Opinión

Un mayo distópico y la revolución eterna

A mayo lo atravesaron las dudas y las discusiones. Las tensiones y los acuerdos. Voces fuertes y voces soterradas.

Lunes 25 de Mayo de 2020

“Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres?”

Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno.

Allí estaban; en los viejos manuales de la escuela, en los libros del secundario, en los textos de la universidad. Hombres y mujeres que se interrogaban a sí mismos cuando aquel pacto que nos ligaba a una España invadida comenzaba a desmoronarse. Las respuestas no fueron homogéneas: ninguna revolución lo es.

La construcción del concepto “patria” iba a emerger de la mixtura y de las diferencias, de las miradas diversas y controversiales.

Mayo no fue una postal pacífica.

A mayo lo atravesaron las dudas y las discusiones. Las tensiones y los acuerdos. Voces fuertes y voces soterradas.

Mayo derrumbando mitos, mayo revisando la forma de situarse frente al mundo. Mayo huérfano y a la vez cargado de entusiasmos exaltados, de gargantas inspiradas, mayo padre y madre de los padres y madres de la patria.

¿Cómo no quererte Mayo? ¿Cómo no quererte incluso en tiempos de pandemia? Palabra que hace apenas unos meses sonaba lejana y vacía y que hoy irrumpe distópica para decirnos que las previsiones y aquello que pensábamos sería nuestro presente exige nuevas respuestas a eternos interrogantes.

Mayo: el mes de las interrogaciones de 1810, el mes de los gestos libertarios y osados, el mes de los cuerpos en la calle de una aldea inicial y tumultuosa, hoy nos pide distancia y regulaciones, paciencia y comprensión, reflexiones alternativas y tránsitos pausados para cuidarnos y cuidarte en un paradigma que aún no hemos podido desentrañar. Sin embargo, mayo, el obstinado quinto mes del calendario de la patria, sabe que huele a emociones y a gloria, a nuestro singular modo de seguir pensando en las revoluciones que nos faltan, en las acciones perdurables que aseguren, tal vez definitivamente, que la equidad y la justicia distributiva consagren los derechos de todos, todas y todes a vivir una vida más digna.

Mayo siempre nos dijo que las heridas debían ser sanadas en nuestras propias contemporaneidades porque no hay manera posible de soslayar las desigualdades cuando el mundo brama y grita por un cambio de orden. Hoy lo hace sobre los cuerpos, se deposita en nuestras carencias y debilidades.

Por ello, al pensar en ese mayo que alguna vez fue grito sublevado, que se preguntaba hacia dónde nos dirigíamos en una plaza lluviosa plagada de férreas voluntades, volvería sobre sus rastros, sus ecos, su aura. Y ensayaría esa amorosa idea de eternidad que anidó en uno de mis libros de cabecera, ese relato breve y descarnado de uno de sus héroes: Juan José Castelli.

Su boca, la boca del orador de la revolución, arrasada por una enfermedad que en el siglo XIX siquiera tenía nombre y el grito ahogado en la soledad de su modesta casa de aquella Buenas Aires hoy nos sigue interpelando.

Porque si de revoluciones se trata, que sean, en cada tiempo que nos toque transitar, nuestro sueño eterno y la exigencia que conmueva las formas de pensar y pensarnos siempre.

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