La ciudad

"No es que me retiré, sólo estoy tomando un envión", afirmó Edgardo Montaldo

El cura, eterno militante de Ludueña, aceptó alojarse en el residencial de Uriburu y Avellaneda para recuperarse, pero no deja de pelear por los jóvenes: "Me hice salesiano por Don Bosco y sus sueños".

Lunes 06 de Julio de 2015

Cálido como siempre, con esos ojos azules que traspasan lo que miran y que no envejecerán nunca, el padre Edgardo Montaldo recibió ayer a La Capital en su nueva casa, al menos por un tiempo: el Hogar Español de Uriburu y Avellaneda. Hasta allí llegó el fin de semana desde su barrio Ludueña amado, el mismo donde vivió casi medio siglo peleando por un mundo mejor para los chicos. Pero es tan generoso, Edgardo, que ni siquiera a sus 85 años se reconoce protagonista de esa lucha. “Todo lo que se hizo ahí lo hicieron los jóvenes, yo apenas si me dejé guiar”, afirma. Y es tan imposible aún pensar en una vida sin ellos, que el cura advierte: “Ojo que no es que me haya retirado, sólo estoy tomando un nuevo envión”. Hay gente que es así: cuando se agacha, cuando parece que se dobla, es que empieza a levantar vuelo.

Hace una década, Montaldo sufrió un ACV que afectó el lado derecho de su cuerpo y le disminuyó la movilidad. La enfermedad lo alejó por un tiempo de la vicaría Sagrado Corazón de Jesús de Ludueña, donde había pasado media vida, y lo obligó a intentar reponerse en el seminario salesiano de Funes. Luego, el cura volvió a las andadas, apurado por su compromiso pastoral y social. Y lo hizo dejando como deuda su propia rehabilitación.

Por eso ahora, un año y medio después de haber abandonado el tratamiento, un grupo de colaboradores lo impulsó a alojarse en el Hogar Español, donde a partir de hoy desarrollará una rutina fisioterapéutica y seguirá bosquejando apuntes de su larga experiencia, que confía lleguen a plasmarse en un segundo libro de su autoría.

Y para que no queden dudas, medio en broma, medio en serio, aclara que no se está jubilando, sino “tomando un nuevo envión”, y que volverá una y otra vez a Ludueña, el rincón en el mundo que adoptó como casa.

Soñar. “Yo me hice salesiano por Don Bosco y sus sueños. Su congregación era para los chicos de la calle y los chicos presos, pero el colegio San José no era para los más pobres, entonces conseguí que me trasladaran al Domingo Savio, que está frente a La Cotar. Y en el año 68 desemboqué en Ludueña”, recuerda. Hace ya 47 años.

Esos primeros pasos por una de las zonas más complejas de Rosario lo marcaron de tal modo que las siguientes cinco décadas las pasó allí, trabajando sin descanso por los más necesitados, las familias y sobre todo los jóvenes del barrio, a quienes adjudica todo lo bueno que fue logrando.

“Porque los verdaderos milagros se hacen dando oportunidad a los chicos para que se salven”, asegura, y esa salvación a que alude es básicamente terrenal porque el infierno que los amenaza no abre las puertas después de la muerte, sino en esta vida. Y cada vez antes.

“Hasta hace unos años estar en la villa era estar en el cielo, pero desde los 90, con el crecimiento del narcotráfico, cambió todo”, asegura.

Prescindente de las jerarquías eclesiásticas y poco optimista respecto de que estén apareciendo en Rosario nuevos curas militantes, Montaldo no pierde sin embargo la esperanza. A nivel del Vaticano, porque “Francisco parece tener otra visión de la Iglesia”, y a nivel local por su confianza en la gente.

“Este es un país superrico en bienes, en tierras y en personas. Si estamos mal es porque somos todos diferentes y no hemos sido capaces de sumar nuestras diferencias religiosas, culturales y políticas: en vez de sumar, restamos”, dice.

 

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