La ciudad

Preguntas inevitables a un mes de la tragedia

Horror en Manhattan. Entre la nota periodística y la decisión privada de hablar cuando víctimas y familiares quieran hacerlo.

Viernes 01 de Diciembre de 2017

Escribo esto un rato después de intercambiar algunos mensajes de WhatsApp con el hermano de uno de los sobrevivientes del último atentado criminal en Nueva York.

Un atentado terrorista que es para él, para su familia y para cada uno de los allegados y amigos de quienes murieron y de quienes no murieron el 31 de octubre de 2017 una marca definitiva y profunda. Un antes y un después.

Los periodistas estamos obligados a informar e invitados a contar historias. Esta es una de las historias más tristes y brutales que hayan enlutado a la ciudad. Por eso, a 30 días de la noticia que tanto conmocionó a Rosario, aparece casi como un mandato hablar con quienes fueron testigos directos del horror (medios del mundo entero han intentado contactarlos en las últimas horas).

Pero mientras dejo mensajes, hago llamados o les escribo por privado en las redes sociales para saber si aceptan una entrevista con La Capital, las preguntas me surgen inevitables, enormes y también dolorosas. ¿Por qué queremos escucharlos? ¿Para qué? ¿Es una manera de entender cómo hacen para seguir con sus vidas? ¿De arrimar una respuesta a la tremenda pregunta de cómo se despiertan cada mañana en medio de la oscuridad que les traen los recuerdos y las ausencias?

Muchas de estas dudas surgen, siempre, tras una tragedia, mucho más frente a quienes fueron testigos directos de la muerte. Pero en este caso la fatalidad tiene un peso extra incalculable. Porque no fue la muerte, cruda y despiadada, solamente. Fue, además, la muerte de sus amigos más queridos envuelta en el impacto de lo que no se espera jamás, pero que ni siquiera se imagina. De lo que no puede aparecer ni en la peor de las pesadillas.

¿Por qué queremos escuchar a los que la sufren en carne viva cada minuto desde hace un mes? ¿Es una manera de seguir acompañándolos? Apenas se me ocurre un tal vez. Porque, aunque no nos corresponde, casi todos sentimos en esta bendita ciudad que el dolor era también nuestro, que esos pibes (sí, pibes de casi 50 celebrando la amistad y la vida), tenían un poco de nuestros esposos, nuestros amigos, de nuestros vecinos, de nuestros hijos.

Nos sentimos parte, pero no lo somos. "En mi familia decidimos no mediatizar el dolor. Lo que pasamos fue horrible, como te imaginarás, y preferimos procesarlo internamente". Escucho una y otra vez la voz de ese muchacho que aún puede abrazar a su hermano, que puede tocarlo, charlar con él, intentar juntos, de algún modo, reparar algo del espanto vivido. Y aún así es una voz quebrada y doliente que en apenas unas palabras me lo dice todo.

Recibí también las respuestas de algunos de los chicos que pudieron regresar, y que a través de amigos me hicieron saber que "no, tal vez más adelante". Que no quieren entrevistas, no por ahora.

También intenté hacer contacto con algunas de las esposas de los fallecidos. Y casi en el mismo momento en que dejé audios y escribí mensajes —a aquellas que aún no hablaron públicamente— rogué que ni siquiera los escucharan, que no los vieran. Porque es posible, pienso, que ninguno de estos intentos por lograr esa nota tenga sentido, que ninguno valga la pena, que ninguno sea necesario. Porque lo que cada uno puede o decide hacer con la pena es tan propio y tan íntimo que cualquier intromisión, por más respetuosa que sea, puede parecerse a una ofensa.

Esta es la columna de las notas que no se hicieron a los sobrevivientes del atentado, a un mes del espanto. De las que quizá nunca se hagan. De las que ellos, ni nadie, jamás, hubieran querido ser parte.

Nuestros pensamientos y nuestros corazones están con Hernán Mendoza, Diego Angelini, Ariel Erlij, Hernán Ferruchi, Alejandro Pagnucco, con Martín Marro, Ariel Benvenuto, Iván Brajkovic, Juan Pablo Trevisán y Guillermo Banchini. Con ellos y los suyos, para siempre. Que el amor venza al odio.

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