camino aparece la calle principal donde se despliegan las casas y la escuela.
Ermita y soja. Una ermita con la imagen de la virgen María Auxiliadoras y la leyenda “Patrona del agro argentino”, con una plantación de soja de fondo, nos da la principal referencia de Larguía. Aquí casi todos dependen de la actividad agropecuaria.
Avanzando un poco por ese camino está la Escuela 705 Juan Enrique Pestalozzi, a la que concurren unos 25 alumnos del radio urbano y rural. Además de las clases, los niños reciben un desayuno y un almuerzo que es preparado por la cocinera del establecimiento.
La estación de trenes del ramal que sólo es atravesado por vagones de carga está siendo ocupada por una familia. A pocos metros de allí hay una vivienda ocupada por Walter Torres (30), un albañil que viaja diariamente a Totoras en moto para cumplir con sus tareas.
Tranquilidad. “Vivir acá es tranquilo, es como un cementerio”, grafica el obrero que también hace referencia a necesidades insatisfechas como la falta de un dispensario de salud, un teléfono público e incluso una garita iluminada para tomar el colectivo en la ruta 34.
El edil de Totoras, Walter Raitieri, confió a este diario que en varias ocasiones se hicieron gestiones desde el Concejo de Totoras y desde el municipio ante Telecom para que instalen un teléfono. Los vecinos se las arreglan con los celulares.
Torres, oriundo de Calchaquí, vive en Larguía desde hace cuatro años. Un familiar fue quien le dijo que en la zona había trabajo. Contó además que cuando regresa “mata el aburrimiento criando gallinas y ovejas”.
En ese saldo negativo que es la escasez de servicio debe incluirse la falta de negocios de venta de comestibles. Los pobladores deben viajar a Totoras para comprar lo vital. Quienes no disponen de coche viajan en colectivo, otros toman taxi.
Picnics famosos. Matilde Victoria Gutiérrez (74) tiene una memoria prodigiosa. Nativa de Larguía contó a este diario que la situación actual del paraje “no es ni una sombra de lo que supo ser antes de que el desarrollo le diera la espalda”.
En efecto, un padrón de 1960 indica que el paraje llegó a tener 402 habitantes. Matilde recordó los famosos pic-nics organizados por la cooperadora escolar.
Con voz pausada Matilde relató que a esas fiestas asistía hasta el triple de la población existente. “Eran impresionantes, lo mejor que vivió este pueblo en muchos años”, resaltó.
Matilde fue portera y luego cocinera de la escuela hasta jubilarse. Acompañada por su esposo, Luis Matías (80), contó que no le faltan excusas para la diversión porque siempre hay personas dispuestas a conversar o jugar a las cartas.
Oscar Pérez, de 50 años, cuidador de la estancia La Bochita agregó que en esos años (principios de los ‘70) presenciaron show con Horacio Guaraní, Hernán Figueroa Reyes, Tarragó Ros y Coco Díaz. “Se hacía todos los domingos por un período de varios años. Era una fiesta. Había carreras de caballos, se jugaba a la taba, a las bochas y entrada la noche comenzaban los bailes. Llegaba gente de todos lados”, rememoró.
Negocios y progreso. Manuel Pérez, de 86 años, añora esos tiempos. Explicó que había panadería, carnicería, quintas, almacenes de ramos generales y hasta peluquería. “En esos picnics había caballos buenos y se apostaba bastante. Desde la mañana comenzaba el movimiento”, rememoró Manuel.
Manuel pasa sus días en la estancia La Bochita de Miguel Gorostiza. En las afueras de la explotación hay carruajes, sulkies y volantas, todas piezas bien cuidadas y de colección.
Cereal y trenes. “Ve esos galpones —contó otro de los pobladores, mientras señalaba hacia el ferrocarril—, estaban llenos de cereal y pasaban dos trenes de pasajeros, a las 8.45 y a las 16, eso es pasado. Hoy estamos desapareciendo”.
“Uno de los negocios era de Berreta, también estaba Rímini. En un momento acá hubo más de 700 habitantes. Hasta tuvimos una fonda en la que daban de comer a quienes estaban en el comercio de granos”, recordó Matilde, quien agrega “para hacer las compras pido por celular un remís y me voy a Totoras”. Matilde nació en la estancia La Bochita cuando sus padres eran empleados del lugar.
Larguía, apellido inventado. El maestro rosarino Cristián Hernández Larguía es descendiente de la familia que dio fundación al poblado. Consultado al respecto por el historiador de Cañada de Gómez, Gerardo Alvarez, el músico confió que “el origen de su apellido es inventado”.
Para avalar lo dicho, el músico se remitió a un amorío que mantuvo un obispo de la época colonial, de apellido Aguilar, con la hija de un cacique indígena. Contó que para que no lo persiguiera la Inquisición el religioso hizo valer sus influencias para cambiar el apellido de su hijo usando un “anagrama”. El maestro añadió un toque de humor “que se siente orgulloso de descender de un obispo”.
A mediados de la década del 60, el pueblo llegó a contar con unas 500 personas radicadas, pero esa cifra fue decayendo mientras desaparecían las fuentes de trabajo. Quienes hoy habitan Larguía dependen en materia de bienes y servicios de Totoras, ciudad que dista a unos cinco kilómetros.
