Miércoles 22 de Marzo de 2023
Diez años de prisión es la condena a la que condenaron al beltranense Juan José Borda (34 años) por violencia de género sobre quien era su pareja, María José Díaz (28), a la que dio por muerta tras darle una terrible golpiza en el rostro y cuerpo, incluso utilizando un velador, lo que le provocó un traumatismo encefalocraneano que la dejó inconsciente, que fue lo que le hizo pensar en darla por muerta.
Esta situación sucedió incluso ante un hijo de ambos, que había logrado escapar de ese momento, el 27 de octubre de 2021.
Otra de las hijas de la mujer, una niña de 12 años, fue quien la encontró convulsionando luego de la huida del agresor y logró pedir auxilio, lo que salvó a la agredida, quien estuvo internada durante 48 horas recuperándose de las lesiones sufridas.
La pena fue impuesta en la jornada de ayer, y se ajusta a lo pedido por el fiscal Leandro Lucente durante la acusación, que finalmente dio lugar el juez Carlos Gazza, a cargo del juicio oral y público que se llevó adelante en Tribunales de San Lorenzo.
Los delitos imputados fueron “intento de homicidio doblemente calificado por el vínculo y por haberse perpetrado mediando violencia de género”.
Luego de tres meses, en febrero de 2022 la mujer, familiares, amigos, vecinos y organizaciones de mujeres habían hecho una marcha en la ciudad ante la versión de que se cambiaría la carátula, lo que finalmente no ocurrió, y debido a eso el juicio terminó ayer con la pena impuesta de 10 años de prisión.
“Vivía con temor”
“Tengo miedo de que mi ex me mate”, había dicho Díaz en esa oportunidad, e insistió: “Estamos con miedo. Mis hijos y yo estamos bajo tratamiento psicológico. Si lo sueltan, puede terminar con lo que quiso hacer aquella vez”.
La salvaje golpiza ocurrió en el marco de una seguidilla de hechos de violencia de género que padecía María José Díaz, y se produjo en el domicilio que la víctima habitaba con sus tres hijos, en Perdriel al 600, de barrio José Hernández. En aquella última vez, Borda fue al extremo de envolverla con un cubrecama, esconderla debajo de una cama y darla por muerta ante los ojos del pequeño hijo de ambos.