Pedaleó el país, escaló el Aconcagua y ahora quiere domar el Paraná
El rosarino Leo Aragües se propone navegar desde la Triple Frontera hasta el río de la Plata. Egresó del Politécnico y estudió diseño gráfico. Hasta allí, el perfil de un tipo normal. Hasta que un día quiso hacer de su vida algo distinto, encontrarse a sí mismo.

Sábado 10 de Diciembre de 2011

Leo Araguës tiene 35 años, es docente, artista plástico y un enamorado de los viajes. Egresó del Politécnico y estudió diseño gráfico. Hasta allí, el perfil de un tipo normal. Hasta que un día quiso hacer de su vida algo distinto, encontrarse a sí mismo. Y pensó en un viaje. Pero que fue y sigue siendo especial. Una especie de tríptico: recorrer el país en bicicleta, escalar el cerro Aconcagua y navegar el Paraná desde la Triple Frontera hasta el río de la Plata (ver aparte).

"Desde el secundario hasta este momento hay como un gran salto. Soy una persona que está permanentemente en la búsqueda. No me quedo con lo que tengo, no me amuro ni me atornillo siquiera a mis gustos. Soy de espíritu inquieto, siempre vinculado con el entorno y con la naturaleza. Y también con ese ser interior que todos tenemos. Esa búsqueda tiene que ver con los viajes, con relacionarse con la gente, encontrarse con uno mismo en los paisajes y en las personas y darse cuenta que por ahí es posible. Durante mucho tiempo pensaba en algún día: algún día voy a hacer tal cosa, tal otra. Y ese día llegó", le explica a La Capital.

Primero fue el viaje de unos 5.000 kilómetros uniendo La Quiaca con Ushuaia en bicicleta: "Estuve un año y medio preparando el viaje, buscando gente que se quisiera sumar a esta locura. Ese fue el gran disparador de las cosas que iban a venir. No nació como una trilogía".

"La travesía -abunda- me demandó dos meses, pasé Navidad y Año Nuevo del 2009 en el camino, andando 100 kilómetros diarios. Salí de La Quiaca y recién tomé la ruta 40 en Cafayate y le di hasta Esquel por ese camino. Después crucé a la ruta 3 porque por el otro camino literalmente no hay nada. Y como para mi el viaje era un sueño, no quería que se convirtiera en una pesadilla. Yo no tenía que batir ningún récord ni estaba haciendo la histórica ni la heroica. Hice un tramo en ómnibus y finalmente llegué a Ushuaia".

Dice que su gran sorpresa fue descubrir su tenacidad: "Porque no soy un súper atleta. No tengo ni los recursos ni los medios, pero sí tengo algo que tal vez no tenga otra persona y es el enfoque y la energía. Lo más relevante del viaje no fueron los 5.000 kilómetros de maravillas que recorrí sino la gente con la que me crucé. Eso me marcó y me motivó para después emprender las otras patas de la trilogía".

Cuenta que cuando llegó a Rosario se preguntó: "¿Y ahora? Porque es difícil sacarse ese gustito de descubrir cosas. Ahí surgió la idea del Aconcagua y también lo de la travesía por el Paraná. Ahí cerró la trilogía. Pasó un año y escalé el Aconcagua". Fue del 5 al 22 de enero de este año.

"Leí mucho sobre la montaña -desmenuza y abrevia su experiencia-, tengo algunas experiencias con cerros más chicos, pero esto era un gran desafío. Y otra vez la tenacidad. Soy un atrevido convencido. Me contacté con gente y se armó una expedición. Era un guía mendocino profesional y dos personas más. Si bien el grupo no funcionó como tal, también rescato lo positivo de esa experiencia", comenta.

Todavía parece mostrar asombro cuando narra: "De repente estábamos a 5.000 metros de altura a las 12 de la noche, con vientos de 100 kilómetros por hora y con 30 grados bajo cero tres personas apretadas en una carpa. El tiempo no pasa, ni sabés qué va a pasar al día siguiente porque el clima es un factor determinante. Fue durísimo físicamente. Si bien fueron 20 días, el deterioro es notable. Primero por las distancias, después por la altura. Lo que sí me pasó es convivir en algún momento con el que denominan Mal Agudo de la Montaña, que es como una especie de borrachera. Aparte, el dolor de cabeza después de los 4.000 metros es permanente, es un taladro".

Plantea que quien va al Aconcagua para hacer la cima "se equivoca. Calculo que uno tiene que ir a encontrarse con la montaña y a ver qué te deja hacer la montaña. A mí el Aconcagua me dejó llegar a mi cima, a la cima de un tipo real que lo ves en lo cotidiano, en un bondi, en el súper, sin la necesidad de decir "llegué a los 6 mil y pico de metros del Aconcagua", sin números, sin marcas. La montaña me hizo despojarme de un montón de cosas. Cuando decido no hacer la cumbre me saqué tres toneladas de encima, eso de que si no llegaba me verían como débil, o que tenía la obligación de llegar. Ahí cambió mi viaje, mi experiencia. Era el día 15 o 16. Llegué hasta los 6.000 metros, a un refugio que se llama Berlín. La cima son 6.962 metros".

Leo dice que en todos los casos de estas aventuras lo más difícil fue tomar la decisión, "poner el carro en movimiento. Salir del confort, de la comodidad de tu casa no es sencillo. Y yo no quiero una vida así para mí. No quiero una vida de control remoto y zapping".