Un viaje por el interior del mito en el que se convirtió el padre Ignacio
Antes de cruzar la calle, un turista se detiene asombrado: por la esquina de Pasco y Corrientes pasa un colectivo de la línea 107 con un cartel en el parabrisas. "Al padre Ignacio", dice. No "al barrio Rucci" ni "a la parroquia Natividad del Señor".

Domingo 23 de Marzo de 2008

Antes de cruzar la calle, un turista se detiene asombrado: por la esquina de Pasco y Corrientes pasa un colectivo de la línea 107 con un cartel en el parabrisas. "Al padre Ignacio", dice. No "al barrio Rucci" ni "a la parroquia Natividad del Señor". El cartel es preciso, pero los que llegan por primera vez a la ciudad no lo saben: el sacerdote Ignacio Peries ya es también un lugar geográfico y un destino marcado en el mapa espiritual de Argentina, una coordenada en Rosario a la que se dirige mucha gente. Mucha. Especialmente en Semana Santa.

   "Vos viste como es: donde va mucha gente, algo raro hay", dice Yayo, en broma y en serio, en la vereda de su casa. Son casi las 19 del jueves 20 de marzo. Un día después, a la misma hora, la calle Concoloncorvo estará saturada de personas, pero ahora la tarde se diluye en silencio, y los vecinos más antiguos sacan sus reposeras a la vereda. Hace 30 años, cuando se entregaron los primeros departamentos, nadie en el barrio sabía de la existencia de Peries, aunque ya se hablaba de un Ignacio: el conjunto de monoblocks había comenzado a construirse en 1973, con José Ignacio Rucci al mando de la Confederación General de los Trabajadores (CGT), y el proyecto habitacional llevaba su nombre. En 1978 la dictadura inauguró el barrio y le cambió su nombre por 1º de Mayo, como para dar un símbolo más lavado, menos combativo, a los trabajadores que lo habitaban. En Londres, con 28 años, Ignacio Peries estaba terminando sus estudios religiosos, y todavía no había viajado a Swansea –una ciudad portuaria del País de Gales– para ordenarse como sacerdote. Todavía no era un mito que crecía de boca en boca en los lugares de oración, ni un nombre ligado a las historias de sanación, ni un lugar con nombre propio en el mapa de la ciudad. Y nadie pintaba cada tanto el graffiti que dice, en las paredes del barrio: "Ignacio es de Rucci y de Central".

 

 

Manifestaciones. "El padre, pobrecito, ya no sabe qué hacer. Cada vez viene más gente", dice Julio, sentado al lado de una pila de bidones vacíos, que vende a pocos metros de la puerta de la parroquia Natividad del Señor. El agua bendecida ya está almacenada en tanques de acero inoxidable, en una dependencia lateral de la iglesia. "La gente no tiene más que retirarla", explica Julio: "Ahí les dan el agua. Un bidón por persona, nada más". Un día después, a esta misma hora, la gente se aglutinará detrás de los tanques para llenar bidones y botellas, ansiosa por llevarse a casa el agua con la bendición de Peries. A casi 30 años de su llegada al país –a Córdoba primero, y después al barrio Rucci–, el fenómeno religioso que ha generado el padre Ignacio exige organización y disciplina para sostenerse. La fe puede ser intangible, pero sus efectos no lo son: una multitud de cientos de miles no es obra del milagro. Es, en todo caso, el resultado de una trayectoria; la obra de un hombre que posee algo, un talento –un don especial si se quiere–, para acercar a la gente a la Iglesia. "Y lo que labura este padre no labura nadie, yo creo que ni nosotros", dice Yayo.

 

 

Aproximaciones. Susana Figueroa sale de la iglesia apurada por volver a su lugar: son las 16 del viernes 21 de marzo, y ella sabe que pronto se hará imposible conseguir una ubicación privilegiada en la parroquia. Es de Capital Federal, y este es su sexto año en el Vía Crucis del Padre Ignacio. "Estuve dos años sin querer venir. Yo no necesito, decía. Yo con la virgen del Rosario de San Nicolás lo tengo todo. Pero desde que empecé a hacer el recorrido Rosario-San Nicolás, no pude juntar más gente para ir solamente hasta San Nicolás", explica. Después narra, como muchos, historias de sanaciones de casos de cáncer y de gente que salvó su casa de un remate.

Efermedades terminales, problemas económicos y dificultades para concebir son los elementos más comunes en los relatos que vinculan la figura del sacerdote, la fe, y los finales felices. En Rosario todo el mundo conoce una historia, propia o ajena, más o menos asombrosa, vinculada con el padre Ignacio. "Es un enviado de Dios", dice Julio, en la puerta de la parroquia. "Donde pone el ojo, pone la bala", sostiene Tomás, cuidador de coches desde hace casi 20 años. Roque Castillo, uno de los pioneros del barrio, prefiere apropiarse de la corrección política del sacerdote cuando le atribuyen poderes: "No es que él cure", dice. "Lo que hace, creo, es limpiarnos el alma, tranquilizarnos y hacernos entrar en la fe cristiana. Y en base a eso, nos deriva a nuestros respectivos médicos. No es que vayamos por el padre Ignacio: él nos acerca".

 

Las manos y las palabras. Cerca de las 18 del viernes, la multitud que rebalsa la nave de la iglesia se extiende hasta llenar el patio del predio. Es difícil ver al padre Ignacio, pero es fácil descubrir lo que está haciendo: cientos de personas levantan las manos en alto para el momento de la bendición, y cada mano sostiene estampas y fotos familiares, rosarios, documentos, cartas, libretas universitarias, sobres con objetos personales, teléfonos celulares. La palabra justa en el momento justo, esa es, dicen sus seguidores, una clave del trabajo de Ignacio Peries.

   Una hora después, a las 19, toda la zona es una locura de gente. Las personas fluyen desde todos los rincones, en grupos, sin detenerse. Sobre los límites de Circunvalación, los autos importados se cruzan con los carros. La gente desciende desde el puente al que volverá a subir en minutos, cuando comience la procesión. Los vendedores ambulantes se multiplican con el paso de los minutos. La policía se pone nerviosa, la música inunda los rincones desde los altoparlantes. Los colectivos frenan y bajan contingentes, con sus carteles identificatorios: Gualeguay, Venado Tuerto, Casilda, Capital Federal, Jujuy y "hasta de Ushuaia", asegura Tomás. Los vecinos se enorgullecen: Semana Santa es la muestra más numerosa, pero el barrio se ha convertido hace tiempo en un destino para extranjeros que van en busca de algo. "España, Italia, Francia", enumera Roque Castillo. "Ya ni digamos Argentina, Brasil, Paraguay". Los que llegan por primera vez a la ciudad no lo saben y a veces se asombran. Ignacio Peries es también un lugar geográfico, y un punto en el mapa al que acude gente que busca.

  Qué es lo que cada uno busca, y qué es lo que cada uno encuentra, ya es otra cosa: pertenece, en cualquier caso, al reino de lo intangible.