LA CIUDAD

Revivir radios antiguas, una pasión cultivada durante más de tres décadas

El humorista Sergio Creis montó en su casa un verdadero museo de la radiofonía. No busca rédito económico, sólo mantener la magia de una época de esplendor de ese medio de comunicación.

Lunes 07 de Septiembre de 2020

La radiofonía acaba de cumplir cien años en la Argentina y demostró que goza de muy buena salud. Es quizás el medio de comunicación que mejor se adaptó a los mandatos que impone internet y a los avances tecnológicos en general. Hoy, la gran mayoría de las emisoras transmiten por streaming y poseen aplicaciones para telefonía móvil. Sin embargo, escuchar radio “por aire” sigue teniendo su encanto. Las ondas que surcan el éter no dependen de conexiones, ni sistemas ni plataformas digitales. El cine le brindó varios tributos a la radio con películas como “La radio ataca”, “Buenos días Vietnam” o “Radio pirata”, entre otras.

La historia del actor rosarino Sergio Creis, hoy fuera de las actuaciones por la pandemia de coronavirus, se enlaza directamente a ese aparato mágico. Fue el medio radiofónico el que lo vio despegar en lo profesional, a mediados de los años ochenta, y hoy la radio es también un refugio donde canaliza una verdadera pasión en estos tiempos difíciles de pandemia.

Para definir lo que hace Creis tal vez no sea necesario volver a ver aquellos grandes films. Quizás sirva echar un vistazo a un clásico del mundo infantil de otra época, la Canción de Pinocho. El protagonista de esa historia llega a un hospital de muñecos, malherido porque un espantapájaros bandido lo agredió brutalmente. Entonces, un cirujano ya entrado en años que lo atiende anuncia ante Pinocho y los otros muñecos del pabellón que toda la atención será en vano porque a Pinocho le faltaba un corazón.

En la vida real, la casa de Creis, ubicada sobre uno de los límites del barrio República de la Sexta, bien podría ser un hospital de radios, donde él mismo pueda ser el director, médico de guardia y cirujano. Lleva 35 años reviviendo, haciendo latir otra vez el corazón de receptores, sistemas de audio y micrófonos que tienen cerca de cien años y que cuando se encienden vuelven a irradiar magia. Pero para hacer justicia al tesoro que Creis tiene en su poder no hay que echar mano a las metáforas, porque se trata de un verdadero museo de la radiofonía, todo en perfecto estado de conservación, justo que en estos se cumplieron los primeros cien años de radio en Argentina.

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Más de doscientos aparatos, muchos de ellos con casi un siglo de fabricación, lucen resplandecientes en un par de ambientes de la vivienda que parecen detenidos en el tiempo. No sólo hay radios. Fonógrafos, micrófonos, auriculares y hasta un par relojes bellísimos que aún siguen marcando las horas, son testimonios de una época cada vez más remota.

La pasión de Creis por la radio marchó siempre de la mano de su vocación por la actuación. Es humorista, cantante, “standapero”. Debutó a los 16 años en un concurso de imitaciones que se hizo en LT8. Pero la cuestión con la actuación arrancó un poco antes, cuando hacía reír a sus compañeros de la escuela primaria en el Normal N°3. “Imitaba a los profesores y a los dibujitos de la televisión”, recuerda en el comedor de su casa, donde sólo una pequeña parte de su colección está tan prolijamente ordenada, que una foto de ese lugar podría ir directamente a las páginas de un catálogo de reliquias. La cosa se empezó a poner más profesional cuando ganó el concurso en La 8, en 1985.

Sacaba a varios locutores y periodistas de la época (Evaristo Monti, Gerardo Mármora, Pendino D’Avila, José María Muñoz, Rafael Daneri, entre otros) y a cantantes. El concurso en la radio estaba a cargo de Oscar Sesini. Meses después, o antes, no recuerdo bien, gané otro certamen, pero en Canal 5, donde estaba el viejo Delfor (Dicásolo), el creador de La Revista Dislocada. Yo soy como Karadagian, me presenté en todos los concursos que pude hasta el año pasado”, cuenta.

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De aquellos años en los inicios de su carrera, Creis recuerda con mucho afecto cuando Mármora, uno de los periodistas de deportes más renombrados de entonces, lo invitó a ocupar la conducción de su programa en la vieja LT2 para establecer un juego con los oyentes. “Además, de los personajes de la radio, imitaba a políticos como El Tigre Cavallero y a cantantes populares como Sandro, Leonardo Favio, Alberto Cortez, Cacho Castaña y después incorporé a Fito Páez, Sabina, Charly, Calamaro. A los 18 años ya hacía eventos y fiestas, y en los años 90 empecé a hacer café concert en Arte Bar, en Francia y Urquiza. Todo eso con participaciones en Lt8 (con Miguel Acoglanis y el Turco Lotuf), y en LT3. Me compré un auto haciendo imitaciones en Rosario”, dice y suelta una sonora carcajada.

