La ciudad

Patovicas exaltados y una golpiza en La Fluvial, siete años antes de la tragedia

Un joven recordó ayer cómo le pegaron en el mismo lugar en el que Carlos Orellano perdió la vida. Una práctica que parecía ser habitual.

Lunes 02 de Marzo de 2020

"Es un momento durísimo para los padres de Carlos (Orellano). Constantemente voy a comprender su dolor. A ellos les pasó una tragedia con un desenlace distinto al mío, por eso quiero visibilizarlo y trabajar juntos para hacer algo". Con estas palabras, Lautaro Ruiz recordó que en 2013, cuando tenía 19 años, sufrió una feroz paliza en un boliche de la Fluvial, donde terminó semidesvanecido en las escaleras, casi sumergido en las aguas del Paraná. Un relato estremecedor, donde la mecánica se repite: extrema violencia de los patovicas con total impunidad.

Entre fines de febrero y comienzos de marzo de 2013, Lautaro había terminado los cursillos del profesorado de Educación Física que empezaba a cursar y se dispuso junto a un grupo de amigos a pasar una noche divertida de jueves en los boliches del Complejo La Fluvial.

"Fuimos mucho, y había que ingresar en la parte de atrás, la que da al río. Van pasando mis compañeros y a mí me frenan porque me reprocharon que tenía aliento a alcohol y no podía ingresar", recordó ayer el joven en diálogo con LaCapital.

Ante esta situación, Ruiz se retiró pero intentó otro ingreso "alternativo" y trepó por una escalera externa que no conducía a ningún local. "Cuando pego la media vuelta para irme, veo a un patovica (personal de seguridad) que me viene de frente y otro por otro lado. Me encierran y uno se me abalanza y me hace una toma de ahorque (mataleón) en la escalera".

Según recordó, en su descenso nunca pisó un escalón con dirección al muelle 2. "Mientras uno me ahorcaba, el otro me pegaba piñas y piñas en la panza", narró para volver a evocar en su memoria una frase indeleble: "¿Qué parte no entendiste flaquito?", recuerda que le dijo uno de los patovicas.

Ruiz atinó sólo a protegerse. Hundió su abdomen todo lo que pudo para amortiguar los golpes de puño y encogido de hombros llegó hasta el límite con el agua.

Schockeado

El que le hacía la toma mataleón empezó a aflojar y recuerda que el otro le dijo: "Bueno, dejalo ahí". Semidesmayado y shockeado, el joven reflexiona ahora que tuvo suerte. "Estaba de cara sobre el agua, cuando me sueltan caigo arrodillado y de la golpiza que había recibido, pierdo el control de frente sobre el agua, pero justo ahí apenas terminaba la escalera, en un lugar playo".

Después de tres años de los sucedido, se le vienen flashes a la mente. "Cuando se dan vuelta, escucho que se van riendo".

Ruiz admitió que no sufrió raspaduras, ni cortes, pero terminó desvanecido con parte del cuerpo sumergido en el Paraná.

"Apoyé las manos sobre algo que me permitió levantarme. Si bien no fui arrojado, sí me abandonaron ahí; en una escalera que da al río", subrayó.

Al rato llegaron dos pescadores en plena madrugada, y al preguntarle qué le había ocurrido no se sorprendieron. "No es la primera vez que pasa", le dijeron. Luego, con la ropa empapada, llegó hasta avenida Belgrano y una mujer taxista lo socorrió.

"Le comenté que me habían pegado y me subió al asiento delantero", recordó. Fue hasta a la guardia del hospital Centenario, donde finalmente sus padres lo fueron a buscar. Su celular había quedado inutilizado.

Tras lo sucedido, primero hizo la denuncia a través de su abogada y luego la ratificó en Tribunales. "El tema es que estaba todo muy oscuro, no había luz, me hacen la traba en la cabeza y no tuve tiempo de poder identificarlos, pero eran dos tipos muy grandotes", admitió.

Desde aquel episodio a la trágica muerte de Carlos Orellano (el joven de 23 años que fue a bailar a Ming River hace una semana, y luego su cuerpo apareció flotando en el río), Lautaro tenía bloqueado el momento traumático.

"Me dije zafé, ya está, me lo tomé a la ligera; pero recién ahora estoy tomando magnitud de todo esto. Iban derecho a matarme", reconoce al dialogar con este diario, pero el "click" se dio con el desenlace fatal de Orellano.

"Pude dimensionar la gravedad que tuvo mi situación", repasa. El jueves pasado fue a la marcha exigiendo Justicia por Orellano en la zona del parque a la Bandera, pero no pudo contactar a sus padres.

"Quería que vieran que estoy dispuesto a visibilizar lo que pasó y a apoyarlos abiertamente", recapacita hoy, con 26 años, en relación a un hecho que lo tuvo como víctima a los 19. "Opté por no prestarle atención, porque había pasado. Hoy si pudiera decirles algo a los padres de Carlos les digo que estoy a disposición, que comprendo su dolor, que no sé lo que es la pérdida de un hijo pero a mí me pasó algo similar con un desenlace distinto y no lo quiero esconder, sino visibilizar el nivel de violencia que sufrimos, y trabajar juntos para hacer algo".

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