Sábado 21 de Octubre de 2023
“La ciencia y la tecnología son fundamentales para el desarrollo de los pueblos”, enfatiza la notable médica y científica rosarina Marta Romano, distinguida esta semana con el prestigioso premio Raíces (Red de Argentinos Investigadores, Científicos y Tecnólogos en el Exterior) que otorga el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación los profesionales que se destacan por sus aportes en distintas áreas del conocimiento. Graduada en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), debió exiliarse en México en 1976 ante la inminencia del golpe militar. Realizó estudios en endocrinología, de glándulas, hormonas y los efectos fisiológicos, y se especializó en biología de la reproducción y aspectos inmunoendócrinos.
Romano está a punto de embarcar este viernes a México luego de recibir la distinción que la honra y la halaga, según señaló. Esta semana estuvo en Rosario, visitó amigos y familia y se trasladó a Buenos Aires, donde, junto a otros científicos, recibió el Raíces 2023.
El acto fue encabezado por el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación, Daniel Filmus, quien reivindicó la ciencia argentina. “Con el Programa Raíces tenemos el honor de agradecer el trabajo que han hecho. Argentina tiene una relación accidentada respecto al desarrollo de la ciencia”, indicó al exponer hechos históricos que afectaron ese impulso, como la Noche de los Bastones Largos en 1966; la dictadura en 1976; y la década del 90, cuando emigraron muchísimos científicos por persecuciones políticas o debacles económicas.
“Por esta sucesión de hechos tan difíciles en el año 2003 junto a Águeda Menvielle, creadora e impulsora del Programa Raíces, comenzamos un proceso para repatriar estos científicos, aunque también sabiendo que muchos no iban a volver nos parecía importante apoyarlos”, remarcó”.
Aportes
En contacto con La Capital, Romano expresó su orgullo, sobre todo porque se identifica como una genuina emergente de la educación pública. Se apasiona cuando describe su trabajo en el laboratorio, y el impacto que puedan tener esos estudios en el tratamiento de distintas patologías o afecciones.
“Estudiamos síntesis de esteroides en distintas patologías. Por ejemplo en un neuroquiste, que es una enfermedad producida por un parásito que se aloja en el cerebro. Estudiamos al parásito y como interferir en su crecimiento. También se indaga sobre herramientas farmacológicas para frenar el tumor. Son métodos de laboratorio que se hacen también en colaboración con Instituto de Inmunología Genética del Conicet”, valoró Marta sobre el intercambio que mantiene con los científicos argentinos.
La misma estrategia de investigación, recordó, también la aplica para indagar sobre el tumor cerebral de glioblastoma. “Es un tumor primario del cerebro, muy agresivo, difícil de combatir. Estudiamos las células que lo producen y cómo bloquearlas. Se prueba con lo que se denomina «fármacos de reúso», que se utilizan para el cáncer de mama. Se trata de sintetizar la hormona que los parásitos necesitan para crecer, pero no se ha pasado aún a fase clínica”, aclaró.
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Enumerar el trabajo de Romano podría demandar decenas de párrafos, pero otro estudio que la mantiene ocupada es el estrés. “Trabajamos con fauna silvestre en la Facultad de Veterinaria de México sobre el estrés que producen los corticoides, que son esteroides, en primates, para ver su reacción. Por ejemplo, cuando talan árboles en la selva. Los diagnósticos se hacen con métodos no invasivos para medir esteroides en las eses y la saliva de los animales”.
Educación publica, exilio, y el valor de la ciencia
El vínculo con Rosario y el país nunca se interrumpió para Marta, donde tiene familia y muchos amigos, pero debió resignificarlo. En enero de 1976, poco antes del golpe cívico militar, su vida cambió. “Me había recibido en la UNR, trabajamos con quien era mi marido. Era militante político, terminó el gobierno de (Héctor) Cámpora y un grupo parapolicial allanó la casa familiar de barrio Sarmiento donde vivíamos. Pudimos escapar a México”, recordó sobre uno de los momentos más dolorosos en la historia de Argentina.
Al repasar su vida en la ciudad, habló orgullosa de la “educación pública” que recibió. “Tuve formación en la UNR, donde hice mi doctorado, e investigaciones en clínica; la primaria en la escuela 9 de julio (Alberdi 902), y la secundaria en el ex Normal de Mujeres (Superior Nº1 Nicolás Avellaneda), donde me recibí de magisterio”, narró sobre sobre sus primeros pasos.
Criada en la zona norte, no escapa a la relación cercana con el río Paraná. “Lo extraño, porque yo nadaba en el Club Náutico Sportivo Avellaneda”, dijo. Identificada con Rosario Central, habló orgullosa de sus cuatro hijos ya grandes. “A todos nos gusta el fútbol, siempre estamos atentos a la selección argentina, no me la voy a perder”.
Al volver sobre su articulación profesional con el país, remarcó que sostiene colaboraciones con la Facultad de Medicina: “Tengo amigos con los que mantengo el vínculo, otros se han retirado, pero tratamos de iniciar a los médicos más jóvenes. Este premio tiene que ver con eso, con que podamos hacer estas colaboraciones con los científicos del país”.
Cuando a partir de 2003 el gobierno nacional revalorizó la tarea científica fue seducida para volver, como otros colegas: “En su momento no sabíamos si volver, pero después de tantos años te vas quedando. Me hubiera gustado, pero trabajar en investigación requiere dinero”.
Sobre ese aspecto, valorizó la tarea del Ministerio de Ciencia y Tecnología. “A pesar de las dificultades del país, se repatriaron unos 1.500 científicos, algunos jóvenes y otros profesionales más grandes. La ciencia y la tecnología son fundamentales para el desarrollo de los pueblos. Lo podemos ver en todo el mundo, es muy importante. La inversión en ciencia no es un gasto, es una necesidad”.