La ciudad

Nafta, carne o memoria (todo no se puede)

El Desubicado (Por Andrés Abramowski / La Capital). _  El autor de esta columna y sus personajes vuelven de las vacaciones que se tomaron la semana pasada en coincidencia con el paro que ellos decretaron a tal fin. El señor Abramovi abre la oficina y dice: “Muchachos, a laburar”.

Viernes 26 de Marzo de 2010

El autor de esta columna y sus personajes vuelven de las vacaciones que se tomaron la semana pasada en coincidencia con el paro que ellos decretaron a tal fin. El señor Abramovi abre la oficina y dice: “Muchachos, a laburar”.
  “Ultimo”, primerea Güis Kelly, cotidianólogo de esta columna. “Jefe, recién llegamos vó”, añade Tito Never Sorvetto, comentarista border del campo de juego, mientras El Desubicado pregunta: “¿Terminó nuestra lucha?”.
  “Muchachos: los paros y las marchas son importantes, pero no alcanzan. Para reivindicar nuestros derechos también hay que laburar”, arenga Abramovi. “Ndomatelá, hic”, retruca Güis Kelly. “Entienda, jefe. Fuimos de vacaciones y no hicimos ni un asadito, vó”, dice Tito. “Ustedes sabían: la nafta o la carne, todo no se puede”, explica Abramovi.
  “Claro: nos mandás a comer pollo y vos te clavás un matambre a la pizza con tus amigos del poder”, se rebela Filoso Fofó, payaso y analista político de este circo. “Buena idea, Fofó. El Desubicado y vos se quedan a cargo de la columna”, ordena el jefe.
—Esto no es justo —dice Fofó.
—Al fin solos...
—Perdón, usted no será... medio...
—¿Medio qué? Hace mucho que quiero hablar con usted a solas...
—Pero yo no... no soy como usted.
—Por eso quiero que charlemos. Si sólo hablo con mis semejantes nunca voy a madurar, necesito otros puntos de vista para entender ciertas cosas. Por ejemplo, ¿por qué Duhalde dice que hay que terminar con los juicios por crímenes de lesa humanidad?
—En rigor, esos juicios no tendrían que seguir porque ya hace rato que los culpables deberían estar cumpliendo sus condenas. Duhalde busca la divinidad a través del perdón. Por algo fue vice del presi que los indultó.
—¿Quién los indultó?
—Menem lo hizo. ¿Usted no se acuerda nada? ¿Qué edad tiene?
—Este mes cumplí 2 años, Fofó.
—Ah, feliz cumple. Usted es de la generación sin historia.
—Ehh... no es que no me haga historia por nada, pero la historia no forma parte de mi vida ni mi vida forma parte de esta historia.
—Es lo que usted cree. Y si lo cree es porque se lo enseñaron.
—¿Qué me enseñaron, Fofó?
—Que no pasa nada. Es así: si usted cree que acá no pasó nada, con el tiempo se convence de que acá no pasa nada. ¿Me sigue?
—¿Adónde?
—Qué bobo. Sigo igual. Si usted se convence de que acá no pasa nada, se cree que cada uno hace lo que quiere. Pero un día ve que usted no está haciendo lo que quiere, porque no puede. Y así se aviva de que algunos pueden hacer lo que quieren y otros no. Y esto no es justo.
—Al fin solos.
—¿Cómo dice?
—Disculpe, no di vuelta la página del guión y usted ya había dicho “esto no es justo”... Siga, siga...
—¿Entiende la relación entre la impunidad y la vida cotidiana?
—Todavía no.
—La impunidad habilita la injusticia. Y en una sociedad injusta es imposible ser feliz. Ya se sabe hasta en los countries.
—¿Usted es zurdo?
—Sólo para patear el tablero. Para la copa de champagne uso la derecha. Y la caja de cambios es automática. ¿Por qué lo pregunta?
—Por las palabras que usa.
—Jajá, otra consecuencia de la impunidad: cualquier alcornoque es de derecha o de izquierda sólo por repetir frases hechas. Así todas las discusiones terminan con portazos y deditos acusadores, mientras el pueblo se hunde.
—Dijo “pueblo”. ¿Es peronista?
—Los payasos y analistas políticos, y los periodistas deportivos, nunca reconocemos nuestro cuadro. Pero quienes me junan saben que soy realmente independiente.
—Al fin solos.
—Dé vuelta la página, babieca.
—Perdón, ya no entiendo nada, ¿quién escribió esto?
—Abramovi. Nos dejó esta basura desordenada y se fue a morfar un asado. Para él eso es laburar. ¿Entiende ahora por qué la impunidad afecta la vida cotidiana?
—Derrotemos la impunidad. ¿Cómo podemos hacer?
—Difícil. La memoria ayuda, pero la impunidad suele jugar de local.
—Yo ayudo a la memoria con una agenda que tiene todo: teléfonos, cumpleaños y turnos médicos.
—Ojo que hay agendas que favorecen la impunidad por omisión. Y otras agendas le ponen fecha de vencimiento a la memoria.
—El otro día cerraron el Bar de la Amnesia para poner un museo de memoria. Para mí está bien, pero mis amigos se pusieron como locos. Por suerte pegamos un quiosco para tomar porrón.
—Sus amigos beben para olvidar.
—Es que cuando se maman hacen cada cosa que mejor no acordarse.
—Al final la construcción colectiva depende mucho de lo que cada uno hace con su vergüenza.
—Al fin solos, Fofó.

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