El sueño terminó y El Desubicado se despierta en la misma ciudad donde vive desde hace años, salvo por un detalle: ya no es Barcelona.

El sueño terminó y El Desubicado se despierta en la misma ciudad donde vive desde hace años, salvo por un detalle: ya no es Barcelona.
La ciudad cambia como sus programas de TV que cada año dicen tirar la casa por la ventana pero sólo dan vuelta el decorado. Pero El Desubicado ya se acostumbró a ver siempre lo mismo, a toda hora y canal: D’Elía y De Angeli bailan por un sueño y "la gente" debe "decidir con su voto" si siguen. También hay un jurado de notables que dicen cosas que nadie entiende, levantan una paleta y después se pelean. Lo curioso es que tras la pelea los chacareros siempre terminan cortando la ruta.
Después de las islas y el volcán, ¿cuál será la próxima nube?, se pregunta El Desubicado sobre el súbito interés de un ministro con pinta de guardia fronterizo de Tijuana en legalizar algo que para la Constitución no es delito. Tal vez el problema del humo no sea su toxicidad.
El Desubicado sale a la calle a ver dónde está parado. La ciudad es la misma, con sus pobres y ricos, barrios y avenidas, dos clubes en primera y trabajadores estatales sólo blanqueados como monotributistas para la Afip. Incluso están los hoteles pipí-cucú cerca de un parque que hace tres años es zona de derrumbe porque fue hecho sobre muelles de madera que alguna vez tuvieron 100 años pero ahora tienen más.
El Desubicado no entiende por qué, de un día para el otro, Rosario dejó de ser Barcelona. Tal vez el problema de la precariedad no sea sólo laboral.




