Rosarinos por el Mundo

La pareja que cambió las aguas del Paraná por las del río Uruguay

Roberto Ross y Nadia Grau hace nueve años partieron en dos una casilla de obrador, la cargaron en un camión e instalaron su primera casa en El Soberbio, Misiones

Lunes 06 de Julio de 2020

¿Por qué dos rosarinos que aman el río, remar y acampar en la isla deciden irse a vivir a 1200 kilómetros de distancia y cambian el río Paraná por el Uruguay? El secreto parece estar en una vieja leyenda misionera que asegura que en la selva hay espíritus que embrujan a la gente con su belleza y ya no la suelta.

Algo de eso debe ser verdad si se conoce la historia de la pareja de Roberto "El Toba" Ross, de 36 años y restaurador de embarcaciones y Nadia Grau, de 35, trabajadora social. Hace nueve años recorrían la rojiverde Misiones en moto y leyeron un cartel que indicaba un destino desconocido por ellos: "El Soberbio", un poblado a unas cuatro horas al este de las Cataratas del Iguazú, también con cataratas pero más pequeñas y bellísimas conocidas como los Saltos del Moconá, dentro de la Reserva de la Biosfera Yabotí.

Les atrajo el misterioso nombre del poblado y hacia allí fueron. Un rincón del mapa de Argentina donde viven 6 mil habitantes, pegado a Río Grande do Sul (Brasil). Esa vez pasaron el año nuevo y quedaron hipnotizados por el encanto de la vegetación, las cascadas y la vida reposada de la gente que habla portuñol.

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Volvieron a Rosario en su moto de 220 cilindradas. El Toba cortó con una motosierra una casilla de obrador de seis metros por dos que no entraba en la caja de un camión. Se mudaron. Hoy tienen dos hijos, Justo, de 7 años y Jacinto, de 3; cuatro gatos, dos perros, una huerta y una cabaña-hostería cerrada por la pandemia en un terreno que termina en el arroyo El Soberbio.

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En la zona se conocen las heladas mañaneras y los días en que la lluvia cae a balde como la semana pasada donde el pueblo por este motivo quedó dos días sin luz. Los veranos son húmedos y llegan a los 41 grados y la siesta es casi obligada. Es que al que no la respeta, según otra leyenda, "un duende rubio de nombre Yasi que silba como el pájaro yasiyateré, lo hace perder en el monte y lo atonta".

En El Soberbio el trabajo no abunda, pero todos se cuidan del coronavirus como en el resto del país: con barbijos y alcohol en gel. Y esta familia rosarina transita su cuarentena en espacios varias veces más amplios de los que podrían haber habitado en Rosario. Dicen que en El Soberbio no hay razones para el consumo excesivo ni dobles filas de autos, sí carros tirados por bueyes.

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De Rosario, El Toba y Nadia extrañan afectos y un sistema de salud mucho más avanzado que el de la zona donde viven (para una urgencia o alta complejidad hay que viajar a Oberá, a 152 kilómetros o a Posadas: a 238 kilómetros de distancia). Pero también añoran remar por las islas entrerrianas y el ancho y caudaloso Paraná.

Aunque siguen contentos de haber adoptado el destino misionero para sus vidas. Lo que aún no saben es si se quedaron por propia elección o por el embrujo de los espíritus de la leyenda. Ahora que son tres rosarinos allí (Justo nació en esta ciudad) y un misionero, cuentan cómo viven en ese lugar del mundo.

Viajar como sea

El Toba y Nadia, como no podía ser de otro modo, se conocieron en las islas frente a esta ciudad. Los unió el contacto con la naturaleza, la pasión por navegar en kayack y viajar como sea: en bicicleta, bote, camión, auto, a dedo o moto.

"Mi abuelo tenía una guardería náutica en La Fluvial, mi papá fabricaba lanchas por hobby y a mí siempre me gustó remar. Tuve un rancho en la isla que desarmé para armarnos nuestra casita en El Soberbio", cuenta él, ex vecino de Nuevo Alberdi, con una hija de 14 años en Rosario que se llama Irupé, otro rasgo ribereño.

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El hombre cuenta que sólo se escolarizó hasta segundo año del secundario. "En un momento dije que no quería estudiar más y no seguí: trabajé en el galpón de mi papá", recordó El Toba dando a entender que en su familia se seguía el tradicional lema de las clases medias argentinas: "Acá se trabaja o se estudia".

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Nadia , en cambio, había estudiado en la facultad y trabajaba dictando talleres de memoria con adultos mayores en hospitales, centros de salud y el Pami. Y así cada uno por su lado anduvo hasta que se unieron. Comenzaron a viajar y llegaron a la tierra de guaraníes, yerba mate, tabaco, jangaderos, colonias polacas y alemanas.

"La gente del lugar nos decía: 'vengan a vivir acá que hay terrenos baratos y lindos´y tenían razón, ahora mientras hablamos estoy sentado mirando el arroyo desde la puerta de mi casa, esto es hermoso", cuenta.

