LA REGIÓN

Un piloto de carreras que es ejemplo de superación personal y un orgullo para Chovet

Javier Zabica perdió la motricidad de sus piernas en un accidente. Con un auto adaptado volvió a las pistas y el domingo pasado levantó un nuevo trofeo

Jueves 24 de Diciembre de 2020

Javier Zabica es un ejemplo de superación personal y un orgullo para Chovet, el pueblo que lo vio nacer y lo tiene como uno de sus hijos pródigos. A casi tres años de un accidente que lo dejó parapléjico, y con un auto adaptado, este piloto de 44 años se dio el gusto de salir de nuevo a las pistas y quedar tercero en la competencia de su categoría, en el autódromo de San Nicolás. Para él, es un “volver a vivir, a sentirte útil, saber que podés hacer de nuevo al menos casi todo, y hacerlo bien”, dice con humildad el automovilista chovetense que ya había conocido el podio, pero que ahora lo hizo en esta nueva etapa que le toca vivir.

Zabica nació el 21 de diciembre de 1976. Viene de una familia de fierreros. Su padre, Jorge, un ex futbolista que abrazó el amor por el automovilismo, les inculcó este último deporte a sus cinco hijos, incluso a Gisela (hoy de 36 años), la única mujer de todos, que acompañaba al padre en las competencias. Diego, de 41; Cristian (40), Luciano (35) y Javier fueron o son pilotos.

La familia todavía guarda como un trofeo en el taller de Jorge una página de Ovación (La Capital) del lunes 26 de Julio de 1999, donde mostraba a Diego como ganador, junto a Jorge y Javier como escoltas, subidos al podio en la categoría Renault 850 (los famosos Gordini) en Bigand. “Todo quedó en familia”, decía la nota en letras resaltadas. Javier tenía por entonces 22 años y ya ganaba premios en la región.

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Lo Zabica, el 26 de julio de 1999. Una familia acostumbrada a ganar. Javier, jorge y Diego subían al podio en categoría Renault 850.

Lo Zabica, el 26 de julio de 1999. Una familia acostumbrada a ganar. Javier, jorge y Diego subían al podio en categoría Renault 850.

Es que el piloto se sumó a la pasión por el automovilismo cuando tenía apenas 15 años. “Arranqué por entonces manejando el auto de mi viejo, y cuando cumplí 18, mi madrina me regaló el primer Gordini, con el que empecé a competir”, recuerda hoy.

Su carrera como automovilista fue intensa desde entonces, con su participación en distintas categorías hasta 2018, al final en Turismo Agrupado Clase 2, que pone en pista autos Fiat 128 y 147 preparados para la competencia.

El accidente

Pero la desgracia no vino de la mano de los autos, ni de las competencias. Fue en un viaje de ocio, en que aprovechaban el fin de semana largo por la Semana Santa de 2018. El 31 de marzo de ese año, cuando viajaba en moto con su padre y dos hermanos por la ruta de las Altas Cumbres (camino a Traslasierra, en Córdoba) chocó de frente con un Toyota Corolla que se trasladaba en sentido contrario.

Fue en una curva, Javier no pudo evitar la colisión. Su cabeza golpeó el parabrisas del auto, lo que le produjo una seria lesión en la tercera vértebra dorsal y el consecuente aplastamiento en la médula espinal que le dejó paralizadas ambas piernas.

“Aunque se supone que no perdí el conocimiento, no tengo registro del momento del accidente. Es un lapso que se me borró. Cinco días después empecé a entender. Estaba internado y con una lesión grave”, recuerda.

Fueron un mes de internación y cuatro de rehabilitación en una clínica de Tanti, en la provincia mediterránea. Después vendría un proceso de recuperación en lo anímico y emocional que no resultó para nada sencillo. “Fue difícil insertarme nuevamente en la vida social. Me llevó tiempo hasta que empecé a juntarme de nuevo con amigos y conocidos. Cuando pasé el período de adaptación, volví a trabajar, a hacerme cargo de la empresa de aberturas de aluminio que había quedado en manos de un hermano”, rememora.

Ejemplo de resiliencia

Javier fue desde entonces un ejemplo de resiliencia, apoyado por una familia que mostró también una enorme capacidad de contención, apoyo y motivación. El verano 2018-2019, el padre y un hermano empezaron a entusiasmarlo para que volviera al volante. Es más, proyectándose un poco, podía regresar a las pistas, con un auto especialmente adaptado a su discapacidad motriz. “Ese verano, me pusieron una butaca en el lugar del acompañante para animarme a subir al auto. Salimos a dar una vuelta, y me sentí bastante bien”, cuenta.

El 31 de marzo de 2019, un año después del accidente, fue a probar un auto con algunos comandos improvisados en el ingreso a Chovet. “Fue como volver a nacer, imagínate, yo corrí hasta dos semanas antes del choque”, reflexiona.

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Con su cuñado, un amigo y su hermanos, en los los últimos retoques al Fiat 128.

Con su cuñado, un amigo y su hermanos, en los los últimos retoques al Fiat 128.

A partir de entonces empezó a pergeñarse el retorno a las carreras. Hablaron con el técnico de la categoría, Orlando Casado (fallecido este año), quien no puso reparos. Y comenzaron a hacer adaptaciones al auto de competencia. “Todo era a prueba y error, tardamos ocho meses en completarlo”, comenta.

De vuelta

La vuelta a las competencias fue en diciembre del año pasado, en Rosario, con un Fiat 128 adaptado. “Tengo un volante con tres aros. El del medio es el volante propiamente dicho, tiene un segundo aro detrás que funciona como acelerador y un tercero que activa el freno. Estábamos complicados con el embrague. Pusimos un switch en la palanca de cambio que activa un pistón neumático, el que a su vez acciona lo que sería la bomba de embrague, que es hidráulica. Para conectar el pistón tuvimos que poner un compresor pequeño. Con todo esto empezamos a hacer funcionar el Fiat”, explica. Después vendría el coronavirus y el parate que significó la cuarentena.

Pasó un año de aquél retorno. Fue el domingo pasado en el autódromo de San Nicolás, nuevamente en la categoría Turismo Agrupado Clase 2. En vísperas de su cumpleaños 44, Javier compitió en una carrera en la que participaron 32 automóviles. Alcanzar el tercer puesto fue el mejor de los regalos. “Cuando abrí la puerta, al final de la carrera, nos abrazamos con mi hermano. Y como le dije a él, esto me hace sentir útil de nuevo, es como que puedo volver a ser yo, porque aunque nunca dejé de serlo, tampoco pensé que podía volver a hacer casi todo lo que hacía antes, y al mismo nivel”, se emociona. Y agradece a sus hermanos, a “los chicos que armaron el auto”, y a su padre, que fue “el que nos inculcó este bichito a todos”.

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Las cartas echadas. Javier, ya en

Las cartas echadas. Javier, ya en "modo piloto", dentro de su auto adaptado, y listo para el podio.

El sentimiento alcanza también a su hermano Diego: “Ver todo esto desde afuera es inexplicable, una felicidad enorme. Desde el primer día le dijimos que volviera, y estamos atrás de él todo el tiempo“, dice.

Javier volvió a nacer: primero, tras aquel accidente que le pudo costar la vida; después, superando la adversidad como un acto de resurrección, exorcizando los demonios de aquella pesadilla; más tarde, con su retorno a las pistas, y al final, con este trofeo que el domingo pasado recibió nada menos que de manos del reconocido piloto (hoy retirado) Juan María Traverso, el Flaco. Doble triunfo, en el asfalto y en la vida.

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