La ciudad

Una feria que no para de crecer: ya ocupa más de 20 cuadras

El corazón de "La Saladita" está en el predio de Roullión y Maradona, en pleno barrio Toba.

Domingo 26 de Agosto de 2018

Arrancó hace más de 15 años como feria de trueque hasta pasar a la compra-venta de mercadería, pero en los últimos dos años experimentó un gran crecimiento. Ya le dicen "La Saladita": pasó de tener una decena de cuadras a llegar a más de 22. El corazón está en el predio de Roullión y Maradona, en pleno barrio Toba. Sin embargo, alrededor de ese terreno va creciendo como una telaraña, hacia el sur y el este. En tablones y en mantas se ofrece mercadería nueva y usada de todos los rubros. Y cualquier cosa que se necesite, ahí se consigue. Comprado legalmente y también conseguido ilegalmente. Y el que quiere arrancar, puede buscar quien lo financie. Tanto creció que los domingos la línea 110 de colectivos que circula por Roullión tiene dificultades para avanzar, y eso le costó ya varias denuncias.

"Acá no hay dueños", aclaran, pero sí hay referentes. Una de ellas es Mary Cáceres, que cuando le preguntan por qué el lugar creció tanto, no duda en apuntar a "la falta de trabajo. Acá la gente viene a matar el hambre", asegura.

Nadie puente contar cuántos puestos hay. Y sería interminable enumerar todo lo que allí se compra y se vende. Lo cierto es que de la tímida feria de trueque que los vecinos de una de las zonas más pobres y vulnerables de la ciudad comenzaron a montar en plena crisis de 2001, ya no queda nada.

Así se inició hace casi dos décadas, en el predio que está debajo del tanque de Aguas Santafesinas, pegado a la planta potabilizadora que se construyó para poder dar al barrio un servicio tan básico como el agua de red apta para consumo. Pero aquella postal inicial de unos 50 puestos, es sólo un recuerdo (ver aparte).

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El estallido

"La gente se fue haciendo su negocito, la situación mejoró un poco y empezaron a comprar y vender, a ir a comprar mercadería a los mayoristas, en calle San Luis. Otros van a Paraguay, porque hay también algunos que son paraguayos y bolivianos", cuenta Mary, que llegó a la feria desalojada de una vivienda que alquilaba de Matienzo al 1900, y allí arrancó de cero.

"Todo lo que tengo hoy, se lo debo a esto", dice la mujer, que recorre los puestos sin dejar de hablar muy fuerte, porque todos la conocen y además se admite "jetona".

Funciona los sábados y los domingos, desde bien temprano. Algunos puestos se instalan incluso antes de las 6, y los domingos más vale ir temprano porque no se puede caminar y el enjambre hace que se demore una hora "por lo menos", dicen, en ir de una punta a la otra.

Los sábados la situación parece más controlada. Tanto, que incluso hay presencia de la Guardia Urbana Municipal (GUM) que se encarga de encintar el cantero central de Roullión, desde Aborígenes Argentinos hacia el sur para evitar que allí se instalen puestos de venta y así permitir la circulación del transporte, la línea 110 que es la única que llega hasta allí.

Los domingos, en cambio, los propios efectivos de la GUM indican que no hay presencia oficial, la cantidad de puestos estalla y todos admiten que hasta las 15, donde ya no queda nadie, el lugar puede convertirse en un pandemónium.

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Como en botica

Nuevo y usado, y de todos los rubros posibles, todo se consigue en esa veintena de cuadras. Indumentaria, accesorios, calzados para grandes y para chicos, "lo que sea" en alimentos de almacén, además de frutas y verduras, golosinas y cotillón, por si hay que organizar alguna celebración.

Si se hace mediodía, se puede comer en el lugar: tortas, tortas asadas, tortas fritas, choripanes, jugos y licuados, ensaladas de frutas y papas fritas recién hechas con ketchup o mayonesa.

Herramientas tampoco faltan: desde las más sencillas hasta bordeadoras de césped usadas. Las "doñas" también consiguen allí los artículos de mercería que se busquen, y los cortos de vista, pueden encontrar lentes de leer y también de los de sol.

Aunque su expendio está prohibido, incluso en los comercios habilitados del centro como son los quioscos, los artículos de farmacia también se consiguen por ahí. No sólo alcohol, gasas y sueros fisiológicos, sino también analgésicos, pomadas e incluso, comentan, antibióticos.

Es que en la informalidad se encuentra lo que puede y también lo que no se puede. Es más, hay puestos "al fondo", comentan, donde se consigue lo que en otros lados se roba.

Y así se subsiste en este sector de la geografía rosarina. Una feria que se extiende más allá de 20 cuadras y donde la crisis muestra una cara palpable y dolorosa.

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>>> Un circuito aceitado con alquileres y hasta créditos

El circuito está montado. Los puesteros más viejos funcionan dentro del predio, con mercadería legal que compran a mayoristas y revenden. Y ahí se ubican los que siempre fueron vendedores, como Asunción, un hombre que dejó su puesto en calle San Luis y se instaló ahí porque es del barrio, y lleva más de diez años.

Para los que necesitan la estructura está Hugo, otro de los pioneros en la zona y dueño no sólo de su propio puesto, sino además de un centenar de tablones y caballetes que alquila a quien lo necesite.

Más allá de los límites de ese terreno están los que van llegando. "Ahí se ve la necesidad", apuntan los más viejos. Ahí encontraron a quienes llegaron con sus propios muebles para vender después de haberse quedado sin trabajo, la ropa que encuentran en su casa, y las familias que cirujean en el centro de la ciudad en la semana. En los mismos carros llevan algo de lo que consiguen y lo ofrecen en mantas sobre el piso. Y si hay que arrancar de cero y se necesita una primera ayuda, también se encuentra. Es un secreto a voces que hablando con la persona indicada se consiguen entre 1.000 y 1.500 pesos para hacer un primer negocio, y a cambio, se devuelve con intereses. Como dicen allí: "La gente se da una mano".

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