La ciudad

Ventajas y desventajas de habitar en un sector neurálgico e histórico de la ciudad

Tres vecinos cuentan la experiencia cotidiana de vivir en el centro: cercanía con parques, comercios, sitios de cultura y entretenimiento pero más gastos, manifestaciones y hasta cortes de gas en los edificios

Domingo 13 de Junio de 2021

Tres vecinos del área central cuentan su experiencia cotidiana en propiedades de distintas características, desde un sitio emblemático como la Casa Fracassi en Corrientes y San Luis al quinto piso de una torre frente a la plaza 25 de mayo y un departamento de pasillo de la década del 50, a metros de la Municipalidad. Cercanía con parques y espacios verdes, el río Paraná, comercios, sitios de cultura y entretenimiento, pero más gastos, ruidos por manifestaciones y hasta cortes de gas en los edificios sobresalen en el relato de quienes habitan un sector neurálgico e histórico de la ciudad. Cómo es vivir en el centro, en primera persona.

Un balcón desde donde contemplar la historia

En 1976, a poco de casarse, la escritora Marta Ortiz se mudó con su esposo al quinto piso de un edificio a estrenar en Córdoba al 700. El primer cumpleaños en el nuevo hogar fue el 30 de marzo, a menos de una semana del Golpe de Estado; lo recuerda especialmente porque una amiga que fue a visitarla no pudo llegar. Un soldado le cerró el paso en la esquina de Laprida y Córdoba, entonces la joven la llamó desde uno de los teléfonos públicos que estaban en la peatonal y Marta se asomó al balcón para saludarla. A ese mismo balcón, 44 años después, lo nombra “mi atalaya, mi finis terrae” en un poema escrito y editado en plena pandemia. Es que desde allí se conecta con el exterior el departamento donde nacieron sus tres hijos, dos de las cuales viven ahora fuera del país. Fue también el pequeño territorio desde donde vio llegar a las primeras madres y abuelas de desaparecidos a la plaza 25 de mayo, y bajó para acompañarlas. La propia plaza se metió en su vida y en su escritura, al punto que en 2009 publicó el libro de poemas “Diario de la plaza y otros desvíos”.

“Los árboles crecieron mucho, lo que me da la pauta del paso del tiempo. A la calle Santa Fe no la llego a ver, solo en invierno la aprecio bien”, revela Marta, que ama los árboles. El cambio del color de las hojas de los plátanos también le avisa sobre la marcha de las estaciones.

Siempre me resultó muy cómodo vivir acá porque tengo todo a mano, aunque también es más caro. La cercanía del río es un plus impresionante y en este momento un gran desahogo, además de la avenida Belgrano y los lugares donde hay actividades culturales, algo que a mí me interesa mucho”, agrega la profesora y licenciada en Letras, no obstante ahora los intercambios artísticos y de su taller de escritura pasan por el ciberespacio.

“A lo largo de los años la peatonal se acomodó varias veces, desaparecieron las casillas de teléfono y cambiaron los kioskos de diarios. Con cada crisis del país vi cerrar y abrir montones de negocios”, evoca Marta, que de chica llegaba al centro en colectivo desde el extremo sur de la ciudad. “Venía desde el Saladillo con la C, a hacer compras porque en mi barrio no había tantos comercios, y después también a estudiar en la Facultad de Humanidades. Me llevaba media hora más o menos”, calcula.

“En esta casa nacieron mis tres hijos: hicieron toda su infancia y adolescencia acá, sus actividades escolares y extraescolares como danza e inglés”, señala la poeta, que ya es abuela y hoy vive con su hijo Agustín. “Es un lugar estratégico”, se congratula aunque por estas horas lamenta las complicaciones derivadas del corte en el suministro del gas. “Nos cortaron el servicio en marzo porque hay que hacer unas adecuaciones a las nuevas normativas. Lo sorprendente es la cantidad de edificios que están en la misma situación en la zona, ¿serán todos de la misma época?”, se pregunta, mientras acomoda artefactos eléctricos que debió conseguir en la emergencia.

