Jueves 10 de Febrero de 2022
El Club Barrio Quinta, de la ciudad de Capitán Bermúdez, fue robado y vandalizado el fin de semana último por enésima vez, presuntamente por algunos vecinos, según contó el secretario de la institución, Claudio Nicolini, a La Capital.
“Nos hicieron un desastre. Y no es la primera vez. Ya nos habían robado los reflectores de las dos canchas, los cables, hicieron un agujero en la pared y se llevaron una garrafa, un ventilador, camisetas, conos, pecheras, no dejaron nada”, narra con tanta bronca como desazón el dirigente de la flamante comisión directiva.
“El presidente, Pipino, se cansó de sufrir estos ataques y el año pasado dijo «basta». Por eso nos juntamos con un grupo, armanos otra comisión directiva y arrancamos este año de cero, con él de presidente, Joaquín Grippo de vice y yo de secretario”, contó Nicoloni.
El Club Barrio Quinta, por el barrio homónimo, situado “a la altura de la parada número 20 de la autopista Rosario-Santa Fe, 10 cuadras para adentro”, les da cobijo a unos 100 chicos de seis a 16 años, de la primera y la cuarta división de fútbol, y este año sumará el fútbol femenino, con el que duplicará sus deportistas. “Acá todo es hecho a pulmón: los técnicos no cobran, vienen a trabajar por amor a los chicos”, abundó Nicolini.
“La semana pasada habíamos empezado a construir el vestuario visitante, con la ayuda de varios padres de los chicos, y habíamos llegado a levantar las paredes hasta el techo, pero el fin de semana entraron a robar. Y no sólo nos robaron de todo sino que, además, nos hicieron daño, nos tiraron las paredes abajo por pura maldad”, narró el dirigente. Claro que este último no fue el único robo al Club Quinta, que sufrió uno de película la noche del Maracanazo, cuando Argentina le ganó a Brasil la final de la Copa América, con aquel golazo de Angelito Di María. “En esa época habíamos puesto una alarma, entonces a las nueve de la noche metieron un gato, sonó la alarma, fuimos con la policía y no pasó nada. A las 12 volvieron a meter el gato, volvió a sonar la alarma y otra vez fue la policía. Y a las 4 de la mañana hicieron lo mismo, pero esta vez no fue la policía, entonces aprovecharon para hacer un agujero en la pared y nos robaron todo. Era un viernes antes de una jornada, entraron al bufet y nos robaron la comida y la bebida. Fue un robo de película”, recuerda Nicolini. Increíble pero real, la saga de robos y ataques al club habría sido protagonizada por algunos vecinos, padres de muchos niños y niñas que son justamente ayudados por los dirigentes de la institución. “Vamos a buscar comida al Banco de Alimentos y les damos a los pibes, por eso es increíble que después los padres de algunos, o sus vecinos, vengan a robarnos y a romper todo”, reflexiona el secretario.
La historia del club tiene otro punto negro, como el juicio de de-salojo que los dirigentes siguen al hijo de un ex presidente de la entidad, que se niega a desocupar la casa del sereno, situada dentro del predio. “Teníamos una casa en el club para el sereno, que fue usurpada por el hijo del ex presidente, que tiene una pared que da a los vestuarios donde ocurrieron los robos, pero él dice que no oyó nada”.
Las imágenes de la injusticia y el sinsentido se repiten en la película del Club Quinta, donde los pibes sólo “tienen ocho pelotas para las cuatro divisiones, porque valen 3.500 pesos”, en un paisaje tan humilde que “a las botellas de agua las usan también como conos”.
En este paisaje medio de tamaña desolación, el presidente “Pipino” Medero publicó en su Facebook un mensaje tan crudo como la realidad: “Cuesta tanto levantar un edificio con pulmón y corazón y con tanto poco corazón te tiran abajo. Robos muchos y destrozos totales. Te quitan el sueño que uno soñó para ellos mismos”. Y remató con un lema esperanzador: “Con Club Barrio Quinta no bajaremos los brazos jamás”.