Y en seguida define su objetivo al momento de encarar escenarios. “Yo trabajo para que la gente se divierta cada vez más. Yo no busco la excelencia en las imitaciones, quiero que mis shows sean divertidos para el público. Podés cantar muy bien y disfrazarte de diez, pero tenés que ser divertido. Uno tiene que arremangarse y trabajar para la gente. Si somos bufones del rey, somos bufones del rey. Sino dedicate a otra cosa”. Del reducto de Francia y Urquiza, Creis pasó al teatro Candilejas donde trabajó con el Gordo Ovidio y de allí pasó a compartir cartel con Jorge Corona y Dani Martin en la Costa Atlántica. Desde ese momento, y ya radicado en el sur del conurbano de Buenos Aires prácticamente no paró, renovó la grilla de personajes, incorporando a Arjona, Enrique Iglesias, Mamá Cora e incorporó monólogos, guionados por él mismo y en los que mecha cuestiones de actualidad.

El último verano trabajó más de dos meses en Pinamar con su espectáculo unipersonal, asistido por su pareja, productora y representante, Fabiana Semino. El 2020 pintaba bien de arranque, pero la pandemia de coronavirus planchó todo lo vinculado al rubro del entretenimiento en vivo. Pero mientras Creis se afianzaba como actor, en forma paralela empezó su otra pasión: la radio. El romance con ese medio de comunicación que el jueves cumplió cien años en Argentina.

“De chiquito sentía locura por las radios. Cuando tenía 11 ó 13 años le dije a mi viejo: quiero comprar una radio capilla. A esa edad, los chicos piden una pelota, una bicicleta. Yo pedí una radio antigua. Un día, sobre calle Riobamba yendo hacia lo que hoy es La Siberia, fuimos a vacunar una perrita. Y en un local de arreglos había una radio como la que yo quería. Mi papá hizo un importante esfuerzo y me la compró. Así empecé. La toqué tantas veces y un día arrancó. Me costó trabajo. No tenía tantos conocimientos técnicos. porque yo era un pibe. Todavía la conservo”, recuerda Sergio.

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“Me la pasé juntando repuestos y otras porquerías. Y siempre tuve un altillo, incluso cuando vivía en Buenos Aires tuve casas con galpones grandes. Me sirvió mucho estar en el sur del conurbano porque es un lugar emblemático, cerca de tres radios y de gente que coleccionaba, arreglaba y sabía mucho del tema. A esta altura creo que estudié en la secundaria para ser técnico electrónico porque me gustaba arreglar radios viejas, no para reparar cosas modernas. Es algo que hago desde los 16 años. A veces me preguntan cómo hago para tener repuestos para todo. Y respondo: hace 35 años que junto cosas. Y además estudio. Tengo mucha bibliografía incluso”, agrega Creis, quien apenas pasó los cincuenta años y también pasó por la carrera de periodismo.

Diseminadas en los distintos ambientes de su casa, que incluye los talleres (uno en el cuarto del fondo y otro en la terraza) el actor y técnico posee más doscientas radios, todas con más de 70 años de fabricación y en perfectas condiciones. También hay vitrolas, fonógrafos y micrófonos antiguos. Sobresale un parlante magnético o de cono de papel de la década del 20, que tiene en su frente dibujada la Estatua de la Libertad. “Es la prehistoria de lo que hoy se conoce como parlante. Cronológicamente está entre la bocina y la radio capilla que es del año 31. A partir de ese año, la radio viene como se conoce ahora. En un mismo mueble tiene la fuente de alimentación, el parlante, se prende y apaga de ahí. Antes no era así. La radio tenía un montón de perillas, había que tocar un montón de cosas y era muy difícil”, apunta Creis.

“Estoy estudiando para ser radioaficionado”, confiesa más adelante, y admite: “Tengo miedo que en algún momento desaparezcan las emisoras por aire, pero no lo creo. Hoy muchas radios transmiten por internet, pero si un día no hay servicio o se cae algún satélite, ese día no hablás ni te comunicas con nadie. En cambio, agarrás la radio y transmite y con cualquier aparatito escuchás. Lo mismo pasa con el radioaficionado”, agrega.

La charla transcurre mientras la tarde deja paso a la noche. Un hermoso reloj de 1880 marca los minutos y cuando llega la hora hace sonar su campana. Las anécdotas entorno a la radio llegan una tras otra. “Una mujer de Buenos Aires me dijo que mi casa es como un hospital de radios y que yo sería el Gepetto de las radios. Entonces, su pareja me bautizó como Doctor de Radios. Y así aparezco en Google y tengo un perfil en Facebook”, se ríe Creis.

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