Un pequeño cartel y un montecito de eucaliptos constituyen los únicos indicadores de que estamos por llegar. El ingreso es una calle de tierra que conduce a la estancia La Bochita. Luego se atraviesa el ramal ferroviario General Belgrano, y tras un codo en el camino aparece la calle principal donde se despliegan las casas y la escuela.
Ermita y soja. Una ermita con la imagen de la virgen María Auxiliadoras y la leyenda “Patrona del agro argentino”, con una plantación de soja de fondo, nos da la principal referencia de Larguía. Aquí casi todos dependen de la actividad agropecuaria.
Avanzando un poco por ese camino está la Escuela 705 Juan Enrique Pestalozzi, a la que concurren unos 25 alumnos del radio urbano y rural. Además de las clases, los niños reciben un desayuno y un almuerzo que es preparado por la cocinera del establecimiento.
La estación de trenes del ramal que sólo es atravesado por vagones de carga está siendo ocupada por una familia. A pocos metros de allí hay una vivienda ocupada por Walter Torres (30), un albañil que viaja diariamente a Totoras en moto para cumplir con sus tareas.
Tranquilidad. “Vivir acá es tranquilo, es como un cementerio”, grafica el obrero que también hace referencia a necesidades insatisfechas como la falta de un dispensario de salud, un teléfono público e incluso una garita iluminada para tomar el colectivo en la ruta 34.
El edil de Totoras, Walter Raitieri, confió a este diario que en varias ocasiones se hicieron gestiones desde el Concejo de Totoras y desde el municipio ante Telecom para que instalen un teléfono. Los vecinos se las arreglan con los celulares.
Torres, oriundo de Calchaquí, vive en Larguía desde hace cuatro años. Un familiar fue quien le dijo que en la zona había trabajo. Contó además que cuando regresa “mata el aburrimiento criando gallinas y ovejas”.
En ese saldo negativo que es la escasez de servicio debe incluirse la falta de negocios de venta de comestibles. Los pobladores deben viajar a Totoras para comprar lo vital. Quienes no disponen de coche viajan en colectivo, otros toman taxi.
Picnics famosos. Matilde Victoria Gutiérrez (74) tiene una memoria prodigiosa. Nativa de Larguía contó a este diario que la situación actual del paraje “no es ni una sombra de lo que supo ser antes de que el desarrollo le diera la espalda”.
En efecto, un padrón de 1960 indica que el paraje llegó a tener 402 habitantes. Matilde recordó los famosos pic-nics organizados por la cooperadora escolar.
Con voz pausada Matilde relató que a esas fiestas asistía hasta el triple de la población existente. “Eran impresionantes, lo mejor que vivió este pueblo en muchos años”, resaltó.
Matilde fue portera y luego cocinera de la escuela hasta jubilarse. Acompañada por su esposo, Luis Matías (80), contó que no le faltan excusas para la diversión porque siempre hay personas dispuestas a conversar o jugar a las cartas.
Oscar Pérez, de 50 años, cuidador de la estancia La Bochita agregó que en esos años (principios de los ‘70) presenciaron show con Horacio Guaraní, Hernán Figueroa Reyes, Tarragó Ros y Coco Díaz. “Se hacía todos los domingos por un período de varios años. Era una fiesta. Había carreras de caballos, se jugaba a la taba, a las bochas y entrada la noche comenzaban los bailes. Llegaba gente de todos lados”, rememoró.
Negocios y progreso. Manuel Pérez, de 86 años, añora esos tiempos. Explicó que había panadería, carnicería, quintas, almacenes de ramos generales y hasta peluquería. “En esos picnics había caballos buenos y se apostaba bastante. Desde la mañana comenzaba el movimiento”, rememoró Manuel.
Manuel pasa sus días en la estancia La Bochita de Miguel Gorostiza. En las afueras de la explotación hay carruajes, sulkies y volantas, todas piezas bien cuidadas y de colección.
Cereal y trenes. “Ve esos galpones —contó otro de los pobladores, mientras señalaba hacia el ferrocarril—, estaban llenos de cereal y pasaban dos trenes de pasajeros, a las 8.45 y a las 16, eso es pasado. Hoy estamos desapareciendo”.
“Uno de los negocios era de Berreta, también estaba Rímini. En un momento acá hubo más de 700 habitantes. Hasta tuvimos una fonda en la que daban de comer a quienes estaban en el comercio de granos”, recordó Matilde, quien agrega “para hacer las compras pido por celular un remís y me voy a Totoras”. Matilde nació en la estancia La Bochita cuando sus padres eran empleados del lugar.
Larguía, apellido inventado. El maestro rosarino Cristián Hernández Larguía es descendiente de la familia que dio fundación al poblado. Consultado al respecto por el historiador de Cañada de Gómez, Gerardo Alvarez, el músico confió que “el origen de su apellido es inventado”.
Para avalar lo dicho, el músico se remitió a un amorío que mantuvo un obispo de la época colonial, de apellido Aguilar, con la hija de un cacique indígena. Contó que para que no lo persiguiera la Inquisición el religioso hizo valer sus influencias para cambiar el apellido de su hijo usando un “anagrama”. El maestro añadió un toque de humor “que se siente orgulloso de descender de un obispo”.