Desde el advenimiento de la democracia, habitar en diagonal al Palacio de los Leones, donde funciona la Intendencia, tiene sus implicancias. “Ahora hay pocas manifestaciones pero en épocas normales sucede de todo por estos lados: tenés bombos y bombas a las 8 am, además de gomas quemadas”, subraya Marta Ortiz sobre un detalle muy poco recomendable para su alergia. Sin embargo, nada se comparó con el humo proveniente de la isla en 2020. “Estábamos con las ventanas cerradas, el olor era nauseabundo”, dice todavía con un dejo de sufrimiento en la voz, que enseguida se diluye con el aire fresco de junio.

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La escritora Marta Ortiz vive en una torre frente a la plaza 25 de mayo, desde su balcón vio llegar a las primeras madres y abuelas de desaparecidos.

La escritora Marta Ortiz vive en una torre frente a la plaza 25 de mayo, desde su balcón vio llegar a las primeras madres y abuelas de desaparecidos.

Cómo es vivir en una casa centenaria y emblemática

Uno de los edificios emblemáticos del centro rosarino es sin duda la Casa Fracassi, construida en 1925 a pedido del médico Teodoro Fracassi por Ángel Guido en la esquina de Corrientes y San Luis. “Yo nací acá, ahora vivo en la casa más chica que igual es grande. Silenciosa y oscura, pero con patios internos, es caliente en invierno y fresca en verano”, cuenta Alejandra, la nieta de Teodoro, quien durante tres décadas habitó en La Florida y cinco años atrás volvió “al barrio”.

El inmueble, que históricamente tuvo la planta baja en alquiler, es enorme. En el primer piso se cuentan tres viviendas (a una se entra por la calle San Luis, a las otras por Corrientes) y en el segundo piso -que ahora es una sola planta- originalmente había dos casas de familia. La terraza, a la que Alejandra de chica llamaba “la torre”, también se utiliza. “En el segundo piso vivían mis abuelos y mis padres, mi papá es el más chico de tres hermanos y vino acá con un año. Nos criamos todos juntos, con mis abuelos y mis primos”, sigue la mujer, de 68 años, que todavía recuerda las faenas cotidianas en su infancia, cuando la leche y la soda llegaban a domicilio, los mateos paraban en la plaza Sarmiento -a la que los rosarinos nombraban “Santa Rosa”- o pasaba un carrito vendiendo jugo de naranja exprimido.

Antes de la pandemia, en el último nivel se hacían recorridas y actividades, sobre todo culturales, por el alto valor patrimonial del inmueble, dividido en propiedad horizontal entre los descendientes de Teodoro Fracassi. “Y muy difícil de mantener”, acota su nieta Alejandra: cada vez que debe arreglar algo se ve obligada a contactar a restauradores y artesanos.

Mientras mis hijos eran chicos me fui a La Florida pero con los años dejé de manejar y estar allá sin manejar era una complicación porque todo me quedaba lejos, además de que trabajo en la zona sur”, recuerda la mujer, que se desempeña en un centro de día. “Justo se desalquiló la casa y le dije a mis hijos: ‘Vuelvo al barrio’. Acá hay gente que conozco de toda la vida y eso me encanta”, declara, desde el primer piso del edificio que parece un palacio.

“Es un lugar de mucha actividad, una esquina muy controlada, aunque por San Luis hay mucho raterismo porque la vereda es muy angosta. La Municipalidad autoriza puestos de venta entre los que no hay distanciamiento, además de que falta infraestructura para quienes trabajan allí. Los veo comer sentados en los umbrales y no sé adónde van al baño. No parece una buena idea”, denuncia.

También dejó de llevar a su perra a la plaza Sarmiento “porque hay mucha gente sin barbijo”. Si bien está conforme con los arreglos de ese tradicional espacio público, se lamenta de lo que denomina “destrozos en la fuente”. “Hicieron un mamotreto y se llevaron los patos que la decoraban”, se queja. “Creo que una ciudad debe tener memoria histórica, algo que acá no se respeta aunque se diga que sí. El pasado forma nuestra identidad con sus virtudes y defectos”, opina y aclara: “No es una virtud vivir en una casa histórica sino un inconveniente porque todo es complicado. De todos modos es lo que elegí y no me arrepiento: me gusta vivir adonde vivo”.

