libro

"La oposición juega a hacer equilibrismo sobre un hilo de coser"

Mario Riorda | Bío | Obtuvo el premio Alacop en la categoría "Mejor aporte a la democracia". Fue ganador de los Victory Awards en 5 ocasiones y de 2 Eikon de oro por el desarrollo de estrategias de comunicación política

Domingo 15 de Noviembre de 2020

Mario Riorda, polítólogo, y Silvia Bentolila, psiquiatra, publicaron un libro urgente sobre la urgencia: "Cualquiera tiene un plan hasta que te pegan en la cara". Pero una urgencia que dejará efectos directos y colaterales. “Trata de política, comunicación, medicina, psicología y para muchos, aunque suene raro, es también un libro de autoayuda”, dice el profesional, nacido y criado en Córdoba, que, ahora, recorre aeropuertos.

   En una entrevista a fondo con LA CAPITAL , Riorda analiza también la resiliencia tan ncesaria en tiempos de crisis múltiples, pero no le esquiva el bulto al trazado político argentina. Para él, el gobierno tiene un voluntarismo peligroso, pero la oposición quiere hacer equilibro: “Juega a hacer equilibrio en un hilo de coser”. Lo mejor es no detenerse en introitos y leer al autor del libro.

   —Si pudiera definir en pocas palabras de qué va su libro, ¿qué diría?

   —Es un espejo para reflejarnos como personas o ciudadanos y saber si aprendimos de los golpes duros de la vida. Tenemos planes y metas, siempre mirando el futuro. Pero, en un segundo, las rutinas, la estabilidad se interrumpen abruptamente. ¿Quién no atravesó situaciones críticas? ¿Quién no vivió hechos traumáticos? Un divorcio, un accidente, una quiebra comercial, un robo, un fracaso, una infidelidad, la muerte de un ser querido, un escándalo, crisis sociales y económicas, pandemias. Por eso es la mezcla de miradas de una médica psiquiatra, Silvia Bentolila, que ha trabajado en situaciones de desastres, con un politólogo especializado en comunicación política. Vivimos profesionalmente en esos ambientes descriptos. Trata de política, comunicación, medicina, psicología y para muchos, aunque suene raro, es también un libro de autoayuda porque se vuelve totalmente introspectiva su lectura y aporta elementos para que cada crisis no nos deje tanto a la intemperie.

   —Estados Unidos pareció dejar en manos de Trump un experimento a cielo abierto, pero salió mal. ¿Esa debacle vuelve las cosas a su “normalidad”?

   —La derrota de Trump hace un poquito mejor al mundo, nada más. Su egoísmo paranoide hizo de su gobierno una democracia espectáculo que destapó una olla a presión sobrecargada de prejuicios. Con Trump y varios de sus socios internacionales se acabó lo políticamente correcto. Estamos en un mundo de aceleraciones, pero muchas de ellas son verdaderos rescates o restauraciones de lo peor de los prejuicios del siglo pasado. Trump vino a poner en duda que lo logrado en términos de derechos sea algo permanente. Si nuestra casa tenía problemas, en vez de arreglarla, Trump directamente le sacó sus cimientos. ¿Se puso a pensar que es y será lo normal para usted desde ahora?

   —¿Cualquiera tiene un plan menos Alberto Fernández?

   —Qué nos decían algunos pronósticos sobre las crisis del siglo XXI: grandes impactos y grandes poblaciones afectadas; costos económicos muy altos; problemas combinados sin precedentes; dinámica de bola de nieve; sistemas de emergencia que reaccionan con el pie equivocado; incertidumbre extrema; amenazas que se transforman con el tiempo; gran número de actores y organizaciones que irrumpen en escena; problemas críticas de comunicación. Esto lo uso para dar clases hace años. El voluntarismo personal no alcanza para gobernar, la ideología orienta decisiones pero no aporta políticas públicas ni nuevas respuestas. La idea de plan como un propósito que de sentido al gobierno, pandemia mediante, crisis económica y social heredada mediante, y con respuestas de gestión que no conforman, está desdibujada. Pero aquí me cabe otra reflexión concomitante dirigada a la otra vereda: el oportunismo e irresponsabilidad de muchas posturas de la oposición son deleznables, hipócritas e irresponsables. Juegan a ser equilibristas sobre un hilo de coser.

   —Cómo evalúa la salida electoral de este desastre llamado pandemia y la crisis económica.

   —Por ahora es una incógnita. Dependerá del nivel de solidez de las coaliciones. Las tensiones del oficialismo no amenazan tempranamente con rupturas electorales, pero sí erosionan la figura presidencial y, plebiscitariamente hablando, no es buena señal. También es una incógnita si la colección de descontentos sobre los que se posa la principal coalición oposición terminará “agregándose” en una misma oferta electoral. No se sabe si la radicalización conservadora autodenominada “libertaria” crecerá, más allá de una presencia mediática impactante, lo que le restaría votos desde la derecha a Juntos por el Cambio. El centro, en cambio, está para cualquiera. Si la grieta permanece con la virulencia actual (todo indica que sí), no habrá grandes migraciones respecto del último voto presidencial.

   —En la crisis de 2001 se creía en el poder del pueblo, mediante asambleas barriales. Hasta eso se perdió. ¿La gente ya no cree en su propia movilización salvo los macristas con los mitines de fin de semana largo?

   —Las movilizaciones sí son un signo de época y las respeto más que a nada. Las crisis son la constante. Creo que fue lo que nos decidió a escribir el libro inicialmente con Silvia. La región atestigua eso. Como decía Manuel Castells, son wikirevolutions, manifestaciones donde cada persona lleva su cuota parte de descontento e insatisfacción, su pedacito de enojo.

   —La administración de la pandemia pareció un desastre. Se entró a la cuarentena con 30 casos y se sale con miles. ¿Qué pasó?

   —Se ubicó al liderazgo en un tono triunfante peligroso, como un domador exitoso de una bestia incontrolable. En vez de generar concientización del riesgo y construir socialmente esa percepción, el gobierno se autocelebraba y se mostró como liderazgo modelo para gestionar la crisis. Le gustó mucho militar la crisis cuando la fragilidad sanitaria era evidente, no sólo en Argentina, sino en toda América latina. Aunque hubo lugares con colapso sanitario, al menos el tiempo sirvió para aumentar las capacidades de gestión en el país y eso es bueno.

   —¿Cómo analizas la estrategia de comunicación del gobierno, si tal cosa existe?

   —La comunicación política es la propia política expresada en su faz pública. Los problemas políticos son a su vez manifestaciones comunicacionales de los que destaco 3 elementos centrales. 1: no hay comunicación como sistema, el propio presidente es el sistema. 2: Si el mandato del presidente es tender puentes, no mostrar un puente sólido con la líder de su espacio es una contradicción esencial. 3: la gestión comunicacional del riesgo fue más voluntarista que profesional.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS