Domingo 01 de Febrero de 2009
Empleo ingrato si los hay. La del sepulturero es una profesión difícil y que requiere de un adiestramiento mental especial para convivir con la muerte. En los cementerios El Salvador y La Piedad trabajan casi treinta personas que hacen un promedio de 650 inhumaciones al mes, eso sin contar reducciones, exhumaciones o traslados de ataúdes deteriorados. En más de una oportunidad han sido testigos de suicidios en los pisos altos de los solares. El paso del tiempo, y a veces un toque de humor, morigera la rutina. Antes los ojos ajenos aparece como un oficio "que alguien tiene que hacer", pero que deja secuelas perdurables.
En el cementerio El Salvador hay 11 sepultureros y en La Piedad 17. Realizan entierros, inhumaciones, reducciones y traslado de cuerpos, mantenimiento y limpieza de nichos. El trabajo, dicen, "es pesado", tanto por el sacrificio físico como por la carga emocional. En promedio no ganan más de dos mil pesos.
El camposanto se transformó en su segunda casa. La ingrata tarea de trasladar los ataúdes resulta agobiante desde el mismo momento en que lo bajan del vehículo de la empresa funeraria. "Hay que estar. ¿Vos vendrías a hacer este trabajo, aunque te pagaran un montón?", interrogan a LaCapital en una galería repleta de nichos donde, entre otros olores, abunda el de claveles marchitos.
Soportar el dolor. Muchas personas les tironean las ropas, los rasguñan o les gritan que no bajen a la fosa o introduzcan en los nichos o los panteones a sus seres queridos. Nadie les dijo cómo sobrellevar esa carga emotiva porque no tienen ninguna contención psicológica oficial.
Claudio Carlo Magno tiene 39 años. Entró a los 18 a trabajar como sepulturero en La Piedad, donde su padre ostentaba el mismo oficio. Ahora, como empleado administrativo en El Salvador, recuerda que "estaba todo el día con la pala haciendo fosas, llueva o truene".
Padre de cuatro hijos, explica que lo más duro "son los angelitos", en referencia a la inhumación de los bebés que todos se resisten a realizar. No hace falta preguntar por qué.
"No sé si era yo o realmente me lo hacían sentir. Tal vez uno se automargina. Somos personas especiales las que trabajamos en el cementerio. La gente llega con dolor y nosotros no podemos llevar esa angustia a nuestros hogares. Cuesta mucho, lo manejás con los años, pero es difícil. Sería necesario algún tipo de ayuda psicológica", razona.
Miguel Ordoño es otro sepulturero. Tiene 52 años y casi 25 de servicio. Coincide con Carlo Magno en que "sepultar criaturas es lo más bravo". Tiene dos hijos de 14 y 17 años y la traslación parece inevitable, aunque asegura que aprendió a separar "el "trabajo de la vida hogareña".
Los sueños. "Acá manipulamos cuerpos de personas que tuvieron sida u otras enfermedades y el temor a contagiarse está", remarca Ordoño mientras muestra los brazos con marcas de rasguños de señoras desesperadas ante la muerte de un familiar. "A veces soñás a los muertos o no podés dormir. Yo juego mucho con mis hijos y cuido las plantas de casa para alejarme de esto", sostiene.
Cuando realizan reducciones (cuerpos que ya cumplieron su ciclo y están en un estado que permite desalojar el nicho) se presenta una tarea indeseable. "Hay veces en que levantás un cajón que está roto y chorrea líquido", asegura uno de ellos.
Hace un tiempo les suministraron barbijos y guantes. Pero nadie pensó un sistema para dejar de usar la soga como único elemento para levantar ataúdes que a veces pesan hasta 300 kilos, u otra maquinaria que reemplace a la pala como antiguo objeto para cavar una fosa. Igual, alguien tiene que hacer ese trabajo. Ingrato si los hay.