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Alejandra Fracassi vive en el primer piso de la casa que su abuelo le encargó a Ángel Guido hace casi cien años, frente a la plaza Sarmiento

Alejandra Fracassi vive en el primer piso de la casa que su abuelo le encargó a Ángel Guido hace casi cien años, frente a la plaza Sarmiento

Cuando tu patio es el Monumento a la Bandera

Me encanta el centro, tengo todo cerquita. Soy profesor y contador: mis clientes están por acá y voy a verlos caminando; tengo el río a una cuadra, muchos parques, cines, comercios. Estoy muy cómodo”, cuenta Guillermo Páez desde una casa de pasillo de los años cincuenta ubicada en Santa Fe al 600, frente a la Municipalidad y al lado de la plaza Sicilia (que hace esquina con Buenos Aires). Allí reside desde 2007 junto a otras 12 familias que se organizan para administrar el espacio, por lo que son exiguos los gastos centrales, a contramano de lo que le sucede a la mayoría de los vecinos del área central, que deben pagar altos costos en concepto de expensas. Otra diferencia es que justo en esa cuadra no hay estacionamiento medido, un gasto extra de los frentistas con vehículo y sin garaje (obligados a pagar por dejar el auto frente a su domicilio o contratar una cochera, cuyo precio mínimo hoy ronda los cuatro mil pesos mensuales).

De chico venir al centro desde Arroyito era venir a otro mundo, a la avanzada. Llegábamos con mi mamá los sábados a hacer compras y a dar un paseo, además de que estudié la secundaria en el Superior de Comercio y la facultad en Ciencias Económicas. Recién después de recibirme mi mamá se mudó al centro”, se ríe. La zona en la que reside con su pareja pertenece al casco histórico pero él la percibe como un barrio. Como el departamento da al oeste casi no escucha ruidos, dice, salvo los correspondientes a “los gajes del oficio”, en referencia a las protestas habituales frente al municipio. En cambio desde su terraza sigue los espectáculos que se ofrecen en el Monumento y en el Parque Nacional a la Bandera. “El Monumento es como el patio de mi casa”, admite con naturalidad.

Guillermo cuenta que algunos amigos se mudaron oportunamente a las afueras de la ciudad e incluso a countrys pero terminaron volviendo para que sus hijos estuvieran más cerca de las actividades que realizan y/o por seguridad. “Yo no me iría lejos”, avisa. “Cuando era adolescente en los ochenta y llegaba tarde a Arroyito en colectivo no recuerdo estar preocupado ni que mi familia lo estuviera tampoco, además de que los vecinos de entonces estaban en la puerta incluso de noche. Hoy amigos que viven en los barrios alambran cuando vuelven los chicos”, comenta y se decepciona porque ve al centro “poco explotado y poco cuidado”. Lo recomienda para que vaya a vivir gente joven.

Su casa está en un punto estratégico y seguro, de allí que en la prepandemia, cuando eran habituales las reuniones, fuera elegida como punto de encuentro entre sus amistades. El departamento tiene dos dormitorios y una terraza propia con glorieta en la que Guillermo instaló un asador. “A mí me gusta lo antiguo y bien cuidado”, aclara, y cuenta que fue arreglando la unidad, de 1956 y cuya construcción de por sí “es muy buena, no he tenido problemas de humedad”. La descubrió porque trabajó unos años en el consulado de España, en la otra cuadra, y un día vio el cartel de venta en el pasillo que se adentra en la manzana en dirección a San Lorenzo. Negociación mediante y un crédito obtenido en otro momento económico del país le permitió acceder a la vivienda propia (antes alquilaba). Un sueño que en la actualidad se ha vuelto muy difícil o inalcanzable para una abrumadora mayoría.

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En el pasillo de Santa Fe al 600 viven 13 familias. Protestas frente a la Municipalidad y espectáculos en el Monumento son gajes del oficio, dice uno de los vecinos.

En el pasillo de Santa Fe al 600 viven 13 familias. Protestas frente a la Municipalidad y espectáculos en el Monumento son gajes del oficio, dice uno de los vecinos.

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