Varias familias jóvenes se instalaron como ellos, incluso algunas son rosarinas. "Y no nos conocíamos", dice El Toba en diálogo con La Capital.

_¿De qué viven ahora que no pueden trabajar en el hostel?

_ Hago changas de albañilería, arreglo embarcaciones o les hago mantenimiento a los gomones del Moconá. También trabajo en la huerta: acá todo lo que plantás crece, desde bananas y frutos silvestres hasta mamón, jenjibre cúrcuma y plantas de café. Este es uno de los pocos pulmones verdes que queda en el país si bien la tala es incesante.

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Nadia en cambio transformó los talleres de adultos mayores de Rosario en talleres lúdicos para niños en las escuelas de El Soberbio.

_¿Cómo juegan los nenes y nenas en este rincón de Misiones?

_Bastante distinto que en la ciudad. Acá hay mucha influencia de la iglesia evangélica y no se ve bien jugar, cantar y bailar por fuera de la actividad de la Iglesia. Es un desafío. Pero lo interesante es que la mayoría de las escuelas son rurales y las clases de educación física son mixtas, así que las nenas juegan al fútbol desde pequeñas y muy bien en El Soberbio.

Lo bueno y no tan bueno

Tanto uno como otro hablan de tranquilidad y seguridad. "En este lugar aún dejás la casa abierta varios días y no pasa nada", dice él. Y ella agrega: "Los chicos van solos a la escuela desde primer grado, y algunos caminan bastante. Yo no me animo tanto con los míos debe ser un rasgo que me queda de una ciudad grande".

También apuntan algunas cosas negativas, ya que el paraíso no existe si bien Misiones se parece bastante.

"Falta un sistema de salud actualizado", remarca El Toba ya que en el hospital de El Soberbio no se atienden ni partos ni urgencias. "Mi hijo más grande _recordó Nadia_nació en Rosario y el menor, en casa". Ambos apuntaron también a una problemática crítica y típica de una zona fronteriza como la trata de personas y la venta de bebés.

El lugar está cobijado por el verde de los altos alecrínes, el amarillo de las flores de la caña fístula, el codiciado guatambú, redondeados peteribíes, el incienso y el cedro. El mate amargo es tradición tanto como el reviro o "pan de los pobres" (una receta típica de misiones: una masa frita en olla de hierro y desgranada que puede comerse dulce o salada) y para las visitas los Saltos del Moconá de 3 kilómetros de frente y de hasta 10 metros de altura son un destino ineludible. "Siempre que se dejen ver", advierte El Toba.

Porque a diferencia de las Cataratas del Iguazú, estos saltos de agua turbulenta a veces quedan tapados por más agua.

Los puede cubrir el caudal del río Uruguay o la crecida del cristalino arroyo Yabotí (así se llama la tortuga de la zona) que tapa el único puente que permite cruzar hacia ellos.

"También se ven si hay sequía como cuando se registró la histórica del año pasado, pero si crece el arroyo se corta el paso y se suspenden los paseos. Para muchos es una desilusión pero nosotros creemos que también los saltos deben descansar un poco", aclara El Toba.

Hay que andar 70 kilómetros desde El Soberbio por asfalto hasta el embarcadero Piedra Bugre de donde parten las lanchas a los saltos. Hay un paseo corto de 15 minutos y otro paseo de dos horas.

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"A nuestro hostel han venido todo tipo de viajeros. Los franceses son los extranjeros que más preguntan por el Moconá", dice El Toba, mientras Nadia lo escucha y prepara con parsimonia panqueques con dulce de leche para la merienda de sus hijos a quienes se los oye jugar en su chacra.

La casilla que mudaron desde Rosario se reconvirtió en una casa recubierta en madera y con recibidor bajo techo y ellos se mucadon a una casa que se hicieron más confortable para compartir con los chicos.

El terreno no tiene lujos materiales pero sí la gracia de 3 hectáreas con bajada al arroyo todo lo construido hecho por la pareja y algunos amigos que nunca faltan para ayudar.

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"La cuarentena te cambia el ritmo de vida, aunque nosotros no la sufrimos: vivimos en cuarentena permanente, los chicos se sienten libres, andan en bicicleta sin riesgos, juegan", se sonríe la mujer que estuvo en la jornada plantando sandías y melones mucho antes de agosto porque "el tiempo indica que por ahora no habrá heladas".

_¿Qué cosa importante aprendiste en este pequeño poblado?

_A ser madre, a criar a mis hijos. Siempre pienso que si viviera en una ciudad como Rosario tendría que contar con gente que me ayude a cuidarlos mientras trabajo, acá no es necesario, los dos hacemos de padre y madre, acá todo está a mano, hay otro tiempo y es cierto que el lugar que atrapa.

Rosarinos por el mundo que echaron raíces en Misiones quizá por una vieja leyenda de la selva.

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