La ciudad

Unas 120 familias de Rosario subsisten urgando en el basurero de la ciudad

Trabajan entre máquinas y camiones que más de una vez les provocaron accidentes, además de cortes en manos y pies que admiten como “cosa de todos los días”.

Sábado 18 de Abril de 2015

Son unas 120 familias. Trabajan y sobreviven con la basura. Con autorización del municipio, se presentan día por medio, entre las 8 y las 17.30, en el relleno sanitario Bella Vista, en el sector donde se desechan montañas de materiales inertes. “Vivimos de revolver esa basura”, cuentan. Buscan lo que pueden vender entre escombros, restos de poda y escamonda, plásticos, metales y cartones, y con eso intentan juntar unos 350 pesos que les permita “tirar dos días”. Trabajan entre máquinas y camiones que más de una vez les provocaron accidentes, además de cortes en manos y pies que admiten como “cosa de todos los días”.

   La mayoría son carreros de los barrios Godoy, La Lagunita y Vía Honda, y temen perder su medio de vida.

“Ahí (por el relleno sanitario)cada vez mandan menos y peor basura, eso hace que haya menos para que nosotros podamos rescatar y eso significa menos ingresos para nuestras familias”, explican casi a coro.

   Ahora se suma la aplicación por parte de la Municipalidad de la ordenanza que prohíbe la tracción a sangre en toda la ciudad, una medida que los visibilizó en pleno centro rosarino el mes pasado, cuando plantearon su negativa y prometieron seguir resistiendo la aplicación de esa normativa.

   El relleno Bella Vista ocupa 35 hectáreas en Uriburu 811, en la zona oeste de la ciudad, donde actualmente ingresan a diario 350 camiones de residuos y 200 de ellos son justamente de materiales inertes.
Este tipo de residuos comenzó a disponerse en ese lugar en 1997, e incluye restos de obras, tierra, escombros y restos de poda y escamonda.

Entre esas montañas de basura los recolectores informales buscan plásticos, metales, cartones y papel que puedan rescatar y revender.

Los inicios. Reunidos en la esquina de bulevar Seguí y Provincias Unidas, los recolectores más viejos cuentan que comenzaron a entrar informalmente con sus carros al basural a fines de los años 90, al poco tiempo de que los materiales inertes comenzaron a arrojarse, y la crisis de 2001 incrementó su presencia.

“Ahí llegaron a ser más de 150 familias las que íbamos a buscar entre la basura del relleno, ahora somos un poco menos, unas 120 ”, recuerdan.

   “Primero se entraba al lugar de contrabando, por la miseria que había, de puro coraje, porque nos querían echar y había que escaparse”, cuenta José Mario Funes, al que todos conocen como Tato. Y José Elizondo, que también estuvo desde el principio, recuerda que “después de un tiempo nos dieron una credencial y, sin eso, no puede entrar al relleno”.

   Ahora cada uno tiene la suya, con número de registro, número de documento y nombre, que los habilita a ingresar al “Area de inertes”.

El total de personas autorizadas se divide en dos grupos y así cada uno puede entrar día por medio, entre las 8 y las 17.30.

“Te toman asistencia como si fuera un trabajo, y si faltás un tiempo, te suspenden”, dice Raúl Paiva.

   Ninguno trabajó de otra cosa. “No lo hacemos porque queremos, es lo que podemos hacer”, dice Tato, y agrega en tono irónico: “Acá hay mancos, tuertos y rengos”.

Todos llevan una vida arriba del carro y los días que no van al relleno andan con el caballo por “donde se puede”, intentando esquivar a la policía y a los inspectores de Control Urbano. “Siempre se termina armando lío porque te quieren sacar el carro y el caballo”, afirman.

Accidentes. Apenas un baño químico y nada de asistencia es lo que los recolectores encuentran a diario en el predio.

Y el trabajo entre camiones que descargan materiales, máquinas y palas mecánicas, se vuelve peligroso.

   “Te cortás y te las tenés que arreglar. No hay nadie que te asista”, cuenta Tato. Casi todos tienen cicatrices. Los cortes en las manos, los clavos en los pies son cosa de todos los días. Pero a veces la situación se agrava.

   “Mi mamá perdió casi todos los dedos de una mano cuando el camión descargaba, y se tuvo que ir sola al hospital”, cuenta Mario Gutiérrez. Su madre, Griselda, se accidentó en 2010 y él empezó a ir al relleno en su lugar.

   Ariel tiene una discapacidad en una mano y desde siempre vive de la recuperación de basura. Cuenta que en 2009 su cuñado, Sergio, falleció en el lugar cuando llevaba un saco de basura al hombro. “Se le vino un camión encima y lo aplastó”, relata. Ese mismo año a otro muchacho sufrió una quebradura en la columna y un tercero también sufrió lesiones graves al ser golpeado por un camión.

Subsistir. Pese a los riesgos, siguen entrando todos los días. “La basura es plata, es el modo que tenemos de subsistir”, dicen y explican que para hacer unos buenos pesos por día tienen que “agarrar un poco de cada cosa”. Eso significa juntar algo de cartón, chatarra, plástico para revender y también madera para leña. “El problema ahora es que cada vez llega menos y peor basura, y encima los precios bajaron”, dicen.

   Así, detallan que la chatarra que se pagaba 80 centavos el kilo bajó a 50, el cartón de un peso a 70 centavos y hasta el plástico, el menos cotizado, pasó de 1,5 pesos a un peso.

   “Imagináte que para aguantar dos días, tenés que juntar por lo menos entre 300 y 350 kilos de residuos, así dependiendo de lo que juntes podés llegar a hacer 300 pesos”, explican.

    Por eso, insisten en la necesidad de mantener sus carros.

“Nosotros vimos las bicicletas que nos ofrece la Municipalidad, ahí apenas se pueden cargar 40 kilos. ¿Qué hacemos con eso?”, se preguntan.

   Mejorar las condiciones en las que todos los días entran al relleno y que les permita seguir trabajando son los principales puntos en los que hacen hincapié.

“El miedo es que ya no haya más nada que sacar de ahí o que nos saquen los carros —dicen—. ¿Qué hacemos si nos quedamos sin carros y sin lugar donde buscar algo que vender?”.

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