Domingo 24 de Agosto de 2008
Cuando el fotógrafo de este diario llegó ayer al centro comunitario Mensajeros de Jesús, en 27 de Febrero y Avellaneda, no lo recibieron con los brazos abiertos. Un ladrillazo le pasó a centímetros de la cabeza. El remisero encendió el motor del auto y le pidió que se fueran. El igual se internó en el barrio ante la mirada de cuatro adolescentes que, tirados en la vereda y visiblemente alterados, no le perdieron pisada.
En Villa Banana la primera reacción de los jóvenes es la agresión, como devolviendo lo que la sociedad les da: un destino de excluidos que los marca desde que nacen.
Ese lugar eligen jóvenes como María Luz, una estudiante de 25 años, para sumar esfuerzos e intentar cambiar este país de contrastes.
Ella y 19 compañeros van al barrio a alfabetizar y dictar talleres. Y su mayor orgullo es haber logrado que 20 jóvenes se recibieran de técnicos metalúrgicos.
En tiempos donde la clase política se empecina en discusiones mezquinas y reparte cargos y puestos para inclinar alguna discusión parlamentaria (cualquier semejanza con lo que pasó la noche de la votación del proyecto de retenciones móviles es mera coincidencia), jóvenes como María Luz trabajan en lugares como Villa Banana. Intentan desterrar ese histórico latiguillo de "la juventud está perdida". Y se emocionan cada vez que algún chico de la villa les dice un "gracias" de corazón.
Saben que lo suyo es poco y que lo que se necesita es un cambio profundo en la sociedad. Pero por algo hay que empezar. Tal vez algún día la bienvenida en Villa Banana no sea un ladrillazo, sino el honor de mostrar hogares contentos y forjados con el fruto de un trabajo digno. Todos estos jóvenes solidarios al menos lo están intentado, y eso sí que es una buena noticia.